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El estreno en México hace 50 años de dos películas de toros
Los valores del cine taurino de ficción
Anuncios publicados por El Heraldo de México (marzo 1966 y julio 1967)
Con todo ello, la visión cinematográfica sobre el mundo de los toros, "nos ayuda a entender de manera suficiente la evolución y los cambios que adquirió el espectáculo en poco más de 75 años", escribe en este artículo el historiador mexicano José F. Coello Ugalde, quien añade: "Esas imágenes nos permiten entender la forma en cómo evolucionó la selección y gusto de la sociedad por diversiones como la de toros. De ahí que volvamos a fijarnos en una más de las herramientas de la antropología, unidas también al quehacer histórico y sociológico que acude para enriquecer el soporte interpretativo necesario para entender mejor el contexto resguardado en viejos nitratos".
Actualizado 27 junio 2017  
José F. Coello Ugalde, historiador   

Fue tal el impacto que produjeron algunos documentales y largometrajes a lo largo de la sexta década del siglo XX, que como resultado de la inauguración del Centro de Estudios Cinematográficos o “Filmoteca” de la U.N.A.M., ésta formó su primera colección y entre otras grandes producciones, con Torero, de Carlos Velo. En esa ocasión (era el 8 de julio de 1960), Manuel Barbachano Ponce puso en manos del Lic. Manuel González Casanova las latas de aquel valioso documento que registra las tribulaciones más profundas de un torero, historia que encarnó en forma por demás sobrada Luis Procuna.

Más o menos por aquellas épocas, los espectadores verían una película de culto –por lo menos entre los taurinos-. Me refiero a Tarde de toros (1956), en donde se pueden apreciar, entre otras, las faenas de Domingo Ortega o Antonio Bienvenida, que no solo torearon. También actuaron.

Así, pasaron los años y a partir del mes de marzo de 1966, la prensa de nuestra capital, publicitaba otra cinta a cual más interesante. Se trata de Aprendiendo a morir, que cuatro años antes ya había sido exhibida con bastante éxito en España. El papel estelar lo protagonizó Manuel Benítez “El Cordobés”. En dicho trabajo quedó marcado al comienzo y final del mismo, algo que parece muy interesante, pues al margen de la desgracia que puede padecer el torerillo de la legua, este decide lanzarse al ruedo jugándose el todo por el todo. En un momento en que los de la guardia civil lo lleva detenido, el espontáneo se dirige a uno de ellos para decirle en forma sentenciosa que en cuanto fuera famoso, “ustéd me llevará en hombros en esta misma plaza”. Palabras más, palabras menos pero así sucedió, y aquel mismo personaje, un día de fiesta –que estaba “franco”-, se encargó de ser uno de los varios “costaleros” que cargaron con el héroe de la tarde.

Una producción más, y que causó revuelo fue Fray Torero, en cuyo papel principal se encontraba Paco Camino, al lado también de otra figura de aquel cine que se perfilaba por senderos que ya estaban abordando un segmento complicado, por contestatario y rebelde. Me refiero a los jóvenes. En este caso, la actriz principal era una Angélica María que ya contaba para esas épocas con horas de vuelo en la actuación, y el canto.

En la cinta que fue estrenada en julio de 1967, puede apreciarse un interesante efecto en el que pudo más la afición que la devoción, o por lo menos así lo parece, pues ese fraile inquieto y cuyo hábito lleva el diestro de Camas (Sevilla), no deja de pensar en todas las buenas obras que podrían darse nada más se aventurara a tomar capote y muleta.

El cine taurino de ficción, no siendo ni teniendo los ingredientes de películas que hayan dejado su impronta en términos de inolvidables (y esto puede ser discutible), rescata en cada uno de sus registros escenas que, gracias a sus directores o productores, se pueden apreciar escenas donde las figuras en su momento brillaban con luz propia. De hecho, hay otro cine, el documental, en cuyos registros pueden observarse infinidad de circunstancias, pues es desde el año de 1895 y hasta tiempos en que el cine mismo fue desplazado por el video –hablo de 1972 en años-, el que hizo posible que hoy día podamos observar el testimonio de toreros que van desde Rafael Guerra o Luis Mazzantini hasta Antonio Ordóñez o Manolo Martínez. Con todo ello, la visión sobre diversas expresiones, nos ayuda a entender de manera suficiente la evolución y los cambios que adquirió el espectáculo en poco más de 75 años.

En un trabajo de reciente manufactura, aunque con investigación acumulada de un par de décadas, logré concentrar toda aquella información relacionada con producciones, tanto en forma documental como de ficción; o de aquellos registros hechos fuera de nuestro país y que luego se exhibieron aquí. El número alcanza poco más de 500 títulos, en un rango que va de 1895 a 2017. Se sabe que en San Luis Potosí, y durante la primera quincena de octubre de 1897, se presentaba en el Teatro de la Paz la producción de Enoch C. Rector “Corrida de toros”, filmada el 23 de febrero de 1896 en la plaza de toros de San Pablo, ciudad Juárez, Chihuahua. De ese material cinematográfico al muy reciente, denominado Miguel Espinosa. “Armillita en la mirada del maestro Fermín” (Fundación “Miguel Alemán, A.C.”, 2017), han transcurrido 125 años.

Así como el quehacer de los antropólogos ha sido rastrear, recuperar, identificar y ubicar todos aquellos documentos conocidos como códices, que recuerdan no solo la gloria de determinados personajes, sino las guerras, así como los diferentes sistemas políticos de un pueblo o su religión. También no dejan de inscribirse valores de vida cotidiana, con lo que nos acercamos a una idea más precisa de cómo se desarrollaron determinados momentos, tiempos o épocas de un pasado que parecían irrecuperables, aunque por fortuna tan inmediatos gracias a su rescate, resguardo e interpretación precisos.

Del mismo modo, existen otra serie de testimonios que fortalecen en esa medida la circunstancia del pasado, con lo que nos es más inmediato, de ahí que lo podamos conocer un poco más, pero también un poco mejor.

Los archivos fílmicos vienen a convertirse en invaluables acervos, colecciones y reuniones de “códices de la imagen” los cuales aglutinan y recogen todos aquellos síntomas en los que se movió determinada sociedad, documentos conocidos en nuestro país desde 1896.

Lo verdaderamente notable es que estos documentos recogen a los héroes populares, esos que se pensaban perdidos hasta que al volverse a destapar viejas latas y colocarlas en enormes proyectores retornan en el tiempo hasta nosotros, con lo que nos damos cuenta del significado que tuvieron y que siguen teniendo. Esas imágenes nos permiten entender la forma en cómo evolucionó la selección y gusto de la sociedad por diversiones como la de toros. De ahí que volvamos a fijarnos en una más de las herramientas de la antropología, unidas también al quehacer histórico y sociológico que acude para enriquecer el soporte interpretativo necesario para entender mejor el contexto resguardado en viejos nitratos.

Los escritos del historiador José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse a través de su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicanas”, en la dirección: http://ahtm.wordpress.com/

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