Así lo cuenta «Barquerito» : «Juan Mora, por la puerta grande»

por | 3 Oct 2010 | Temporada 2010

Toros. Cinco toros de Torrealta, grandes y de desigual presencia, bajos de raza y, aunque sin humillar lo suficiente, nobles y colaboradores. El tercero, sobrero de Martín Lorca, deslucido.
Diestros. Juan Mora: dos orejas y oreja. Curro Díaz: ovación y oreja. Jesús Martínez ´Morenito de Aranda´: silencio y oreja.
Incidencias. En la enfermería fueron atendidos el banderillero Javier Palomeque y el matador Juan Mora.
 
BARQUERITO | MADRID .
Abrió corrida una mole de 615 kilos: un toro negro, de Torrealta, muy cabezón, finas las puntas y aire deslavazado, como su trote de salida. Venía sin emplearse ni descolgar, como de paso, al paso y cruzado. Se acostó por las dos manos. Andares de beodo. Se llevó por delante al banderillero Javier Palomeque, que cayó de espaldas y a plomo, sin consciencia. Juan Mora lidió con cabeza y estilo: lances de buen dibujo pero de sujetar al toro, que tardó en fijarse. Joya de la lidia fueron unos lances a una mano por delante, con cambio de mano de uno en otro, para meter al toro casi bajo el caballo. Hubo apretones en banderillas.
 
Luego iba a llegar, sin dudas, prisas ni pausas, una muy notable faena de Juan Mora. Notable por todo. Por la resolución: con tres muletazos de tanteo ya estuvo en marcha la cosa, y puesto y gobernado el toro. Por la firmeza: encajado, vertical el torero, pero suelto de brazos. Por la autoridad que confiere el torear con los vuelos del engaño a la manera clásica, sobre el espejo de tauromaquias como las de Antoñete o Manolo Vázquez. Por la sencillez muy fluida. Fue faena breve y grande, de las llamadas ´de veinte muletazos´.
 
La fortuna: primero, la mano derecha, sin que el toro rompiera en serio, sólo que seguía el engaño bien templado; y luego, la que fue, casi de sorpresa, la mano buena, la otra. Se aplomó el toro un poco, pero, dócil, humilló y, embebido en los vuelos, hizo el semicírculo enroscado. Muy despacio entonces Juan. Inteligente la solución de torear en un solo terreno, entre rayas y tablas. Ni un metro más. Detalle privativo de maestros. En el momento justo, una estocada hasta la bola cobrada con fe ciega. Como siempre, Juan había salido a faenar con la espada de acero. Y rodó sin puntilla. Dos orejas.
 
Curro Díaz, en tarde bastante feliz, anduvo torero y fácil con un segundo muy astifino de bellas hechuras, el más bonito de todos, sólo que se rajó antes de tiempo y fue, además, toro de sólo una mano y poco gas. Se devolvió en banderillas y por lisiado un tercero de grandes apuntes. Con un sobrero de casi seis años de Martín Lorca que embistió a porrazos se empleó a tironcitos y con entrega Morenito de Aranda.
 
Saltó de cuarto un jabonero de amplísimo balcón, que hizo, de salida, cosas de toro corrido en el campo: soltarse de engaños sin atenderlos, irse sin barbear, ganas de correr. Una lidia precisa de Juan Mora, un quite por delantales clásicos y un remate a punta de capote precioso.
Juan salió volteado y con un puntazo en el muslo. ¡Nada! Una oreja, la tercera. Juan le anudó al toro en el cuerno derecho la toalla de su mozo de espadas. Tarde redonda.
 
Y más luego: con un quinto de imponente remate, Díaz acertó con la tecla de torear de frente por abajo y despacito, en faena paciente, y remató con una de esas estocadas suyas y nuevas, en que la espada entra en parábola letalmente por el hoyo de las agujas. Da vértigo.
 
El sexto, 600 kilos pero baja la cruz, fue el toro de mejor impulso, sobre todo por la mano izquierda, y Morenito de Aranda no lo dejó ir sino que, con majeza, ajuste y temple, lo ligó en tres tandas de mano baja que llegaron de verdad a la gente. Adornos clásicos del toreo de pastel. Con todo en la mano se le fue la espada a los bajos.
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Taurología

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