Aproximación a los valores de Arte en ese misterio fugaz y permanente que es el toreo

por | 13 Ago 2014 | Las Artes

Nos repetimos los unos a los otros cómo el toreo es un arte, incluso un arte grande. Pero en ocasiones nos entran las dudas si realmente lo que se dice responde a la realidad, si verdaderamente es el fruto de ese sentimiento, a mitad de camino entre lo sublime y lo heroico, que se cincela en un ruedo así que lleguen las lorquianas “cinco de la tarde”.

Pasa algo bastante parecido a lo que sucede cuando se defiende el valor cultural de la Tauromaquia, que en ocasiones nos solemos perder en disquisiciones, para al final referenciarlo todo al hacer de terceros ajenos al propio protagonismo del torero y el toro. Es lo que pasa cuando acudimos a argumentar los valores que encierran las manifestaciones de esos terceros actores –ya sean pintores, escritores o músicos– que se inspiraron y exaltaron los valores del toreo.

Sin embargo, el toreo contiene en si mismo todos los elementos propios del Arte con mayúsculas, cualquiera que sean las acepciones que tomemos de la Real Academia de la Lengua. El hecho cierto de que en ocasiones todos esos valores se adulteren en nada menoscaba sus valores intrínsecamente artísticos.

Hay decires, que se han hecho muy populares, que reflejan todas estas realidades. Decía Pepe Alameda que “el toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega". Rafael El Gallo lo definía con otras palabras no menos certeras: “La verdad del toreo es tener un misterio que decir… y decirlo”. García Lorca, por su parte, lo referenciaba más allá: “El toreo es la riqueza poética y vital mayor de España”. Y el gran Domingo Ortega le imprimía un sentido práctico: "torear es llevar al toro allá donde no quiere ir".

Detrás de estas expresiones, como de otras muchas que podrían citarse, en el fondo lo que se esconde es la definición propia del Arte, se refiera al toreo o cualquiera de las restantes ramas de la creación cultural. Si luego el torero al plasmarla en la práctica no acierta con semejantes valores, tan sólo puede interpretarse como una de las muchas ocasiones fallidas que se dan en cualquier actividad nacida de la capacidad creativa del hombre.

Nos dice la Real Academia, en su primera acepción, que el arte es “virtud, disposición y habilidad para hacer algo”. Y tal requerimiento se cumple al pie de la letra en el arte del toreo. Pero nos enseña también que por arte debe entenderse la “manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. Sin duda, puede aplicarse sin alteración alguna a lo que ocurre en un ruedo.

Pero la docta Casa también define el arte como “conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo”, una concepción que cuadra milimétricamente con lo que siempre se han tenido como las reglas inmutables del toreo.

De forma semejante, aquella acepción de la Academia que nos dice que arte es cualquiera de las manifestaciones que “tienen por objeto expresar la belleza”, su definición que engarza directamente con los valores esculturales y plásticos del toreo, que no son precisamente conceptos adjetivos. Algo similar a lo que ocurre cuando la Real de la Lengua cuando nos recuerda que las artes populares se fundan “en la tradición”.

Sin embargo esta concepción del toreo como arte se rompe en ocasiones. Es lo que denunciaba don José Ortega y Gasset cuando, hace ya bastante más de medio siglo,  nos alertaba que "ahora no se torea. Hoy se hace estilo, y así como el artista oculta la falta de densidad humana con el artificio, los toreros de hoy ocultan en el estilo la ausencia de arte".  Lo que en fondo venía a decirnos el mejor pensador que tuvo España en el último siglo no es otra cosa que el toreo se estaba adulterando, al saltarse precisamente las reglas que definen al arte mismo.

Como si estuviera presenciando muchas de las cosas, las malas cosas, que hoy se ven en el ruedo, esa ruptura con las reglas del arte lo dejó ya expresado con precisión José Bergamín. Y es que el autor de “La música callada del toreo” dejó escrito al referirse al toreo como arte: "El predominio de la línea curva y la rapidez son valores vivos de todo arte. El de la lentitud y la línea recta, son valores muertos invertidos. La línea curva compromete al dibujante, obligándole a ser expresivo; es decir, a pensar, a ser dibujante, a tener estilo. Y es o no es: no hay trampa posible. El mal dibujante, por el contrario (mal torero, pensador, artista…), se defiende con líneas rectas tangenciales: se sale por ellas engañosamente; no se atreve a comprometerse, y hace trampas morales, trampas con rectitud”.

En el fondo, lo que Bergamín viene a denunciar no es distinto a esa adulteración del arte que supone el toreo hacia las afueras, las líneas paralelas, eso, en fin, que el buen aficionado siempre sostuvo: el verdadero toreo comienza recibiendo al toro por delante, para luego llevarlo templa y sosegadamente sometido hasta muy detrás de la cadera. La calidez y la emoción de  línea curva, en suma, frente a la fría expresión del toreo rectilineo.

Este conjunto de valores estrictamente artísticos en el caso del torero luego se entreveran con el concepto de lo heroico, en una unidad sustancial que cuando se rompe acaba con ese misterio por el que clamaba para el toreo Rafael El Gallo. En “Los toros y el arte” lo expresó nítidamente Luis Alberto Calvo: “el efímero arte que surge de la mano y de la mente de un torero virtuoso con un toro bravo”, que se plasma cuando “a través del valor y la técnica que se imponen a la fuerza desmedida va surgiendo el arte, la obra maestra que pervive en la mente de quien lo ve, lo entiende y lo admira”.

Semejante pensamiento enlaza con lo escrito en su “Los toros y la filosofía” por Francisco Wolf, cuando afirma: “La corrida de toros es, precisamente, la fusión de los valores estéticos del arte con los valores éticos de la existencia. Y esto nos remite al origen mismo del arte, o mejor dicho a su mayor razón de ser, en el cual el «bello gesto» es al mismo tiempo gesto moral (por lo que muestra de valentía, de generosidad, de grandeza, y sobre todo de lealtad para con el adversario), y también gesto artístico (por lo que muestra de armonía, de pureza, de equilibrio, de poder expresivo). Los griegos tenían una sola palabra para designar lo que admiramos en una persona: kalon, que significa al mismo tiempo bello y bueno”.

Pero para todo este discurso cultural y de arte sobre el toreo se sostenga de pie en nuestros días resulta indispensable volver sobre nuestros propios pasos, que algunos llamaron erróneamente de progreso, para fundamentarlo de nuevo en su verdadera realidad: cuando rompemos el mito del torero como héroe para reconvertirle simplemente en artista, su hace realidad la denuncia de Ortega y Gasset:  lo que se gana en delicadeza y perfección se pierde en intensidad; en suma, se crea “estilismo”, no arte en su concepción más propia.

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Taurología

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Portal de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo. Premio de Comunicación 2011 por la Asociación Taurina Parlamentaria; el Primer Premio Blogosur 2014, al mejor portal sobre fiestas en Sevilla, y en 2016 con el VII Premio "Juan Ramón Ibarretxe. Bilbao y los Toros".

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