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Uu ensayo del profesor Gibert y Sánchez de la Vega
La Tauromaquia en el pensamiento de José Ortega y Gasset y Eugenio d´Ors
Uno de los más prestigiosos historiadores del derecho, Rafael Gibert y Sánchez de la Vega, se acercó también al mundo de los toros con un ensayo de un enorme interés, en el que analiza las posiciones que ante el hecho taurino mantenían dos grandes pensadores contemporáneo: Eugenio d´Ors y José Ortega u Gasset, que viene a enlazar con la figura de Domingo Ortega. Cuando ahora el discurso taurino no anda en sus mejores momentos, recordar lo escrito en este ensayo resulta de interés e importancia a la hora de refrescar las argumentaciones protaunrinas.
Actualizado 21 julio 2017  
Redacción   
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La superior inteligencia de José Ortega y Gasset se empleó, aunque no tanto como hubiera merecido, en el tema de la afición a la gloriosa fiesta, y que lo planteó en páginas imperecederas. Me temo que en cuanto a la primera, sobre lo que para ustedes significa Eugenio d’Ors Rovira, la respuesta había de ser decepcionante y al mismo tiempo estímulo para tratar el punto de cómo ante una misma realidad española los dos grandes coetáneos, en su paralela trayectoria de pensamiento

Así escribe el profesor Rafael Gibert y Sánchez de la Vega al inicio de su importante ensayo “Ors, los Ortega y los toros”, que vio la luz por primera vez en el Tomo V de la obra conmemorativa “Centenario del Código Civil”, editado do en 1986 bajo la coordinación de Francisco Rico Pérez, filólogo y académico de la Real de la Lengua; años más tarde, a iniciativa de la Asociación “Peña Cátedra Taurina, de la UNED, la importante Revista de Estudios Taurinos reprodujo este poco conocido trabajo en 2011.

Se trata de un estudio de la relación con la Tauromaquia de dos personalidades españolas muy destacadas: José Ortega y Gasset y Eugenio D´Ors, que viene a enlazar con la figura de Domingo Ortega.

Explica el profesor Gibert que Ortega y Gasset se acercó a la Tauromaquia “por pura devoción intelectual ante un hecho que le parecía importante y significativo. Y vino a ser el máximo teórico del rito que identificó con España. Raro es que no llegase al convencimiento de que la vertebra. Hay una confesión que le delata: había asistido a las corridas en el tiempo de su propia adolescencia, cuando las impresiones se graban más enérgicamente. Tal vez le llevó su buen padre, don José Ortega y Munilla, éste sí declaradamente aficionado, como él mismo llevaría a su hijo Miguel, acaso con la misma lealtad que le impulsó a hacerle bautizar en la iglesia católica, por cumplir el compromiso contraído y para que no dejara de ser íntegramente español”.

Aunque, como advierte el autor, Ortega no dejó un estudio sustantivo, acabado, sistemático sobre la Tauromaquia pues en sus planes de trabajo filosófico, “una serie de escritos y disertaciones ocasionales ha aportado a la Fiesta un estudio en cierto modo definitivo. Aparte de su amistad con toreros, él fue un gran lector sobre el arte y la ciencia de los ruedos, y lo más decisivo: toreó”.

El texto quizá más sustancial de Ortega acerca de los Toros surgió de un modo incidental en el curso de sus lecciones en Madrid durante el invierno de 1948-49 sobre Toynbee y la Historia Universal, en la que se produjo la célebre conferencia de Domingo Ortega  Al comenzar la VII, mencionó que dos semanas atrás su amigo y tocayo Domingo Ortega “El arte del toreo”, para la que el ilustre filósofo escribió un epílogo de enorme interés. “La conferencia de Domingo Ortega es un documento único en la historia de la tauromaquia porque en ella un maestro insigne del arte se ocupa en definir menudamente el esquema de movimientos en que la técnica del toreo consiste”.

Allí, refiriéndose al concepto orteguiano del toreo, don José  Ortega “había hecho –según escribe el profesor Gibert-- cuestión de honor explicarse su origen, su desarrollo, su porvenir; las fuerzas y resortes que la engendraron y la sostenían. Estas palabras de 1950 tienen plena vigencia medio siglo después. Sobre las corridas de toros se habían publicado libros meritorios, pero compuestos desde el punto de vista del aficionado, no del analizador de humanidades. De siempre lamentaba que no se hubiera estudiado con el debido rigor este hecho humano”.

Muy diferente era el caso de Eugenio d’Ors, quien según escribió el propio Ortega y Gasset no había intervenido  “nunca en la polémica sobre la conveniencia del espectáculo taurino: pero esta ausencia en tiempos en que podría haber sido eficaz y normal su intervención, verbigracia, los días en que Eugenio Noel hacia sus campañas, creo que es harto expresiva de la actitud de esta generación que vengo considerando... Recientemente y cuando el tema taurino está en pleno favor, ha hablado de él, considerándole desde el punto de vista estético y señalando su carácter y el lugar que debe ocupar en la concepción orsiana de la cultura

Como detalla el autor, Eugenio d’Ors “se abstuvo de los toros, pero rechazaba igualmente la pasión abolicionista”. Entendió que era posible detestar el espectáculo de las corridas de toros bravos, sin gustar por ello de la violencia, el ruido y la obsesión de la propaganda antitaurina. Tal era la posición adecuada a un amigo de la civilidad.

Para d´Ors lo peor de la fiesta nacional –a la que llamaba espectáculo– era el carácter central que tenía en la vida ciudadana. Marginalmente situado en la ciudad, oculto y disimulado dentro de ella, el espectáculo de los toros, incluso podía ser aceptable, como lo son tantas otras cosas, que tampoco se pueden alabar. “Con esa discreción, todos ganarían, incluso los aficionados. El peor camino para llegar a una convivencia pacífica eran las campañas estruendosas que daban a la fiesta más actualidad, más centralidad”, opinaba el pensador.

Como recuerda el profesor Gibert, todavía en 1920, Eugenio d’Ors no ve en la Fiesta nacional, ajeno a su orden riguroso, a su organización civil, a sus ceremonias, de las que consideraba a España tan necesitada, más que “barullo y sangre” y nada, por supuesto, de su ritmo y belleza. Anecdótico, y por esto significativo, es que una modesta copla acerca de la muerte de Joselito (el 16 de mayo de 1920) le sirviese para ejemplificar la prehistoria, la leyenda y la épica.

En su libro “El vivir de Goya”,  d’Ors detalla una definición de su visión del hecho taurino: “la tauromaquia en la forma canónica que ha llegado a nosotros y la ha vuelto tan pintorescamente típica, resulta una invención del Setecientos: sietecentista la forma de la plaza; sietecentista la ordenación del festejo; sietecentistas, los detalles y los instrumentos de las faenas; sietecentistas, la coleta del torero, la montera, el traje de luces. Las corridas de toros serán institución española si se quiere; pero más literalmente aún, deporte barroco...

Y en otro pasaje de su ensayo, el profesor Gibert recuerda como Antonio Díaz Cañabate cuenta, en su Historia de una tertulia, que una noche, en Sevilla, de donde acababa de llegar, Eugenio d’Ors había visto torear a Gallito y que, fuertemente impresionado por su gracia y elegancia toreras le había dedicado un artículo (más probable una glosa). Interrogado sobre la suerte de ese presunto escrito, el maestro respondió con vaguedades que indujeron al cronista a suponer que no se había realizado. “Pocas noches después, coincidieron en la Tertulia don Eugenio y Gallito; este se adelantó a don Eugenio y le pagó el café. En ausencia del diestro, el Glosador le comentó a Cossío: “¿Ha visto usted? Me ha invitado Gallito. ¡Claro, como ya casi soy revistero!”.

n En un archivo en formato digital, el lector puede consultar el texto íntegro de este ensayo del profesor Rafael Gibert y Sánchez de la Vega pinchando aquí.

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