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¿De los los dineros taurinos "la mitad de la mitad"?
La paradoja de Sevilla: en 2016, la feria más cara fue una ruina; en 2017, una feria aún más cara
En la economía del toro se dan elementos poco o nada comprensibles, bajo un punto de vista económico y empresarial. Se declaran resultados ruinosos, a los que se les busca como solución elevar aún más los costes del espectáculo, a la vez que se quiere bajar el precio de las entradas. Lo que ocurre con la organización del abono de Sevilla constituye un buen ejemplo. Para quienes se rigen por los criterios convencionales de la economía y de la empresa, se plantean paradojas poco comprensibles. Pero dada la insistencia en mantener esas políticas e incluso ampliarlas con las plazas de nueva adjudicación, al mundo del toro no hay quien lo entienda. O es que en su caso se cumple el viejo dicho que nos recuerda que en cuando se habla de dineros "la mitad de la mitad".
Actualizado 22 febrero 2017  
Redacción. Servicio de Documentación   
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Hace un año Ramón Valencia, responsable de la Empresa Pagés, al presentar los  carteles del abono sevillano declaraba: “Es la feria más cara que se ha organizado”.  Y cuando acabó la feria abrileña reconoció: “Ha sido una ruina”, añadiendo que la inclusión de las figuras tan sólo había incrementado en 120 el número de abonados.  Cuando el pasado martes presentó las combinaciones de toros y toreros para 2017, el mismo Ramón Valencia ha confesado: “Es una feria aún más cara que la del año pasado”. Y estaba tan tranquilo después de tal confesión.

Habrá que esperar al final de la feria para comprobar los resultados de esta insistencia de subir  los costes en medio de la crisis, porque si sólo sirven para 170 nuevos abonos, una ruina vendrá a sumarse a otra.  

Pero también es cierto, aunque no sea lo usual, que hay expertos que aconsejan eso de invertir más para modificar la decadencia de un negocio. Naturalmente, como son expertos aconsejan también determinadas actuaciones complementarias, para que lo invertido no se evapore.

Algunos podrían explicar esa especie de contradicción acudiendo al recurso, a veces muy manoseado, del romanticismo con el que operan los empresarios taurinos. Convierten en realidad sus sueños, sin previamente tener una aproximación a unas estimaciones fundadas de cual será el comportamiento del su mercado. En el siglo XXI parece no sólo una decisión de alto riesgo, sino sobre todo poco entendible.

A lo mejor es algo más sencillo: con la opacidad en la que se mueve el negocio taurino, mientras no se tenga una auditoría de cuál ha sido el Ejercicio de la Empresa, todo se queda poco más que en pura palabrería. Desde luego, lo evidente es que nada aport en credibilidad a los gestores; más bien al contrario, lo que alimenta es todo lo opuesto. Se diría que resulta de aplicación el viejo dicho que, cuando se habla de dineros, aconseja dejarlo todo en “la mitad de la mitad”.

Nadie duda que la economía del toro sigue criterios en muchas ocasiones atípicos en términos empresariales. En buena parte viene debido a las propios comportamientos tan dispares por los que un espectador acude o no a los tendidos; hasta la climatología fue llevar del beneficio a las pérdidas. Y eso sin contar que los gustos y las costumbres varían de forma sustantiva de un lugar a otro: un torero puede tener mucho tirón en la taquilla de una plaza, pero en otras su interés decae vertiginosamente. Sin embargo, bien podría decirse que todos esos elementos se han dado a la largo de todos los tiempos en la Fiesta; por tanto, de por sí no explican esta atipicidad organizativa y económica.

Si nos fijamos en los resultados, no deja de ser hasta paradójico que hoy en día el ”ungüento amarillo” que necesita un empresario para salvar la situación sea la contratación dentro del abono de José Tomás. Sin ir más lejos, a título de ejemplo ahí está el caso de la feria de Valladolid de 2016 con respecto al año anterior.

En realidad, lo que bien podría ocurrir es que las cuentas de resultados del toreo se construyen sobre partidas nada convencionales en el mundo económico. Si los costes no evolucionan en razón de los ingresos, o viceversa, el resultado no puede ser más que impredecible. Y, ya se sabe: un negocio impredecible es un negocio que aspira a la ruina.

Decía no hace mucho uno de los ganaderos más de moda en la actualidad que su máxima aspiración radicaba en acercarse a cobrar por una corrida “la mitad de lo que cobran las figuras en cualquier plaza[1]. Y unos meses antes el entonces empresario de Las Ventas, no dudaba en afirmar que  “la Fiesta de los toros está en quiebra, pero las figuras ganan más que nunca”, a la vez que denunciaba que “hay un desfase brutal entre lo que cobran los de arriba y los de abajo[2].

Pero en una línea no muy distinta, un reciente trabajo académico[3] estudiaba el impacto provocado por el alto precio de una entrada a los espectáculos y las fuertes barreras de entrada en el ámbito empresarial, que se justifican en la existencia de un oligopolio que controla de forma vertical más de la mitad de festejos y plazas. Para al final llegar a la conclusión que, con unas cosas y con otras, en el mundo del toro se “hace prácticamente imposible la entrada de nuevas ideas que contribuyan a la regeneración de la fiesta”.

Bajo todos estos puntos de vista, no puede menor que sorprender, como ha ocurrido en las últimas semanas, que cada vez que se convoca un concurso público de adjudicación de una plaza, haya una cola de empresarios que aspiren a gestionarla. En estos últimos meses tan sólo se ha dado un caso de no adjudicación --que fue el de la plaza de Vitoria--, pero lo fue por las condiciones inasumibles que marcaba el pliego del Ayuntamiento, que parecía pensando para no tener que adjudicarla.

Si se reúnen éstos y otros elementos se queda uno en puertas de afirmar que el problema de fondo radica en la tesis, ya tan analizada, de la escasa vigencia que a estas alturas tiene el modelo de negocio que siguen unos y otros, que se mantienen anclados en usos y costumbres no muy distintas de las que seguían sus colegas a finales del siglo XIX.

Es la hipótesis mas favorable entre las posibles. En el polo opuesto se sitúa la más negativa de todas: de lo que dicen los empresarios taurinos no se puede uno fiar, en la medida que a la vez que reniegan de la inviabilidad de su negocio, no sólo los mantienen sino que hacen nuevas inversiones e incluso hacen apuestas por crecer.

Para entender estas realidades del mundo del toro habría que acudir a la más prestigiosa Escuela de Negocios, por si son capaces de explicarnos todas estas contradicciones, porque a ojos de profanos eso de invertir más en una ruina sencillamente no se entiende en términos de economía empresarial.

[1] José Luis Benlloch. Entrevista a Victoriano del Río, en un coloquio en la Universidad Católica de Valencia, 16 de diciembre de 2016.
[2] Rosario Pérez. Entrevista  José Antonio Martínez Uranga y Manuel Martínez Erice, en ABC del 15 de octubre de 2014.
[3] Rubén Hernández Martín. Tesis de grado: “La Tauromaquia en cifras. Modelos de adjudicación y financiación”. Universidad de Valladolid, enero de 2016.

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