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Por la contrarreforma del rejoneo
"La verdad triunfa por sí misma, pero la mentira necesita siempre complicidad. Entre medias anda ahora el noble arte del rejoneo", escribe Juanma Lamet en su Bloc de notas, tras plantear una serie de interrogantes que deberían abordarse para una contrarreforma del rejoneo para que no pierda los valores permanentes de la Tauromaquia.
Actualizado 29 mayo 2017  
Juanma Lamet   

Cuenta la leyenda india que un príncipe fue el primer hombre que halló a La Verdad. La encontró vieja, fea y purulenta, recluida en una cueva. Cuando le pidió un testimonio para llevarles a los hombres como Prometeo les llevó el fuego, la mujer se negó: "No les digas nada". Ante la insistencia de su descubridor, La Verdad contestó: "Diles que soy joven y hermosa".

La verdad triunfa por sí misma, pero la mentira necesita siempre complicidad.

Veamos. Este año no se ha celebrado ninguna corrida de rejones en la Feria del Caballo de Jerez. Es más, ni siquiera ha abierto cartel un caballero, como mera justificación filológica de tan señero nombre. Dice el empresario que ya no hay rejoneadores de la tierra, pero sabe que eso es una excusa. Dice también que no hay tanta afición ya, y eso se va pareciendo más a la paniaguada realidad del Arte del Rejoneo. Por más que Las Ventas se llene de público con cada cita equina.

Algo falta, y me temo que la respuesta nos la ha dado la ´triunfalísima´ corrida de rejones de Madrid: lo que falta es verdad, que es el principio supremo de la tauromaquia. La gran premisa de todo el rito.

Y lo digo hoy que Diego Ventura y Leonardo Hernández han salido a hombros por la Puerta Grande de la principal plaza del mundo.

Llevaba Diego Ventura encelado al primer toro sobre la grupa del gran ´Sueño´ cuando un traspiés del caballo hizo que el pitón (sic) le alcanzara la carne. No pasó absolutamente nada. El asta despuntada apenas rebotó, como un dedo contra una molla. Igual ocurrió en un espectacular quiebro al quinto. El segundo alcanzó la montura de Leonardo Hernández sin que el "ay" sonara del todo creíble. Y el tercero, algo cornigacho para más señas, le tiró un croché inofensivo al codo de ´Añejo´, que ni siquiera se sacudió el golpe. No hubo que lamentar ningún percance, porque lo que no puede ser, no puede ser, y además...

Claro que los toros ´afeitados´ matan. Claro que la cornada sucede. Sólo faltaba. El problema es que la magia se evapora cuando el truco se ve. Si el rejoneador puede recrearse en el pitón (no junto a, en) y al empujar el asta la grupa del caballo no huele a azufre, lo que ocurre es un trampantojo de la verdad.

Uno de los argumentos que esgrimen quienes no quieren toros en puntas es la coartada animalista de que hay que evitar a toda costa que el caballo sufra. ¡Pues claro! ¡Pero si se trata de eso! ¡Y eso se evita toreando! ¿O es que en los toros también van a ganar los de la glándula ternurista?

Prefiero cien veces que una guadaña astifina cerque la barriga del caballo a que un cuerno despitonado la toque, por mucho que los públicos enronquezcan al ver, por ejemplo, cómo Diego Ventura se lleva las manos a la cara para escenificar que no puede creerse lo que acaba de hacer. Esa teatralización tan excesiva y tan poco torera es, por cierto, lo más cerca que están los toros del fútbol. Y hace que el respetable confunda lo bueno (que en este rejoneador abunda) con lo regular.

La reglamentación no exige el despuntado, lo permite. El gran triunfo de los edulcoradores de la ´fiesta´ es que la mutilación se dé por descontada. Tampoco hay que asumir como si tal cosa todas esas encornaduras acapachadas, abrochadísimas, o peor, mogonas. Ni que la docilidad sea la norma, tanto en el toro como en el tendido.

Los festejos a caballo han entrado de lleno en la mecánica del triunfalismo, de manera que a los rejoneadores se les aplaude como a los saltadores de longitud. Es todo muy aséptico, como falsa y obligatoriamente feliz.

Aun así, sería una necedad obviar que al tercero Ventura le montó un lío con ´Dólar´. Cuando le quitó la cabezada al caballo convirtió los tendidos en una pira. Puso así, sin riendas ni bocado, un par de banderillas en el que el caballo inspiraba más bravura que el toro. Qué expresión, qué garra. El galope se antojó una carga comanche. Cuánta verdad en su rostro. También descolló, en el quinto, una banderilla al quiebro ajustadísima, espectacular, la de más emoción de toda la corrida.

Leonardo anduvo elegante en los cites, pero ejecutó mal demasiadas veces, pasado casi siempre. El resto lo contarán las crónicas. Yo prefiero centrarme en lo importante: o la nomenklatura del rejoneo alumbra una contrarreforma, o el aficionado se rajará del todo, más pronto que tarde. De puritito aburrimiento, nomás. El público dominical seguirá abarrotando los tendidos, claro, pero aquí la llama de Prometeo la portan quienes la portan, y hay árboles que les están tapando el bosque.

Por ser más explícito: el Centauro de La Puebla, rejoneador soberbio, debería liderar esa contrarreforma. En un mundo irreal, en el que las puertas grandes pesaran lo mismo a pie que sobre la montura, diríamos que Ventura iguala a El Viti, con 14. Pero no es lo mismo, ni de lejos.

La verdad triunfa por sí misma, pero la mentira necesita siempre complicidad. Entre medias anda ahora el noble arte del rejoneo. Estamos a tiempo.

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