«Blancanieves» sigue los pasos de Manzanares

por | 12 Oct 2012 | Firma invitada

La otra tarde, fui al cine a ver la versión en blanco y negro, muda y torera de "Blancanieves". Desde luego, Pablo Berger ha tenido reaños para meterse en semejante fregado: dirigir una película de temática taurina en los tiempos que corren le obligará a llevar guardaespaldas, como poco, hasta Navidades. No en vano, los antis ya han protestado porque consideran que durante el rodaje se incumplieron las leyes de protección animal. Qué gente más jartible.

¿De qué trata "Blancanieves"? Es, por supuesto, una adaptación del cuento de los hermanos Grimm, con la particularidad de estar ambientada en la España de los años 20 (aunque los de vestuario no han tenido valor para plantarle a los actores la montera de Paquiro). Cuenta la historia de Carmencita (Sofía Oria y Macarena García), una hermosa joven huérfana de madre que, desde niña, trata de huir de su malvada madrastra, Encarna (Maribel Verdú). Su padre, el popular matador Antonio Villalta (Daniel Giménez Cacho), desvalido desde que recibió una grave cornada en Sevilla, le enseña a torear en su cortijo de "Monte Olvido". Cuando puede valerse por sí misma, Carmencita escapa y se une a un espectáculo de enanitos toreros que recorre las ferias de España. Gracias a estos festejos populares, la Blancanieves del toreo va ganando popularidad hasta que una tarde debuta en La Colosal de Sevilla ante un toro llamado "Satanás" (suponemos que procedente de la misma familia de aquel otro que corneó a su padre, "Lucifer"). Mientras da la vuelta al ruedo recogiendo los parabienes del público, su madrastra, escondida en un burladero, le lanza una manzana envenenada…

Tanto la adaptación de la historia como la puesta en escena resultan terriblemente originales. La iluminación, en algunas escenas de inspiración expresionista, aprovecha la luz dura de los mediodías andaluces para crear fortísimos contrastes. El montaje rápido de otras secuencias recuerda al cine ruso de Eisenstein (la cogida de Antonio Villalta bien podría compararse con el ataque en la escalera de Odesa). Otras imágenes hacen claros guiños al Hollywood clásico: la verja del cortijo "Monte Olvido" se asemeja a la cancela de "Xanadoo" de "Ciudadano Kane"; o la muerte del chófer de la madrastra ahogado en la piscina, que copia el inicio del "Crepúsculo de los dioses". A estos detalles se suman secuencias puramente ibéricas: el ritual para vestir al torero, la capilla en la plaza de toros, la banda de música tocando el pasodoble, el patio andaluz con el gallo picoteando el suelo, la mesa camilla, la ropa lavada a mano, las plazas de talanqueras con vecinos desdentados, la torre de la iglesia y sus campanas… Ningún plan para promocionar la Marca España en el extranjero funcionará mejor que "Blancanieves" (la película, por cierto, ya ha sido elegida para la próxima ceremonia de los Óscar). A esto se suman interpretaciones brillantes. La actriz Macarena García, con sus pestañas infinitas, tiene un rostro auténticamente mudo. Magnífica también Maribel Verdú en su papel de madrastra perversa.

Sin embargo, la película tiene, para mi gusto, dos grandes fallos: uno de forma y otro de fondo. El primero, su larga duración: pocas obras soportan bien la frontera de los 90 minutos (ésta alcanza los 104). El segundo desacierto resulta más complejo: me repatea el indulto final en la plaza de toros de Sevilla (que, en realidad, es la de Aranjuez) con el público enfervorecido aireando sus pañuelos hacia la presidencia (quizás porque esta escena ya la he vivido en mis carnes y con estupefacción cuando Manzanares indultó a "Arrojado" de Núñez del Cuvillo en 2011). Esta ridícula decisión ha sido la puntilla: ¡a Blancanieves también le ha entrado la fiebre de la indultitis! Una película española, bárbara y expresionista, con sus imágenes arrebatadoras, tendría que haber terminado con la muerte del toro en el centro del ruedo. Pero, a última hora, cuando todo marchaba bien, afloraron los complejos; la filosofía moderna de que la vida no es sueño, como dijo Calderón, sino un cuento para niños, como "El Principito" o "Peter Pan".

.Me lo temí antes de entrar en la sala, cuando le leí al director la siguiente frase en una entrevista: "Blancanieves es un cuento en imágenes. La película habla del niño que todos llevamos dentro. Sentaré al espectador sobre mis rodillas y le contaré un cuento lleno de fantasía, drama, horror y humor negro. Érase una vez…". No, señor Berger: el infantilismo no cabe en el ruedo. Lo cantan hasta en la copla:

"Aquí no hay plaza ni nombre
ni traje tabaco y oro,
aquí hay un niño muy hombre
que está delante de un toro".

Para un final redondo, Blancanieves tendría que haber entrado a matar hasta la bola, sin dejar de mirar al burel, como le enseñó su padre.

►La versión original de este artículo puede consultarse en http://contraquerencia.blogspot.com

 

 

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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