Antonio Machado y los toros

por | 23 Feb 2014 | Literatura taurina

Por simple repetición mimética, como es muy usual, se acaba por convertir en un lugar común unir aquello que se reitera. Así ocurre, por ejemplo, con quines tratan de unir las doctrinas antitaurinas al nombre del poeta Antonio Machado (Sevilla, 26 de julio de 1875 – Colliure, Francia, 22 de febrero de 1939), del que ahora se cumplen los 75 años de su muerte. La realidad luego dista bastante de ser así.

Es cierto que el poeta no era ni siquiera un frecuentador de las plazas de toros, no digamos ya aficionado. Pero de ahí a situarlo entre los contradictores de la Tauromaquia hay una gran diferencia. Entre otras cosas, siquiera sea porque frente a semejantes prejuicios, a este Machado le son de aplicación sus propias palabas: “es propio de mentes medianas embestir contra todo aquello que no les entra en la cabeza”.

Quizá quien con mejor tino a deshecho este asunto fue en su día el académico Gerardo Diego, en un artículo publicado en las paginas de ABC, cuando analiza los trabajos que el poeta firmó como “Juan de Mairena” o sus colaboraciones en la revista “La Caricatura”, que firmaba como “Cabellera”.

Probablemente el principal argumento que se utiliza para descalificar a los toros reside en un ensayo –al que también se refiere Gerardo Diego– publicado en 1936 con la firma de “Juan de Mairena” y titulado “Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo”. En uno de los pasajes de ese volumen, el poeta se transmuta en ese papel de “profesor apócrifo”, para explicarle a sus alumnos:

“Vosotros sabéis  mi poca afición a las corridas de toros. Yo os confieso que nunca me han divertido. En realidad, no pueden divertirme, y yo sospecho que no divierten a nadie, porque constituyen un espectáculo demasiado serio para la diversión. No son juego, un simulacro, más o menos alegre, más o menos estúpido, que responda a una actividad de lujo, como los juegos de los niños o los deportes de los adultos; tampoco un ejercicio utilitario, como el de abatir reses mayores en el matadero; menos un arte, puesto que nada hay en ellos de ficticio o de imaginado. Son esencialmente un sacrificio. Con el toro no se juega, puesto que se le mata, sin utilidad aparente, como si dijéramos de un modo religioso, en holocausto a un dios desconocido. Por esto las corridas de toros, que, a mi juicio, no divierten a nadie, interesan y apasionan a muchos. La afición taurina es, en el fondo, pasión taurina; mejor diré fervor taurino, porque la pasión propiamente dicha es la del toro.”

Sin embargo, este texto para entenderlo en todo su sentido, conviene ponerlo en relación con otros publicados a finales del XIX en la revista “La Caricatura”, en donde firmaba sus trabajos con el seudónimo de “Cabellera”, mientras su hermano Manuel lo hacía como “Polilla”. En especial en un articulo titulado “La afición taurina”, que de data de 1893.

Por otro lado, las referencia que su obra poética se hacen al toreo son pura y simplemente circunstanciales. Así ocurre, por ejemplo, en su conocido poema “El mañana efímero”, aquel de “la España de charanga y pandereta”, en el cita a Frascuelo. O en otro, “El pasado efímero”, en el que cita a Carancha. En realidad se trata de referencias y/o recursos literarios cuando el autor trata de expresar sus opiniones acerca de  lo que considera una España caduca y alejada de la modernidad.

El análisis de Gerardo Diego

En este contexto, recupera hoy su actualidad el ya citado artículo de Gerardo Diego, publicado en la pág. 65 del diario ABC en su edición  del 28 de marzo de 1962, bajo el título escueto de “Antonio Machado y los toros”. Esta es su transcripción íntegra:

Sobre Antonio Machado y su posición crítica frente a la Fiesta Nacional ya se ha escrito, y entre los aficionados a toros y a poesía a la vez venimos aclarando la cuestión desde hace tiempo. El gran poeta no era lo que hoy entendemos un aficionado a los toros, al menos un buen aficionado. Esto no quita para que de cuando en cuando asistiese a las corridas y para que sospecháramos que en sus mocedades pudo tener también sus veleidades más o menos flamencas. Sin llegar a la auténtica afición de su hermano, el gran Manolo Machado, el que hubiera querido más que nada, más que poeta, ser un buen banderillero.

La posición de Antonio Machado, maduro y espiritualmente desengañado y viejo, desdoblado en su ente de ficción "Juan de Mairena”, está muy clara. He aquí sus palabras: "Por esto las corridas de toros, que, a mi juicio, no divierten a nadie, interesan y apasionan a muchos. La afición taurina es, en el fondo, pasión taurina; mejor dicho, fervor taurino, porque la pasión propiamente dicha es la del toro."

Reflexionando un poco sobre el sentido de esta sentencia, advertimos que cuando Juan de Mairena, esto es, Antonio Machado, alarma que la pasión no es la del espectador, sino la del toro, emplea la palabra "pasión" en su sentido justo, en el de padecimiento o trance de dolor hasta la muerte, tal como un andaluz, por devoción cristiana, está obligado a interpretar con todo derecho. La pasión y muerte es la del toro, y rarísima vez la del torero, como no sea en su imaginación medrosa. Y, por supuesto, nunca la del aficionado que contempla la corrida.

Pues bien: ahora tenemos la prueba de lo que siempre habíamos sospechado de la temprana afición o asistencia taurina de Antonio Machado. Debemos esta revelación y otras muchas de la formación literaria del poeta a Aurora de Albornoz, que publica en Puerto Rico una colección curiosísima de crónicas periodísticas de los hermanos Machado sacadas de una revista de 1892 a 1893, cuando ambos hermanos andaban todavía por los diecitantos sin llegar a los veinte años. La revista era madrileña y su título era La Caricatura. Fueron los hermanos Machado los que lo recordaron contando su vida a Pérez Ferrero y sólo ahora el dato preciso ha sido aprovechado con la publicación de todas las crónicas y artículos del uno, del otro o de los dos juntos en colaboración. Manuel se firma "Polilla", nombre de gracioso de Moreto. Antonio, "Cabellera", y ambos, cuando colaboran fraternalmente, "Tablante de Ricamonte". Con tal clave dada por ellos mismos ha sido muy fácil la atribución, porque si no, la semejanza de humor y de estilo es tan grande que hubiera hecho dudosísima la identificación.

Los apuntes taurinos de Antonio, de "Cabellera", son más bien de crítica o reseña profesional, de costumbrismo satírico y humorístico. No olvidemos que el periódico se llama La Caricatura y que nació como una simple colección de caricaturas, a las que luego se añadió, cuando ya la publicación llevaba varios números, páginas de prosa de buen humor.

Pues bien: justamente el primer artículo de Antonio Machado sobre "La afición taurina". He aquí algunos párrafos que prefiero dejar sin comentar.

"Parece mentira que haya quien se atreva a afirmar seriamente que el arte taurino y la afición del público de Madrid a las fiestas de toros se encuentra hoy en notable decadencia. Porque, no obstante las lamentaciones de los viejos aficionados, que sin cesar evocan aquellos tiempos, de felice recordanza, en que se recibían toros por docenas, y en que Montes, Cúchares y Chiclanero desempeñaban tan importante misión, ajustándose al Código sagrado, cuyos preceptos son de todo punto inolvidables, el número de corridas verificadas al año es cada vez mayor; los tendidos y gradas de las plazas de toros se encuentran de día en día más concurridos, y los verdaderos aficionados, los aficionados enragés, siguen con inmenso interés la suerte de los espadas más notables, reciben telegramas notificando sus triunfos y celebran banquetes en su honor.

"Fácil será, a quien se lo proponga, encontrar alrededor de una mesa de café reunida un clásico aficionado que lleva en sus patillas blancas cincuenta años de toreo desde las gradas de la plaza de Madrid…

"Porque yo he visto, por mis propios ojos -exclama retorciéndose el bigote y frunciendo el entrecejo uno de los contertulios-, y aquí está Cortezo, que no me dejará mentir, la faena empleada por el Chispero en su primer toro, consistente en dos pases naturales, dos pases de pecho y tres pases ayudados y un pase en redondo, y con la res cuadrada, un volapié hasta la mano que hizo innecesaria la puntilla. ¿No es esto una brillante faena? ¿Qué más puede pedirse a una espada de cartel? … Para que vea usted, don Matías, hasta dónde llega la depravación humana y me diga si no es cosa de hacer una barbaridad. (Por supuesto, que lo mejor es reírse.) El Imparcial y El Liberal califican la estocada de pescuecera, asómbrese usted, don Atilano, ¡de pescuecera!"

© De este artículo, Gerardo Diego/Diario ABC, 1962

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