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Iván Fandiño nos la ha vuelto a recordar
La verdad permanente que se vive en los ruedos
Aunque en la historia del toreo no se hubiera producido ni un solo percance mortal --que ha habido muchos, el pasado sábado fue el ultimo de la lista--, no por ello necesariamente debiera concluirse que el riesgo es superfluo; cornadas las hay, las ha habido y las habrá. En el fondo, porque en el platillo de un ruedo se concentra, a pesar de todos los pesares, demasiada verdad. Y ocurre así porque allí se conjuntan dos elementos definitivos, como son la creación de un Arte y el riesgo cierto al que se expone quien lo crea, que es donde reside la magnitud del toreo. Iván Fandiño nos lo acaba de recordar, dando su vida por el arte.
Actualizado 18 junio 2017  
Redacción   

Pendientes como andamos de lo que hace éste o aquel torero, de lo que ocurre en tal o cual plaza, a veces nos olvidamos de la gran verdad del toreo. Iván Fandiño nos lo ha recordado el sábado 17 de junio en la placita de un pueblo de las Landas francesas. Por más que estemos convencidos de la realidad que se vivió en esa tarde, tienen que venir unos momentos dramáticos a recordárnoslo y volvernos a lo que de verdad importa: cuando los toros cogen, no se trata precisamente de una ficción.

Conocido es lo que sucedió en la célebre cena que la intelectualidad española dedicó en noviembre de 1944 a Manolete en Lardhy. A la hora de los discursos uno de los oradores vino a decirle al torero cordobés: “Te invitamos a ser nosotros y reconocemos el arte de torear con la misma categoría estética que otras Bellas Artes”. Pero tales palabras, no pueden separarse de la respuesta rotunda que recibieron de Manuel Rodríguez:  "Yo soy vosotros, pero en mi creación hay algo más: la muerte verdadera, por lo tanto me diferencio en un matiz que me hace distinto".

Como bien recordó el mítico torero cordobés. lo nuestro no son artes escénicas, sino que se inscribe más propiamente en el género de la tragedia, en el sentido literal con el que la describe Aristóteles en la cultura griega. Precisamente por eso la Tauromaquia es con toda propiedad una de las ramas de la Cultura.

Nuestra  realidad es la del riesgo como un hecho cierto. Incluso cuando se trata de situaciones en las que parecía imposible. No se hace necesario remontarse ni a Talavera, ni a Linares, ni a Pozoblanco, ni a Colmenar, ni Teruel, ni ahora  Aire Sur L´Adour. El riesgo es la gran verdad del toreo. Por eso cuando en ocasiones parece que hasta los propios toreros minimizan esa constante histórica, están dejando a un lado ese factor que les lleva a los mismos linderos de los héroes.

Pues todo eso hay que ponerlo en el valor que tiene, que es mucho; todo eso no puede resolverse acudiendo a ese socorrido decir de que “los toreros son de una pasta especial”. Y no es cierto: son de carne y hueso como cualquier mortal; al igual que ellos, sufren, se duelen y mueren. Lo que ocurre es que la fuerza íntima del arte del toreo lleva a sobrevolar sobre la tragedia. Pero nos equivocaríamos si pensáramos que todo no son más que accidentes en el camino, gajes profesionales.

El gesto del torero, no nos engañemos, no cabe entenderlo con eso que en el lenguaje popular conocemos como una hombrada. Cuando después de zambullirse en situaciones siempre de riesgos, se vuelve a los ruedos no ya para la recuperación de una carrera profesional; se vuelve por vocación, por el amor a un arte propio. Lo cual no quita para que en ocasiones se produzcan situaciones casi incomprensibles.

La probabilidad del riesgo concentra demasiadas variables, que además escapan las más de las veces a la capacidad de control de los hombres. El riesgo primero, desde luego, es el toro, sus condiciones bonancibles o sus peculiaridades aviesas.  Pero también hay otros. Y así, el propio factor de la climatología ya hace cambiar el escenario, cuando hemos comprobado los efectos tan trágicos de una simple racha de viento producida a destiempo, que deja al descubierto al torero. También incide, cómo no iba a ser así, el grado de pericia y de adiestramiento del torero, por más que éste sea un factor que los mentores del espada debieran administrar con prudencia, para no exponerle a situaciones superiores a sus capacidades. Por influir, hasta puede ser relevante a estos efectos el tamaño y el estado del ruedo, que de tener un diámetro adecuado o no,  de estar cuidado a ser un erial, media un abismo. De hecho, hubo épocas en las que algunas figuras para lidiar determinados encierros exigían que el ruedo tuviera un cierto  número de burladeros, por ejemplo.

A partir de aquí, la posibilidad de que tal día y tal hora se conjunten todos los elementos que protagonizan el drama, es cuestión muy aleatoria. Y no hay que esperar a que se produzca de hecho: basta la simple probabilidad de que pueda ocurrir, para poner en valor todo lo que se hace en un ruedo. De tal forma que aunque en la historia del toreo no se hubiera producido ni un solo percance mortal --que ha habido muchos, el pasado sábado fue el ultimo de la lista--, no por ello necesariamente debiera concluirse que el riesgo es superfluo; cornadas las hay, las ha habido y las habrá. En el fondo, porque en el platillo de un ruedo se concentra, a pesar de todos los pesares, demasiada verdad.  Y ocurre así porque allí se conjuntan dos elementos definitivos, como son la creación de un Arte y el riesgo cierto al que se expone quien lo crea, que es donde reside la magnitud del toreo.

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