Adolfo trajo la decepción. Y fue muy grande.

por | 5 Oct 2018 | Temporada 2018

MADRID. Cuarta del abono de Otoño. Casi lleno: 23.018 espectadores (97,4% del aforo). Cinco toros de Adolfo Martín, correcto de presentación, pero muy deslucidos; un sobrero cinqueño (5º bis) del Conde de Mayalde, manejable, aunque débil. Alejandro Talavante (de verde hoja y oro), silencio y pitos. Álvaro Lorenzo (de grana y oro), silencio tras un aviso y silencio tras un aviso. Luis David Adame (de marino y oro), silencio y silencio tras un aviso. 

 

Que había interés por este cartel resultaba evidente nada más asomarse a los tendidos, Al final, faltaron 606 espectadores para que se pusiera el “No hay billetes”. Y buena parte de ello se debía a esta segunda comparecencia de Alejandro Talavante en el abono, que tan molesto se hace para las figuras: desde que se inventó, la excepción es que alguna se anuncie. Pero ese tipo de argumentos se olvidan en cuanto el aficionado se sienta en su localidad. Allí vamos a lo que vamos, no a vivir de añoranzas.

 

Había expectación por los toros de Adolfo Martín. El refranero lo dice claro: nuestro gozo en un pozo. La decepción de esta versión de los albaserradasfue mayúscula. De cinco, ni uno. Abundó la falta de poder y consecuentemente las claudicaciones, todos muy sueltos, pasaron  sin pena ni gloria por el caballo y ante los engaños dejaron claro que su recorrido perdía metros a gran velocidad y la humillación tan sólo en algún momento podía intuirse. Nada que ver con la que lidiió en San Isidro. El sobrero de Mayalde no mejoró a los titulares.

 

A Talavante no se le pasó ni una. Dejó el anuncio de sus intenciones caminando hasta la puerta de toriles a recibir al que abría la tarde: una larga limpia y ajustada. De ahí a los pitos a la muerte del 4º, todo discurrió hacia abajo. Pero es lo cierto que el lote de “adolfos” que le correspondió era de imposible lucimiento, como también ocurrió  con sus hermanos. Lo único reprochable, el mal uso de la espada, sobre todo en su segundo turno. Lo demás, gajes del oficio.

 

Dentro de un actuación obligadamente plana, muy emborronada al final con los aceros, Álvaro Lorenzo dejó claro dos cosas: que es capaz de correrle la mano con temple a estos toros complejos y que tiene formación sobrada para lidiarlos. Pero los detalles –y hubo naturales al sobrero que fueron magníficos– no bastan para eso que tanto suelen repetir los que tratan de abrirse camino: para que en esta ocasión ocurriera algo.

 

También Luis David Adame dejó constancia de sus progresos, como ha venido haciendo durante la temporada. Pero aspiraba, como es lógico, a rematarla con un triunfo en Madrid y con la corrida de Adolfo, que le abriera nuevas puertas. No pudo ser. Lidió a los dos con oficio y ánimo, incluso con detalles de fuste,  pero de hasta ahí pudo contar.

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Taurología

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