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La mano de Dios
"Ahora que tiene 20 años como Serrat, Ginés ha rendido Madrid con la fuerza de un puñetazo directo al mentón del establishment taurino. Se fue el torero a hombros, doctorado con matrícula. Y diciendo aquí estoy yo, abran paso", escribe Juanma Lamet en su Bloc de notas, recordando una tarde que Ginés Marín ha hecho grande, como la puerta que da a la calle de Alcalá. Y todo ello con la colaboración de un gran toro, "Barberillo", con el hierro de Alcurrucen.
Actualizado 26 mayo 2017  
Juanma Lamet   
 Cuvillo desnuda al "7"

Flotaba Ginés Marín a hombros por la explanada de Las Ventas y en el horizonte madrileño caía, despacito, la atardecida. Como si la hubieran programado. Frente a él, un cielo velazqueño ponía el broche onírico a una faena de ensueño, con sus nubes bajas y sus tonos ocres y anaranjados. Una pintura. Una postal. La Gloria amarrada en una faena inmensa, cuajada de pitón a rabo. Entonces Ginés, rodeado por un ejército de teléfonos, giró la cabeza y la contempló una vez más. Ahí estaba, exultante, la Puerta Grande descerrajada. "Mírala una última vez, torero. Disfrútala. Es tuya".

Ahora que tiene 20 años como Serrat, Ginés ha rendido Madrid con la fuerza de un puñetazo directo al mentón del establishment taurino. Se fue el torero a hombros, doctorado con matrícula. Y diciendo aquí estoy yo, abran paso. Como Julio Aparicio en el 94, casi. El hueco de la corrida de la Cultura le pertenece.

Cuando baja la piel de gallina queda en el recuerdo una faena rotunda, muy bien planteada (no como la del tercero) y sin fisuras. Fue, toda ella, un calambrazo. Tras la cuarta tanda, a derechas, Ginés se cambió la muleta por la espalda y dio el natural más inmenso de la feria, y de muchas ferias. Desde más allá de la cadera derecha hasta donde llega la muñeca, traspasado el umbral de la figura rota, destroncada. Un natural que fueron dos. La vuelta al cuerpo. El radio al cuadrado multiplicado por pi. Una circunferencia con el compás de la mano izquierda. La mano de Dios.

Barberillo, que así se llamaba el sexto, llevaba una finca colgando del pitón izquierdo. Qué toro. Qué máquina de embestir. Qué clase. Qué humillación. Qué bravura en la muleta. De Alcurrucén, claro. Gritó el fondo sur "¡toro, toro!"... y toro hubo para dar y regalar y hartarse y repetir. O para no desaprovechar la ocasión. Así lo hizo el extremeño nacido en Jerez, vertical, relajado, torerísimo. Se llama Ginés Marín, pero su nombre en las redes sociales es "Torería". Y a Barberillo se le pidió la vuelta al ruedo, de tan boyante que era.

La seriedad de El Juli había desprecintado la tarde con el presagio del programa de mano, en el que le pintó Jerome Pradet dos ojos iracundos, como dos promesas de venganza. Supremo dominio lidiador el de El Juli, que de niño cayó en la marmita de la inteligencia. Y ahora es la reserva natural de la materia gris del toreo. Como para encima hartarlo entre todos. Perdió la puerta grande por pinchar al cuarto, y no sería justo obviarlo.

Pero la tarde tuvo un nombre. Un dueño. Y la primera Puerta Grande, también. Se llama Ginés Marín y ha rendido Madrid. Ahora que tiene 20 años. Se fue apagando el cielo en el camino desde el ruedo a la furgoneta, como si el tiempo pesara. Y la miró por última vez. "Es tuya, torero".

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