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500 años de Tauromaquia en México
L. Tránsito taurino del siglo XIX al XX: Nuevas alternativas.
En el tránsito entre los dos siglos, Ponciano Díaz, el primero quizás que alcanza renombre nacional e internacional, su expresión taurómaca es producto lógico de las formas preconcebidas por aquellos momentos de debilidad pedagógica y de singulares expresiones llenas de esa independencia que no logra hacer desaparecer pero sí desplazar patrones hispanos. Su quehacer taurómaco de formas que hoy nos parecerían extrañas dio a su figura enorme popularidad, traducida en una entrega idolátrica por parte del pueblo. En el plano técnico, impuso ciertas normas que alcanzaron una trascendencia especial.
Actualizado 26 febrero 2017  
José F. Coello Ugalde, historiador   
 XLIX. La recuperación del espectáculo: el sistema y la sociedad frente al toreo
 XLVIII. La derogación por el Congreso en 1886 de la prohibición taurina en el Distrito Federal
 XLVII. El crispado ambiente para los toreros españoles a finales del siglo XIX

Para comprender la época que revisamos, la persona y oficio de Ponciano Díaz nos da la idea exacta de cuanto queda en las postrimerías del siglo XIX y cuál será el nuevo derrotero recién inaugurado para el tiempo, es decir, el anuncio de la llega del siglo XX.

Ponciano Díaz Salinas, último reducto de las formas de torear a la mexicana, es el segundo americano en recibir la alternativa de matador de toros en Madrid (el primero fue el peruano Ángel Valdés El Maestro).[1] El hecho se registró el 17 de octubre de 1889 en la misma plaza madrileña, de manos de Salvador Sánchez Frascuelo ante Rafael Guerra Guerrita como testigo con toros del Duque de Veragua.

Nacido en Atenco el 19 de noviembre de 1856 crece y se desarrolla en un ambiente propicio, ajustándose a los moldes de la expresión campirana en la que deja plasmado su aprendizaje como auténtico charro. Y se forma también bajo la sombra de José María Hernández El Toluqueño, de su padre, de sus tíos, nacidos en cuna atenqueña; y de Bernardo Gaviño, su maestro por algún tiempo, como lo confirman algunos corridos dedicados a Ponciano.

Su quehacer taurómaco de formas que hoy nos parecerían extrañas dio a su figura enorme popularidad, traducida en una entrega idolátrica por parte del pueblo.

En el plano técnico, impuso ciertas normas que alcanzaron una trascendencia especial. Cierto que buena parte de la prensa, convencida y sustentada por las formas de torear a la española -recientemente incorporadas en México, en 1887 y traídas por Luis Mazzantini, José Machío y Diego Prieto Cuatrodedos– trató que se alineara a esa corriente, cosa que no se llevó a la práctica totalmente, por lo cual continuó su camino sin ser influido por la usanza ya citada.

De un gran arraigo popular le fueron dedicados infinidad de corridos y versos, como el de la muestra siguiente:

Yo no quiero a Mazzantini
ni tampoco a Cuatro-dedos.
Yo al que quiero es a Ponciano
que es el rey de los toreros.[2]

Marchas y zarzuelas también se dieron a conocer para poner a la altura musical al diestro mexicano.[3] Manilla y Posada, grabadores geniales lo burilaron en planchas y su figura se conoció por todo México. En muchas regiones el grito de ¡Ora Ponciano! fue la más clara manifestación de cómo exaltar la figura del toreo más popular a fines del siglo pasado.

No sólo es su patria testigo permanente de 23 años de actuaciones conocidas (1876-1899). Estados Unidos, España, Portugal y Cuba también gozaron de la presencia de esta figura, mitad charro y mitad torero, cuyos bigotes son símbolo de genio y figura. Amo legítimo del metisaca, evolucionó también en la suerte del volapié. Coquetea con las formas de torear españolas pero se va a la tumba sin aceptarlas totalmente. Con su muerte ocurrida el 15 de abril de 1899 se cierra el capítulo único del torero que hizo acopio de las expresiones concebidas en el tránsito del siglo XIX, más mexicanas que españolas y que no llegaron al siglo XX que vemos correr frente a nosotros.

OTRA PROHIBICIÓN, DESAHOGO Y REFUGIO.

El día 2 de noviembre de 1890 se arma tremenda bronca en la plaza de toros Colón donde se jugaron astados de Guanamé por Carlos Borrego Zocato y Vicente Ferrer. Fue tan malo el ganado y causó tal malestar que obligó a las autoridades a suspender las corridas de toros por cuatro años. Y como ya hemos visto, los incidentes de aquella tarde se desarrollaron en medio de actos violentos. Ponciano Díaz, por su cuenta, emprende una campaña taurina por todos los puntos de la república, encabezando su cuadrilla hispano-mexicana y aprovechando públicos marginados en información.

La pléyade de toreros españoles en México nunca tuvo respuesta de intercambio, ni siquiera mínima en la península. ¿Qué toreros nuestros con mérito hubieran podido cruzar el charco si los alcances artísticos y técnicos eran despreciables? Por eso en nuestra nación abundaron diestros mexicanos y españoles que con verdades y mentiras sostuvieron una fiesta prácticamente desordenada de nuevo. Y aquella empresa de sólida estructura, la que mostraba el edificio del toreo moderno en adecuadas condiciones de operación, llegó a tambalearse peligrosamente en una oscilación cuya intensidad fue 1890-1894. Se antoja proponer a aquellos años como de “ensayos y pruebas” donde a partir de 1887 y hasta el año de 1907 -momento de la aparición del gran Rodolfo Gaona– se suceden situaciones que convergen y divergen en una marea sin descanso.

 
El gran ídolo Ponciano Díaz. Esta fotografía
es genial en la medida en que nos representa
a un torero con todo el carácter que se
proyectaba en el pueblo.
Fuente: “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA”.
 

Este torero mexicano –Ponciano Díaz-, el primero quizás que alcanza renombre nacional e internacional, supera y viola el feudalismo adoptado por otros diestros acostumbrados a servir de capitanes o gladiadores en los estados o lugares que les vieron nacer o en su defecto, a donde llegaron y se adaptaron favorablemente. Su expresión taurómaca es producto lógico de las formas preconcebidas por aquellos momentos de debilidad pedagógica y de singulares expresiones llenas de esa independencia que no logra hacer desaparecer pero sí desplazar patrones hispanos.

En Ponciano Díaz cobró importancia un hecho: que desde el 14 de junio de 1885 y en El Huisachal haya comenzado a desplazar el “metisaca” por el volapié. Pero eso no lo era todo. De haber aceptado las normas entonces ya vigentes su situación hubiera sido distinta y al parecer recurrió a los chispazos, a los destellos y no a un esquema completo de funciones y posibilidades técnicas a la usanza española.

Su vida profesional conocida es de aproximadamente 23 años. Se inicia en 1876 y concluye poco antes de su muerte, actuando en la plaza de sus triunfos, la plaza de toros “Bucareli”. Los resultados revelan un número increíble de actuaciones[4] que en todos esos años son realmente notables. Debe tomarse en cuenta que en los primeros años de su vida taurómaca la prensa casi no prestaba atención alguna a un espectáculo de tonalidades diversas: desordenada en consecuencia. Por otro lado, doscientas diecisiete actuaciones del atenqueño[5] se registran en una época donde desplazarse de un punto a otro significaba grandes inversiones de tiempo, esfuerzo y gran sacrificio, andar por caminos nada cómodos  eso, es un aspecto a destacar porque es entonces cuando debemos significar notablemente el papel jerárquico que jugó Ponciano Díaz para convertirse en la primera figura mexicana del toreo con niveles auténticos de importancia. En un “mandón”.[6]

Ponciano -y hasta donde se puede contemplar- fué el único torero cuyos procederes lo ubican como un rebelde. Claro, el atenqueño es rebelde -a los ojos de los prohispanistas-, y en particular de Eduardo Noriega Trespicos. Este al principio, casi predicó en el desierto, pero luego fue respaldado entre otros, por los “falangistas”. En tanto ocurre un paréntesis con el viaje a España a mediados de 1889 y Ponciano recibe la alternativa.

La prensa a su favor va perdiendo terreno, aunque combate en los precisos momentos de la recuperación de la actividad taurómaca en la capital del país, enfrentando la fuerza de los prohispanistas.

¿En qué consistió la doctrina que convence a seguidores acérrimos de Ponciano para rechazarlo? Pues precisamente en una campaña en la que la prensa acometió en críticas severas, lanzadas al tiempo en que Ponciano va a España a tomar la alternativa. En México, el imperio de la nueva expresión va ganando terreno y lo que el atenqueño ofrece, es un género que pronto será rechazado, por anacrónico. De esa manera, siguieron repitiéndose los ataques y: “Ponciano, sea usted hijo de su época”, “Ponciano, los baberos, esos baberos…”.[7] El 11 de noviembre de 1894 torea en Tacubaya con Marinero, Ecijano, Habanero, Camaleño y Basauri. Arguye Eduardo Noriega que Ponciano, investido de la alternativa cedida por el gran Frascuelo, se prestó a la farsa de “consolidarla” o confirmarla de manos del Marinero.

En junio de 1897 torea Ponciano en Tlalpan. En agosto lo hace en Puebla, e incluso, justo en esa ocasión se filma la primera película taurina de que se tiene memoria. Los señores Churrich y Maulinie denominaron el trabajo fílmico como “Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz”.[8]

Hablar del rescate de ese material es cosa más que imposible, pero sin duda viene a convertirse en un antecedente interesantísimo no sólo del cine nacional en su conjunto sino de una muestra clara del poder de atracción que ejercía la diversión popular de los toros en la época porfirista.

Pero el 12 de diciembre del mismo año, y en Santiago Tianguistenco recibe el más serio aviso para retirarse de los toros cuanto antes. Tres toros de Atenco le tocan en suerte. Pero enfrentándose al segundo sufre un desmayo que por poco le ocasiona serios problemas, pues el toro arremetió contra él causándole sólo algunos golpes. Al reponerse prometió nunca más volver a los toros, aunque luego de varias revisiones se ha conocido una de esas historias que pasan por tradición y testimonio oral, en el sentido de que sí, efectivamente toreó alguna  otra corrida, sobre todo en Tenango del Valle y hacia 1898.[9]

Para esas fechas lo encontramos derrotado ya por la campaña periodística fundamentalmente encabezada por Trespicos. Su madre, por entonces mermadísima de salud, murió el 24 de abril de 1898. La serie encadenada de fatalidades castigaba sin misericordia al ya olvidado diestro atenqueño, quien para atenuar las penas aceleró su fin bebiendo de forma tal que la muerte lo sorprendió el 15 de abril de 1899.

Fue enterrado en el panteón del Tepeyac y le sobrevivieron sus hermanos Antonio, Mateo, José y Pascual.

Ponciano Díaz el del jaripeo y las lazadas. Indiscutible, un gran dominador de aquellas tareas, pues tanto se familiarizó en el campo que acabó siendo un charro consumado.

Ponciano Díaz en el toreo es el último reducto, depositario de los viejos y nuevos valores del toreo, estafeta que deja algo -lo anacrónico- para tomar un nuevo destino, destino que se llama toreo moderno a la usanza española. Sin embargo, el proceso de adaptación le va a causar serios tropiezos y en consecuencia la caída total. Ello debido en gran medida a que estando las nociones de aquel toreo tan fuertemente establecidas, Ponciano las acepta pero no las asimila del todo y es cuando recupera y pone en práctica los hechos del pasado, principalmente en provincia. Allí le verán hacer de las suyas. Sin embargo hay muestras de no querer verse desplazado.

Ponciano, que no daba duda, nació para torero, revela cada día más, una prodigiosa aptitud.

Sin maestros, sin escuela, sin consejos y sin tener a quien imitar siquiera, hoy verifica la suprema suerte de matar recibiendo, como no lo hacen ni siquiera aguantando, los toreros que de España nos han llegado.[10]

Y en fin, cuanto ha venido preocupándome es el sentido de si se españolizó como hizo lo suyo el gaditano Bernardo Gaviño mexicanizándose. Las consecuencias de toda esta revisión nos muestran el coqueteo de Ponciano con la nueva etapa. Estoqueaba bien y certero al volapié, desarrollaba faenas con estructura. Aquí una brevísima reseña:

 (…)El toro llegó en muy buenas condiciones á la muerte: Ponciano, previa una lucida faena, se tiró con una aguantando y en su sitio, que resultó suprema es decir, de las que pocas veces se ven. El toro rodó como herido de un rayo.[11]

Sin embargo no llegó a satisfacer el empleo absoluto de la forma española y acabó por darle a su expresión personal un toque recíproco entre su propio y nacional quehacer, y la moda puesta en vigor. Agregó a esto connotaciones extrañas, absurdas que acabaron por desaparecer primero con la campaña periodística en su contra y luego con el paso mismo del tiempo y la evolución.

Ya lo decía Frascuelo: Se ve claramente que en su vida ha visto torear. ¡Y es una lástima! Porque es valiente y de los buenos (…).[12]

Todo esto ocurre cuando en México se supera una época restrictiva la cual hizo reflexionar a las nuevas generaciones del cambio que se daba en la fiesta, que aunque española de raíz, se insertó en el gusto de aquellas aficiones que también cambiaron de parecer y no concebían ya hechos del pasado. Por eso:

La independencia de España supuso en algunos países latinoamericanos el final de las corridas de toros. Por reacción sentimental contra la metrópoli que las había impuesto, se prohibió un espectáculo que algunos patriotas consideraban como una bárbara, sanguinaria y anacrónica expresión, incompatible con los nuevos ideales”. Así, tanto en México como en el Perú, por ejemplo “los toros continuaron siendo la fiesta nacional por excelencia, aquella con la que el pueblo expresaba su regocijo en las grandes efemérides.[13]

Claro, la independencia misma como deslinde de la influencia española no se significó como  el motivo principal del “final de las corridas de toros”. En todo caso, la evolución que los países latinoamericanos fueron adquiriendo en cuanto definición de su nuevo sistema, es el motivo principal puesto que se sabe de algunos que siguieron la línea centralista, otros la dictatorial y algunos más el de la federación.

Ante la separación que se da con los movimientos libertarios en América -y concretamente en México-, aquellas generaciones van a formularse la seria pregunta de identidad: ¿qué somos ahora?

Si hubo muestras de nacionalismo criollo, estas se depositaron en los hombres de esa época quienes, a su vez, presenciaron durante todo el siglo XIX: pugnas por el poder, luchas ideológicas, regímenes dictatoriales, centralistas y federalistas; monarquías, invasiones extranjeras y hasta el pronunciamiento de una “segunda independencia” (1867). En ese año se da la fractura del monopolio político, militar y en consecuencia, con las costumbres. En el fondo, el régimen de Juárez rompe con el viejo orden.

Tres siglos coloniales dejaron huellas y arraigos muy marcados que fueron imposibles de eliminar. Y uno de ellos, las corridas de toros sufrieron el mismo año de la restauración de la República un grave atentado que las confinó a dos décadas de prohibición.

Sí en cambio, sucedió una asimilación, misma que, a través de los tiempos ocasionó que el toreo en México además de manifestarse bajo unas formas sui géneris, de creación permanente y variable, mostró -permítasenos el término- un eclecticismo; es decir: cada corrida daba la impresión de realizarse como producto o resultado de otras, de la inventiva, de la improvisación -deliberada y no-. Esto es, un servirse de aquí y de allá para producir fiestas que eran distintas unas de las otras. Esto sucedió durante buena parte del pasado siglo, hasta que en 1887 ocurrió un reencuentro, un volver a mirarse España con México. De esa manera, una expresión nueva, moderna, comenzaba a dominar el panorama, a dejar en el pasado lo que ya no podía ser ni seguir siendo, y sólo era aprestarse, en consecuencia, a las líneas establecidas por los cambios que se van presentando como consecuencia de la evolución.

De todo esto, Gaona parece resultar la figura afortunada de la fusión ya no solo de ese reencuentro, sino de los caracteres progresistas de un toreo que marcha por los caminos que comparte con José Gómez Ortega y Juan Belmonte fundamentalmente.

Parece este un análisis que se resiste entrar a la polémica. Sin embargo, América y Europa demuestran ya aspectos de madurez en el sentido de los alcances propuestos por el arte de los toros. Pueden definirse especificidades, acerca de escuelas como la rondeña, sevillana o hasta mexicana, pero el toreo se identifica más plenamente con la proporción mayor; la de su propia universalidad.

Pero no puede seguir esta apreciación si no se detiene a comprender el acontecimiento del domingo 8 de enero de 1888 ocurrido en la plaza Colón. Se lidiaron aquella ocasión toros españoles, tres de D. Pablo Benjumea y tres del Excmo. Marqués del Saltillo. Todos, estoqueados por Luis Mazzantini.

Y la prensa del momento decía: “(en) Cuanto a la dirección de la plaza, ahora sí podemos decir que hemos visto una corrida de toros. ¡La primera que ha habido en nuestros redondeles! Nada de carreras, nada de desórdenes y desmanes, todo a su tiempo, cada uno en su puesto, los toros perfectamente lidiados, en fin. Lo repetimos, esta es la primera corrida que hemos visto; todo lo demás han sido herraderos intolerables. ¿Sería porque la gente quiso obedecerlo hoy más que en otras ocasiones? La razón no la sabemos, pero ya los aficionados pudieron apreciar lo que va de torear a hacer monerías y la diferencia que hay entre un herradero y una corrida de toros.”.[14]

En todo este panorama se ha podido comprobar un síntoma ascendente cuya evolución se mostraba día con día. Quedaron atrás aquellas manifestaciones propias de algo así como quedar sin tutela o de la clara muestra por valorarse así mismos y a los demás con capacidad creativa como continuidad de la mexicanidad en su mejor expresión. En medio de ese ambiente surgió todo aquel incidente de 1867 del que hice amplio estudio, concluyendo en el carácter administrativo (que comentaré más adelante como parte de las Conclusiones). Veinte años no significaron ninguna pérdida, puesto que la provincia fue el recipiente o el crisol que fue forjando ese toreo, el cual habría de enfrentarse en 1887 con la nueva época impuesta por los españoles, quienes llegaron dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón).

De ahí que el toreo como autenticidad nacional basada en aquellas cosas ya vistas, es desplazado definitivamente concediendo el terreno al concepto español que ganó adeptos en la prensa, por el público que dejó de ser público en la plaza para convertirse en aficionado, adoctrinado y con las ideas que bien podían congeniar con opiniones formales de españoles habituados al toreo de avanzada.

Quedó atrás el siglo XIX y con el XX el ambiente taurino ya proyectaba toda esa luz propia de algo bien definido. Ninguna secuela quedaba de lo campirano; acaso se dio algún cartel constituido por novillada y jaripeo, como la efectuada el 8 de octubre de 1914. José Becerril y José Velasco fueron los charros en la ocasión en tanto que Rosendo Béjar fue el torero de a pie, jugándose ganado de Santín.[15]

Buena parte de diestros españoles hicieron la América y Mazzantini continuó con sus campañas -hasta 1904- junto con Antonio Montes, Antonio Guerrero Guerrerito, Castor Jaureguibeitia Ibarra Cocherito de Bilbao, Manuel Mejías Bienvenida, Rafael Gómez Ortega Gallito, Rafael González Machaquito, Enrique Torres Bombita, Antonio Fuentes, Antonio Reverte. Junto a todos ellos, Arcadio Ramírez Reverte mexicano, Vicente Segura, y más tarde Rodolfo Gaona conformarán toda una época que consistió ya en un pleno y constituido caldo de cultivo del toreo moderno, que para aquel entonces vive su etapa primitiva. Esta se comporta -respecto a la lidia en sí- a base de lucimiento extremo con el capote (amplio repertorio de quites). La suerte de varas por entonces se practica sin peto o protección en el caballo, lo cual originaba auténticas matanzas y despanzurramiento de los cuacos. También, a la salida del toro, ya se encontraban en querencia y contraquerencia los picadores dispuestos a ejecutar la suerte. Así que la cantidad de puyazos era considerable, en medio de sangrientas escenas. Tras el tercio de banderillas, breve pero efectivo, llegaba la “hora de la verdad”, donde bajo escaso lucimiento del espada, mismo que sólo pasaba de muleta sin otra intención que la de igualar al toro y así poderlo estoquear, suerte ésta, en la cual recaía por entonces, buena parte del peso de una corrida en sí. Gracias al tiempo, el interés se ha ido reubicando y de lo realizado por capote, prácticamente ha sido depositado en la muleta con su respectiva ejecución de la espada. No existían los trofeos y dominaba más el carácter de arrebato personal producido o fabricado por cada torero. Plazas como la México de la Piedad, estrenada en 1899; o la del Toreo en la colonia Condesa (22 de septiembre de 1907-19 de mayo de 1946) daban lugar a un depurado ambiente torero, mismo que diversas tribunas del medio se encargaban de realzar en páginas y más páginas.

Las nuevas alternativas sólo se disponían a su indicada explotación, por lo cual el destino del toreo en México tuvo por aquellos primeros años del siglo sus mejores momentos. El ganado lo había español y nacional ya cruzado de nuevo con el peninsular lo cual daba gran esplendor a la fiesta.

 

Plaza de toros “Bucareli”. Fotografía que pudo haberse realizado
pocos meses antes de que el coso fuera derribado en junio de 1899.
Tomada de Revista de Revistas. El Semanario Nacional.
Número monográfico dedicado a los toros. Año XXVII N° 1394. 7 de febrero de 1937.

 [1] Antonio Garland. Lima y el toreo, p. 106. Ángel Valdez se fue a España. Para que le reconocieran su condición de matador, después de muchas reticencias y prejuicios, tuvo que volver a recibir formalmente la alternativa. Lo hizo en la plaza de Madrid el 2 de septiembre de 1883, cuando tenía 45 años. Se enfrentó al toro “Cucharero”, un colorado marrajo y zorrastrón que apareció en la plaza como un huaico.

[2] Armando de María y Campos. Ponciano el torero con bigotes, p. 162.

[3] José Francisco Coello Ugalde. Ponciano Díaz torero del XIX (biografía), h. 52-4. El mundo de la música se acerca también a Ponciano Díaz, y en el año de la reanudación del espectáculo taurino -1887-, se estrena el juguete ¡Ora Ponciano! escrito por don Juan de Dios Peza y musicalizado por don Luis Arcaraz, donde se aprovecha en él la fiebre que había en la capital por las corridas de toros y se glorificaba al ídolo taurino del momento: Ponciano Díaz. La piececilla gustó mucho y se repitió innumerables veces, hasta culminar con la aparición del propio matador en la escena durante dos o tres noches (Luis Reyes de la Maza. Circo, maroma y teatro, p. 274-5).

Por su parte Juan A. Mateos escribió en 1888 la zarzuela “Ponciano y Mazzantini” con música del maestro José Austri. Debido a la gran pasión despertada por estos dos espadas incluso [varias] veces hubo que se llegó a las manos por dilucidar (sic) cuál de los diestros toreaba mejor.

Los actores vistieron trajes de luces pertenecientes a los espadas y el Teatro Arbeu fue insuficiente para dar cabida a tanto número de espectadores llegando aquello al paroxismo total.

A Mazzantini aquella idea de verse representado en un escenario le gustó y aceptó la sugerencia de presentarse como actor en el Teatro Nacional en una función de beneficencia a la que asistió don Porfirio Díaz. El buen éxito alcanzado animó al diestro a presentarse dos veces más en diferentes obras, y como el público le aplaudió más que a los otros actores, el matador seguramente creyó que era tan buen actor como buen torero (Op. cit., p. 277).

Al ampliar esta información se sabe que entre el 25 y el 31 de diciembre de 1887, hubo un asunto que fue gran tema de conversación. Algunos aficionados llegaron al extremo de alquilar el Gran Teatro Nacional para arreglarlo de tal modo que pudieran darse en él algunas corridas de toros en las noches, toreando las cuadrillas de Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Hoy, esa especie provoca estruendosa carcajada, pero entonces se la acogió como verosímil y aun hubo quien hiciera proyectos de reventa de boletos. Ese notición fue publicado en el periódico taurómaco El Arte de la Lidia.

El género chico ha sido considerado subliteratura, dice Aurelio de los Reyes. Justifica tal exposición con aquello de que en el (Teatro) Principal habían seguido en auge las tandas de los Hermanos Guerra afortunados empresarios de zarzuela barata: su más rico filón se lo proporcionaban el episodio histórico-lírico CADIZ (…) No creo, a la verdad, que perjudique gran cosa la historia del arte, no deteniéndome más en tan exiguas novedades: por igual causa me contento con citar el estreno en el teatrillo Apolo, de Tacubaya, de la zarzuelilla de circunstancias “Casarse por la influenza”, el de un sainete titulado “La coronación de Ponciano”, en el (teatro) Arbeu, y en otro teatro de más inferior clase el del a propósito “La fiera de San Cosme”. (Aurelio de los Reyes. “Una lectura de diez obras del género chico mexicano del porfirismo”. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas. Boletín del IIE, No. 54. p. 132. En Reyes de la Maza, op. cit., p. 278 (…) En esos mismos meses se representa “La Gran Vía” (era una) zarzuela localista, (que) obligó a Isidoro Pastor -quien mandaba a un grupo zarzuelero- a añadir algunos diálogos de oportunidad en los que los españoles elogiaban sin reserva a Ponciano Díaz.

Es preciso recordar que el día de la inauguración de la plaza “Bucareli” luego de que hizo su aparición don Joaquín de la Cantolla y Rico una niña encantadora (Josefa Romero) -toda de blanco vestida- coronó a Ponciano con laureles y mirtos, mientras el diestro que estrenaba ropa morada y oro, aceptaba de rodilla las conmovedoras ofrendas. (Manuel Horta. Ponciano Díaz. Silueta de un torero de ayer, p. 277).

En “Manicomio de cuerdos”, otra zarzuela, con letra de Eduardo Macedo y música del maestro José Austri se incluyen fragmentos de elogiosas dedicatorias a Ponciano Díaz. (María y Campos, op. cit., p. 198-9).

La influencia musical tuvo gran peso y se sabe que en media república se tocaba una marcha titulada “¡Ahora, Ponciano!”, que recordaba la frase -exclamación- cuidadosa que el público hacía en las plazas, indicando al espada cuando podía entrar.

Otro caso es el de una composición cómica titulada “¡Ahora Ponciano!” y dos musicales que tenían ese mismo título y el de “A los toros”. (Carlos Cuesta Baquero. Historia de la tauromaquia en el Distrito Federal, 1885-1905 T. II., p. 56).

 [4] 651 según el último de los balances que se desprenden de la acuciosa revisión hecha a la prensa de la época (N. del A.).

 [5] Op. cit., h. 121-137. En esta suma de actuaciones se incluye todo lo registrado en la prensa de aquel entonces y en lo que estuvo a la mano consultar. Las hay de 1876 a 1899 y se distribuyen en casi todo el territorio nacional, así como varias visitas al extranjero. Por ejemplo: 1884 Nueva Orleans; Madrid, Puerto de Santa María, Porto, Portugal, Villafranca se Xira, Sevilla en 1889. La Habana, Cuba también es visitada por el torero en diciembre de ese mismo año. Laredo, Texas, agosto de 1894. Este dato fue el que arrojó un primer balance, hecho en los momentos en que esta tesis fue concluida. Es decir, en 1996. (N. del. A.).

 [6] Guillermo H. Cantú. Manolo Martínez, un demonio de pasión, p. 87-93.

LOS MANDONES EN LA HISTORIA.

Una rápida mirada a la tauromaquia en los últimos cien años nos da idea de lo poco numerosos que han sido los mandones en la fiesta. Durante la postrer década del siglo pasado solo sobresalen dos cabezas: Ponciano Díaz en México y Rafael Guerra “Guerrita” en España. Ambos toreros juegan en solitario, sin pareja, sin rival permanente, invadiendo terrenos y ganando batallas hasta quedarse solos mientras el boomerang de su propia dictadura se vuelve contra ellos. El primero fue sacado con lujo de fuerza. Su éxito le había proporcionado medios económicos para construir su propia plaza en la capital mexicana: la de Bucareli. Ahí se había instalado para vivir en compañía de su venerada madre y en ese mismo templo de su magisterio recibe, sin estar en casa, a la furibunda turbamulta, que acude vengativa a cobrar los “agravios”. La tromba humana, vigorizada por la gota que derramó el vaso, arremetió sin gobierno, destruyendo todo lo que encontró a su paso.

En tiempos mejores se decía que en México había tres indiscutibles. La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apan. No faltaron el aficionado que mantuviera prendida una veladora ante la imagen del Charro de Atenco, ni los que apedreaban a los “agachupinados” que se atrevían a elogiar a Luis Mazzantini, el elegante diestro importado de la época.

Mismo destino de terminación abrupta sufriría Rafael Guerra en España cuando” “Tras desnudarse, con lágrimas en los ojos, dijo: no me voy, me echan”. Las carreras de ambos toreros finalizan en 1899. Ponciano descansa para siempre en el mes de abril [de 1899] y El Guerra se retira a la vida privada en octubre del mismo año, junto con el siglo XIX. A ninguno de los dos lo sacó otro torero sino los anticipos de la muerte, el tedio o la volubilidad de los aficionados. Es curioso, pero ninguno de los mandones de la fiesta ha sido movido de su pedestal por otro torero, como veremos más adelante.

No se puede ser mandón sin ser figura. No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente.

Ser mandón tiene mucho que ver con el carácter del individuo, con su estructura psicológica, su fuerza natural, sus maneras de enfrentar al mundo y con su capacidad para conjugar a su favor las necesidades internas del hombre cara a la presión del ambiente externo. El mandón es dueño de la determinación de hacer valer su voluntad por sobre todas las cosas, sin importarle el costo, es decir el esfuerzo que eso requiera. Puede sostenerse firme en su atalaya psicológica porque, al contrario de los demás, esto refuerza el andamiaje básico de su personalidad.

En la fiesta han habido muy pocos mandones y bastante menos los que han podido aquí y allá. Por un tiempo mayor a dos temporadas ninguno. Es muy difícil mantenerse en el mando. El toreo es de machos, de hombres valientes, de ejercicio continuo de la voluntad, de control de las emociones, de dominio del miedo, de seguridad interior, de aguante. En esta profesión, nadie se deja… si puede. Por eso, ser mandón se da muy pero muy ocasionalmente. Exige una concentración agotadora, demanda olvidarse casi de todo lo demás. Pocos han estado dispuestos a pagar el precio. Por eso, llegar a ser un mandón resulta poco menos que inaccesible.

[7] El Noticioso del 16 de octubre de 1894, Nº 155. LOS PICADORES: Los baberos, Ponciano, los baberos. No sea vd. terco,  afean  al  picador, esa  es  una  de  tantas malas reliquias dejadas por Gaviño, sea vd. hijo de su época, ame el progreso y rompa con la tradición ó ¿no le servirá a vd. de nada su viaje a Europa? Dice vd. que quiere dar gusto a la afición ¿pues porqué conserva esos inmundos cueros que a nadie le gustan, que todos critican y que hacen que se juzgue á vd. un hombre rutinario incapaz de todo progreso?

 [8] Paco Ignacio Taibo I. Los toros en el cine mexicano, p. 8. (Prólogo de Julio Téllez). Fueron los señores Enrique Maulinie y Churrich, franceses radicados en México, quienes iniciaron la producción de películas mexicanas en la ciudad de Puebla, siendo Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz la primera película filmada en México, misma que fue exhibida en Puebla, en agosto de 1897.

 [9] Coello, op. cit., h. 133. Efectivamente, el testimonio oral es del Sr. Benjamín Gómez Reza. Aunque todavía el 6 de marzo de 1899 se efectúa una encerrona en la plaza de Bucareli ofrecida por Ponciano Díaz a su ahijado Carlos Moreno, apenas un mes y días antes de su muerte sucedida el 15 de abril siguiente.

 [10] El Monosabio, Nº 5 del 14 de enero de 1888, p. 2.

 [11] El Monosabio, Nº ? del 3 de noviembre de 1888.

 [12] Pedro de Cervantes. Diez lustros de tauromaquia, p. 90.

 [13] Revista FANAL, vol. XXI, No. 77, 1966. Perú.

 [14] Cuesta Baquero, op. cit., p. 147-9. En aquella tarde se lidiaron seis toros españoles -tres de la ganadería de D. Pablo Benjumea y tres de la del Excelentísimo Marqués del Saltillo. Todos fueron estoqueados por Mazzantini.

Hubo dos incidentes en esta corrida: Ramón López estuvo a punto de sufrir una cornada al caer delante de uno de los toros del Saltillo, libertándose gracias a la oportunidad con que estuvo al quite Mazzantini. Este le brindó la muerte del quinto toro al espada Ponciano Díaz, que estaba de espectador en una lumbrera. El torero indígena bajó al redondel, después de que arrastraron al toro, y le dio al matador un abrazo que puede considerarse como falsa demostración pública de una amistad que no sentía. Por cortesía únicamente hizo esta efusiva manifestación, pero con hechos, con actos hostiles, anteriores y posteriores a ella, la desmintió.

Ponciano había comenzado la lucha en contra de Mazzantini, desde antes que éste llegara al país. La construcción de la plaza de toros que estaba próxima a terminar (la de Bucareli), no tenía otro fin que ser escenario de sus aviesas intenciones. Igual era el de un periódico ilustrado con caricaturas, que vio la luz pública quince días antes que el espada guipuzcoano toreara la primera corrida.

Se llamó El Mono Sabio la publicación en apoyo al de Atenco, y salió el primer número el sábado 26 de noviembre. Aparecía como editor y propietario el Sr. D. Telésforo Cabrera, hermano del Lic. D. Daniel, que redactaba el Hijo del Ahuizote, periódico político, también ilustrado con caricaturas. Ambos periódicos eran satíricos y el de toros estaba escrito por el mismo Licenciado y D. Alberto del Frago, redactor de El Diario de los Debates, publicación dedicada a dar a saber los asuntos discutidos en la Cámara de Diputados.

 [15] Artes de México Nº 90/91, p. 141.

Los escritos del historiador José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse a través de su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicanas”, en la dirección: http://ahtm.wordpress.com/

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