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500 años de Tauromaquia en México (LVI)
Polémica con el autor de "¡Abajo los toros!"
En la fase final de su ensayo sobre "500 años de la Tauromaquia en Mçexico", acude el historiador José Francisco Coello a revivir documentalmente una hipotética polémica con don José López Portillo y Rojas, autor en 1905 de una obra que tuvo un impacto. Se titulada escuetamente "Abajo los toros" y toda ella venía ser un alegato que el autor escribe para que el entonces Presidente de la República "suprima en México, la bárbara, sangrienta y bochornosa diversión de los toros".
Actualizado 23 mayo 2017  
Redacción   
 LV. Una dimensión que pertenece al abstracto
 LIV: Manolo Martínez: de la vida a la leyenda
 LIII. Fermín Espinosa "Armillita", forjador de un gran imperio
 LII. La trascendencia de Rodolfo Gaona en el inicio del siglo XX

Acudí a la cita. Me esperaba el Sr. Ministro de Relaciones Exteriores en su despacho. De inmediato y sin mayores preámbulos pasamos a una discusión que tanto en 1906 como en 1995 o como en este 2009 o 2010 sigue teniendo la misma vigencia. De la imprenta de D. Mariano Viamonte Zuleta acaba de recibir el primer ejemplar de su texto ¡Abajo los toros! dedicado al señor presidente de la República, General de División don Porfirio Díaz. Me llama la atención que, sin ningún empacho pide nuestro personaje a don Porfirio “suprima en México, la bárbara, sangrienta y bochornosa diversión de los toros”. Apenas terminé de revisar la portadilla, don José López Portillo y Rojas suelta los primeros ataques discriminando y cuestionando la fiesta de toros.


Carátula de la obra aquí mencionada.

José López Portillo y Rojas (JLPyR): Es un hecho que entristece, la inmensa y progresiva aceptación que va teniendo en nuestro país el espectáculo de los toros, el cual puede compararse con un mal ya endémico, que se extiende todos los días y convierte en más y más virulento.
José Francisco Coello Ugalde (JFCU): El pueblo ha hecho suyo el espectáculo, desde el momento en que culmina la conquista. El mundo español lo aposentó, el americano lo enriqueció con su carácter propio y así ha discurrido por más de cuatro siglos y medio.

JLPyR. Sería posible aún poner remedio al mal, porque el toreo no adquiere todavía carta de nacionalidad mexicana.
JFCU. Se ve don José que usted de plano no se ha dado una vueltecita por la plaza México de la Piedad, o no se ha enterado que con la influencia de Bernardo Gaviño primero; y la presencia hegemónica de Ponciano Díaz después, surge la expresión original de una escuela mexicana del toreo -discutible pero también indiscutible- que luego llevarían a niveles privilegiados Rodolfo Gaona, Silverio Pérez o Manolo Martínez, cada quien en su momento.

JLPyR. Usted sabe que si esa plaza [el Toreo de la Condesa] llegase a levantarse en nuestra capital, sería un monumento erigido a nuestra barbarie.
JFCU. Déjeme decirle que la vida de dicho coso alcanzó en ese sitio la friolera de 39 años y luego pasó su esqueleto a terrenos de Cuatro Caminos, inaugurándose en 1947 para reinaugurarla más tarde, en 1994. Pronto, en 1997 será su cumpleaños número 90.
En cuanto a la mencionada barbarie estoy de acuerdo con usted en aceptar su afirmación porque finalmente se trata de una tortura que concluye en la muerte del toro y va contra los principios del raciocinio humano. Pero esta diversión se sustenta en muchos siglos de formación, y por culturas que en general son bárbaras en cuanto idea de dominio sobre otras. Romanos, hispanos e incluso la fusión -para bien o para mal- (nunca como justificante maniqueo) de la española e indígena que devino en mestizaje. Nuestros antepasados indígenas dominaban férreamente, controlaban a otros grupos que se arrogaban en un vasallaje el cual se trastocó en guerra por alianza habida con los hombres blancos y barbados llegados desde el mar.
Por ese aspecto es como se refleja la permanencia de las corridas de toros en lugares donde Hispania primero, España después se aposentó con poderosa influencia cultural y sus pueblos -independizados de ella aunque con un idioma común-, a través del tiempo han aceptado como algo que los constituye, al espectáculo de toros con sus partidarios y no partidarios también.
Nervioso veo al señor ministro que quiso interrumpirme en varias ocasiones durante mi intervención y de nuevo se apresta a participar.

JLPyR. Quiero hablarle de la suerte de varas. El caballo, herido y moribundo, queda tirado en la arena sin que nadie lo defienda, y el toro en sus vueltas y carreras furiosas por el coso, le asesta nuevas cornadas cada vez que junto a él pasa; en tanto que el desventurado animal, que no ha logrado ni siquiera ver a su verdugo, levanta del suelo difícilmente la cabeza y, por instinto de propia defensa, tira al aire débiles, patéticos é inútiles mordiscos.
Dígame usted: ¿Es esto hermoso? ¿Es estético? ¿Es pintoresco? De ningún modo, sino feo; mas que feo, horrible; más que horrible, repugnante.
JFCU. De ninguna manera es hermoso, pero como aficionado le diré que es necesario. Pasaron ya los tiempos en que el caballo salía a la plaza sin peto y estamos en una época donde el maxipeto protege la humanidad del equino, solo que los de a caballo aprovechándose de semejante muralla yerran muchas veces al principio de la suerte, reciben al toro para de inmediato atacarlo con puyazos diversos, tapándole la salida, corrigiendo y barrenando de lo lindo. Allí es donde se deforma la suerte que al cumplirse cabalmente se realiza dejándose llegar el toro hasta la jurisdicción, clavando la puya en lo alto del morrillo y sin soltar la vara resistir el empuje del toro sin más propósito que descongestionarlo y prepararlo para la faena de muleta. Además es una prueba que por indispensable la esperan todos los ganaderos para valorar las cruzas, la reata de los toros, el cúmulo de años de esfuerzo y sacrificio para, en esa forma poder continuar o corregir a tiempo alguna posible desviación genética. Asimismo el espada en turno calibra qué tanto de poder debe eliminarse para aprovecharlo en la faena de muleta, detalle que las mayorías ignoran y de pasada reclaman airadamente.
Este viaje por el tiempo me permite asistir a la plaza de toros “México” en la Piedad, donde hoy se levanta el Cine México una más de las víctimas del progreso al quedar convertido en un espacio que al interior presenta la división en varias y nuevas salas de exhibición. Y la corrida a la que asisto es de las mejores de aquel año de 1906. Fue la tarde del 14 de enero en la que se reunieron tres diestros españoles: Antonio Fuentes, Antonio Montes y Ricardo Torres “Bombita” entendiéndoselas con 6 de Piedras Negras. El de Tomares, y en el sexto de la tarde de tan arriesgado que estuvo en su actuación fue herido gravemente en el pecho. Lo destacable es que los tres espadas fueron congeniando con el nuevo estilo de torear, fueron moldeando ese toro propicio para la faena moderna, condición que le faltaba bien poco para entrar a escena. Fuentes, en artista, Montes con facturas de valiente y “Bombita” fuente de sabiduría a la hora de lidiar toros.
Olorosas tazas de café acompañan la cada vez más interesante plática.

JLPyR. Los banderilleros ponen las banderillas donde pueden, y a veces resulta alguna moña clavada en un ojo de la fiera, y el espectáculo se hace intolerable. Los matadores degüellan al toro con harta frecuencia, haciéndole toser y vomitar sangre, ó bien le hieren los tendones de los cuartos traseros ó delanteros y le toman cojo en el acto. Y por regla general, cuando la fiera puede ya apenas moverse por tantas estocadas como ha recibido, y sangre como ha perdido, es cuando se ve solicitada por la muleta del matador para que embista, y cuando al moverse pesadamente sobre la capa, recibe la estocada que le derriba. Convengamos en que esos espectáculos son hechos para contristar, y no para regocijar el corazón del público.
JFCU. La culminación de una faena no se reduce a la sola representación de cuanto usted reseña. Llega a ocurrir sí, pero el propósito de todo torero, tras una labor de mérito es rematar con una gran estocada evitando, en la medida de lo posible lo que puede ser visto o considerado como una agonía desagradable.
Ahora bien don José, su discurso está basado en una explosiva crítica sin tomar en cuenta la real dimensión de lo que somos como mexicanos, como pueblo al que agrada y acepta este espectáculo, de lo cual ya hemos hablado y discutido bastante desde hace un buen rato.

JLPyR. Correcto, pero dígame para todo esto se necesita haber perdido hasta la más remota noción de humanidad para dar cabida en el pecho a tales y tan feroces sentimientos. Y es un hecho que el placer de los toros conduce a mirar con indiferencia los dolores y la muerte del prójimo y a guardar para solos los caballos todas las ternuras del alma, queda con eso mismo comprobado que la diversión de que se trata, deforma, endurece y corrompe el corazón, rompe los vínculos de solidaridad que la naturaleza ha criado entre los individuos de la misma especie, y es, por lo mismo, altamente antisocial y funesta para el conjunto. Por lo tanto, no puede ya pretenderse que el espectáculo sea hermoso, porque debajo de la capa brillante con que se envuelve y disfraza en el prólogo, oculta en su acción y desarrollo, escenas espantosas, antiestéticas, contra las cuales se elevan las protestas clamorosas del corazón, de la razón, y hasta del simple buen gusto.
JFCU. No es nada nueva su propuesta respetable señor, pues Gaspar Melchor de Jovellanos, José de Arroyal y otros escribieron cosas tan parecidas a las suyas. Aquí tenemos que reconocer las luces de la razón, ese pensamiento de avanzada con el cual enfrentaron una sociedad amalgamada en las más diversas fuerzas de tradición a veces con un arraigo tan cercano al anacronismo que para esas sociedades es vigente, pero para ustedes no.

JLPyR. Los españoles, según Sánchez de Neira,[1] son los únicos hombres capaces de irritar, burlar y vencer al toro, y no ha habido hasta ahora otro pueblo que haya podido imitarlos. Démoslo por sentado; ese antecedente, no reza con nosotros, pues no somos españoles ni tenemos habilidad para el toreo. Y aun tomándolo en cuanta desde el punto de vista español, de él nada se deduce.
JFCU. La ventaja de los diestros mexicanos es que han universalizado el toreo ya que, luego de asimilar la experiencia española en América han hecho posible una fiesta española a la mexicana, proyectando de América a Europa lo que son de este lado del mundo. Las figuras que han conquistado un lugar en la tauromaquia nacional han tenido abierta pugna con los de su generación y así, por ejemplo Rodolfo Gaona, que seguramente ya habrá oído hablar de él, luchará denodadamente con “Joselito” o Belmonte, sosteniendo cabalmente su hegemonía hasta retirarse como los grandes; es decir, en plenitud de facultades y dueño de la situación.
Don José yo entiendo muy bien su postura como antitaurino, pero es preciso decir que la costumbre de lidiar reses bravas la absorbe nuestra nación sin solapar lo que en el pasado significó el carácter colonial con el que se impuso España al conquistar la más importante de las culturas indígenas de Mesoamérica: la azteca. Quizá fue un mal necesario que históricamente quedó asentado, trastocando radicalmente parte esencial de nuestro ser. Pero al quedar superado ese trauma con la independencia, México es una nación vigente en el orden y en el concierto de la vida moderna y del desarrollo. Si la fiesta aun permanece entre nosotros es porque su carácter encarna una realidad afín al ser que nos corresponde y nos pertenece. Y si algo es tan vivo en este momento como el culto a la virgen de Guadalupe, principio tan español y tan católico establecido apenas unos años después de iniciado el proceso de la Nueva España, es porque arraigó profundamente en la sensibilidad del mexicano. Así los toros. Más de cuatro siglos y medio no lo pueden ocultar.

JLPyR. Pues aun así no me convence. Nuestros padres los españoles, se dice, han sido afectos a los toros desde la antigüedad más remota, y han hecho de ellos su diversión nacional. Nosotros, que somos sus hijos, hemos heredado, como es natural, esa misma inclinación. Debemos, pues, conservarla como marca de familia y distintivo de raza. Si es buena o mala, es inútil discutirlo; lo único que podemos hacer es verla como un hecho legítimo, dimanante de la generación; y por amor a nuestros padres y respeto a la tradición, debemos conservarla, pues hacer otra cosa, sería traicionar nuestro origen y nuestra historia.

JFCU. De hecho no estamos tratando de ningún patriarcado sino de una costumbre, de una tradición bien habida en nuestro pueblo y que allí está, creciendo, manteniéndose en el gusto de muchos que la aceptan y la aplauden. Hoy en día se extiende por los lugares más inhóspitos e increíbles donde no se pensaba algún día que se efectuaran corridas para celebrar las fiestas de un pueblo, siempre vinculadas al santo patrono del lugar, o las de una feria donde el comercio hace acto de presencia (le recordaré la feria de Xalapa, la de san Juan de los Lagos, la de san Marcos, entre otras).

Me parece que los ánimos de don José se están alterando y, sin dejar de mencionarle otros lugares de fiesta, me aborda de nuevo.

Lic. José López Portillo y Rojas

JLPyR. ¿Por qué hemos de vivir condenados a llevar a cuestas el sambenito de los toros, sólo por ser de origen español? ¿No hemos dado el grito de Dolores? ¿No conquistamos nuestra independencia a costa de once años de lucha? Pues si nos hemos emancipado de la antigua metrópoli en lo político, no hay motivo para que continuemos uncidos a ella, en sus vicios y defectos. Imitemos a los españoles en lo que tienen de bueno: en su patriotismo, en su energía, en su ardiente amor al arte y a la belleza; no en sus defectos, máculas y deficiencias. No parodiemos a los malos poetas, que, no pudiendo igualar a Byron en la inspiración, le imitan en la borrachera.
JFCU. Tampoco es bueno caer en los extremos ni ser tan rígido ni dogmático, ni intolerable a las cosas que ya forman parte de la costumbre y de la vida cotidiana en nuestro país. Que el toreo sea un espectáculo bárbaro o sangriento, no significa que los españoles ni los mexicanos tengan que ser necesariamente seres salvajes. La fiesta brava de siglos atrás ha tenido que compartir lo irracional en sus principios pero, precisamente por ser un entretenimiento en el que va de por medio la superioridad del hombre sobre la fuerza bruta del toro es cuando ha sido necesario recurrir a métodos que probablemente no sean los indicados, pero sí los adecuados en eso de dominarlo. Y si al haber dominio existe también una práctica que tiende a la estética efímera, pues lo totalmente salvaje se contiene al darse un balance de fuerzas, mismas que atraen al público, el cual termina por aceptar o rechazar lo que el torero y los demás actores en escena realizan en el ruedo.

 JLPyR. Puédese afirmar, por lo tanto, que esta simple expresión “me gusta esto o aquello”, cuando no va adminiculada con un razonamiento serio y juicioso que la fundamente, carece de importancia desde el punto de vista de la razón. Así, los aficionados al toreo que no aducen en favor de éste más defensa que su gusto, no le justifican ni legitiman, y aun puede decirse que dan su voto en blanco. Hoc volo, sic jubeo; sil pro ratione voluntas, es una frase lógica en la boca de la mujer frívola y caprichosa de Juvenal; pero no en la de un pensador, un sociólogo y un patriota.
JFCU. Legión de intelectuales han preferido a la fiesta, dedicando al espectáculo buena parte de su producción artística, movidos por la emoción que les produce, en conjunto el embrujo de la fiesta. Al tener la oportunidad de gozar la diversión, de sumergirse en la fiesta -válgase la redundancia-, y de mirarla con ojos de reflexión, la aceptamos como es, dueña de su propia historia, que, sin temor a correr riesgos mayores, puedo afirmar que es paralela a la historia de México misma.
Don José: tanto usted como yo sostenemos nuestros principios e ideas, los defendemos, pero respetamos lo que cada uno afirma. Esto es importante y, como todavía hay tela de donde cortar, que le parece si salimos por ahí, a estirar las piernas, a caminar simplemente para desahogar lo que todavía nos queda en el tintero.
¿Le parece?

JLPyR. Pues vamos jovencito. Pero le aseguro que no me convence ninguno de sus argumentos. Vamos.
Y en pleno recorrido por esas maravillosas calles de la añeja ciudad de México, le pregunto: ¿A qué llama usted “la apoteosis de la brutalidad?
JLPyR. Degollar al buey o al cordero, coger en el anzuelo al pez y cazar aves delicadas y de plumaje espléndido, es doloroso y hasta cierto punto humillante para nuestras aspiraciones idealistas; pero consuela al menos considerar que todo ello lo hacemos por necesidad imperiosa, y no por el único y perverso placer de causar daño. Pero las lidias de toros no tienen ese carácter, pues no lleven por objeto saciar exigencias de la vida, de la ciencia o de la industria, sino simplemente el de gozar con el espectáculo de los sufrimientos y de la muerte.JFCU. Usted menciona toda clase de atentados a seres de la naturaleza y donde el hombre participa para proveerse de alimentos con el fin de “saciar exigencias de la vida, de la ciencia o de la industria” como ha ocurrido desde los tiempos más primitivos hasta nuestros días. Tal necesidad a veces ha sido rebasada por actos abusivos que agreden a buen número de especies, muchas en vías de extinción.
De eso, ¿ha reflexionado usted todo el panorama que se vivía en su época, y hoy lo percibimos alarmados?
En cambio, el sufrimiento y la muerte no son privativos en el toro de lidia. Que esto se maneje a través de un espectáculo público le da otro cariz, es cierto. Pero es un fenómeno de gran arraigo, tan añejo que ha transitado varios siglos, adquiriendo carácter primero de diversión, sin más. Funcional después. Por eso es que de dos siglos y medio para acá el carácter profesional ha penetrado de tal forma que su solidez ha permitido un amplio espectro comercial favorable a infinidad de empresas y particulares.

Y embiste encolerizado don José diciendo:

JLPyR.: El objeto final del espectáculo es el de gozar con el martirio y la muerte de los toros (y me digo que sus palabras ya están llegando a terrenos harto peligrosos como para pensar que siga sosteniéndose la plática), el martirio y la muerte de los caballos y, cuando menos, el peligro mortal de los toreros. He aquí por qué es desmoralizadora la fiesta, porque falsea y desnaturaliza los sentimientos y degrada y pervierte a los hombres.
Además, es en las plazas de toros donde ocurre el doloroso paréntesis de la civilización porque la crueldad es el sentimiento dominante en ellas y hay quien goza gritando e insultando; rabian por ver peligro, sangre y muerte. Aquello no es una diversión; es un manicomio sublevado, un banquete de caníbales, un infiero iracundo y clamoroso.JFCU. Licenciado: su postura es en extremo radical y creo será muy difícil que acepte la realidad tal cual es. La forma en que las corridas de toros se han establecido definitivamente en varios países americanos y también en Francia y Portugal demuestra lo penetrante de su colorido en el gusto de estos pueblos, mismos que en su formación se ha hecho patente la presencia de este divertimento entremezclado con pasajes propios de la guerra.

JLPyR. ¿Y qué tienen que ver las guerras en todo esto?
JFCU. Le menciono el caso de dos de ellas: España y México. Pero antes, se ha preguntado: ¿Desde cuándo el toreo de a pie se presentó como parte de una inquietud entre los hombres por dominar a una fiera y lograr con ella momentos de lucimiento técnico y estético?
Las evidencias están plasmadas desde el contacto de estas dos fuerzas, que podemos admirar gracias al lienzo de cuevas que dieron cabida a la expresión del hombre primitivo.
Trasladémonos al periodo que comprende los años 711 a 1492, en plena confrontación de moros y cristianos. Tal situación se da, entre otras cosas, gracias al apoyo del caballo. Con y sobre el caballo inició la demostración de alancear toros, desde un punto de vista de entrenamiento que sirviera asimismo para atravesar, más tarde y durante las batallas, lo mismo godos que árabes.
Hasta aquí una visión de conjunto. Ahora ubiquémonos en México. La conquista como anejo extemporáneo de la guerra de ocho siglos también se apoya, en gran medida, en el caballo. El torneo y fiesta caballeresca fueron privativos de conquistadores primero; de señores de rancio abolengo después. Personajes de otra escala social, españoles-americanos, mestizos, criollos o indios, se puede decir que estaban restringidos a participar en los orígenes de la fiesta española en América. Pero supongo que ellos también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones deben haber estado secundadas por la rebeldía. El papel protagónico de estos personajes, como instancia de búsqueda y de participación que diera con la integración del mismo al espectáculo en su dimensión profesional, va a ocurrir durante el siglo XVIII.

En México, la conquista y luego la colonización cumplieron un papel que permeó entre los conquistados y colonizados, al grado de mezclarse dos formas que ostentando un culto religioso opuesto, hubo entre ambas un punto común: el sacrificio acompañado de la consecuencia última en dicho acto: la sangre y la muerte. Por supuesto más válido para los grupos indígenas, aunque llevado al extremo por la espada y la cruz -ambos iconos en una sola pieza- del español.
En todo caso, don José, usted hace un severo juicio sociológico que emana del espectáculo.

JLPyR. Así es, en efecto. Las plazas de toros forman un doloroso paréntesis a la civilización. La crueldad es el sentimiento dominante en ellas; su atmósfera despierta los instintos feroces dormidos en el fondo de nuestra naturaleza. Los dilettanti del toreo gritan, insultan; rabian por ver peligro, sangre y muerte; y la rudeza, la ordinariez y la grosería de las más bajas heces sociales, salen a flote en aquel lugar y se imponen a todo el concurso. Los caballeros más pulcros y cumplidos, cuyo trato suave y cortés forma el encanto de los salones, aparecen allí transformados y degradados; echado atrás el sombrero, revuelta la cabellera, apoplético el rostro, febriles los ojos, manoteando con furia, gesticulando, apostrofando a los lidiadores para que vuelen al peligro y a la muerte; y silbándolos, insultándolos y escarneciéndolos cuando son indóciles a sus indicaciones y exigencias salvajes. Aquello no es una diversión; es un manicomio sublevado, un banquete de caníbales, un infierno iracundo y clamoroso.
Que la corrida no satisfaga por cualquier motivo los deseos o el capricho del público (bien porque sean malos los toros o porque el juez del espectáculo carezca de conocimientos) ya tenemos a la muchedumbre furiosa e indignada, arrojando al redondel botellas, sombreros, palos, cojines y sillas, arrancando las puertas de los palcos y lanzándolas al redondel, gradería abajo, sin consideración a la gente que puebla los tendidos, y a salga lo que salga. El populacho furioso se apodera de aquellos despojos, los amontona en medio del redondel y les prende fuego, ávido de desahogar la infernal sugestión producida por el torero, y de saciar sus instintos de destrucción, con las rojas llamas que se elevan de la pira y con el humo negro y sofocante que todo lo envuelve. Flota en la atmósfera un viento de barbarie primitiva, digno de los tiempos del mastodonte y del oso de las cavernas. Los rostros palidecen y se contraen como en el manicomio y en las encrucijadas, como bajo el soplo de la locura o del crimen. Hay deseo general, potente, invencible, de insultar, dañar, destruir y, sobre todo, de reñir y de matar.
JFCU. Y ahora voy con lo histórico, faltaba más.
Con la diversión de los toros, España, que vive intensamente el espectáculo sostenido por los estamentos, va a encontrar que estos no tienen ya mayor posibilidad de seguir en escena, pues “el agotamiento que acusa el toreo barroco se vio, desde los primeros años del siglo XVIII, acentuado por el desdén con que Felipe V, el primer rey español de la dinastía francesa de los Borbones trató a la fiesta de toros”.[2]
De tal suerte que lo mencionado aquí, no fue en deterioro de dicho quehacer; más bien provocó otra consecuencia no contemplada: el retorno del tumulto, esto es, cuando el pueblo se apodera de las condiciones del terreno para experimentar en él y trascender así el ejercicio del dominio. Sin embargo “José Alameda” (Carlos Fernández Valdemoro) dice que el carácter que Felipe V tiene de enemigo con la fiesta es refutable. Refutable en la medida en que
La decadencia inevitable de la caballería y el cambio social con que la clase burguesa va desplazando a la aristocrática bajarán pronto al toreo del caballo.[3]
Sobre esta transformación, Néstor Luján ofrece factores testimoniales de acentuado interés al tema. Señala ”como una de las causas principales el cambio de manera de montar: pues se pasó de la ágil “a la jineta” a la lenta brida, con lo cual era difícil quebrar rejones. Con este sistema, es lógico que, refrenados los caballos se usase la vara de detener, que es la de los picadores. Sea como fuere, el caso es que las fiestas de toros a caballo empezaron a desaparecer. Con la gran fiesta de 1725 (del 30 de julio de 1725), afirma Moratín que se “acabó la raza de los caballeros”. Y entonces, como paralelamente a esta desgana de los próceres por lo español, se desarrollaba un movimiento popular totalmente contrario, empiezan a tener éxito las corridas de a pie.[4]
Por su parte Alameda aduce que a Felipe de Anjou “se le achaca el haber puesto fin a las fiestas del toreo a la jineta por despreciables, contribuyendo a su inmediata liquidación. Indudablemente esto último es cierto. Pero ahí se detienen sus críticos, a quienes se les olvida o desdeñan el resto de la cuestión, su contrapartida”.[5]
Justifica este autor una serie de razones como el amanecer ilustrado que  fue dándose en el curso de esa centuria, la más revolucionaria en el sentido de la avanzada racional. Pero estamos en el tramo comprendido entre 1725 y 1730. Ha pasado ya un cuarto de siglo luego de la toma del poder monárquico en España por parte del quinto Felipe.
La caballería se halla en quiebra. El toreo a la jineta es un muerto en pie, que sólo necesita un empujón para derrumbarse. Pero el toro, raíz de la Fiesta, sigue ahí plantado en el plexo solar de España. Y frente a él está el pueblo. Pueblo y toro van a hacer la fiesta nueva. No el monarca (…).[6]
Y ese pueblo comienza por estructurar el nuevo modo de torear matando los toros de un modo rudimentario, con arpones y estoques de hoja ancha, y torean al animal con capas y manteos o con sombreros de enormes alas, que promovieron, al ser prohibidos, el grotesco y sangriento motín de Esquilache.
Benjamín Flores Hernández acierta en plantear que “El arte taurómaco se revolucionó: la relación se había invertido y ya no eran los de a pie los que servían a los jinetes sino estos a aquellos.”[7]
Todavía llegó a más el monarca francés: apoyó por decreto de 18 de junio de 1734 al torero Juan Miguel Rodríguez con pensión vitalicia de cien ducados. Apoyó asimismo la construcción de una plaza de madera para el toreo de a pie, cerca de la Puerta de Alcalá, que se inauguró el 22 de julio de 1743.
Y todo ello ¿con qué propósito? “(…) halagar al pueblo y mostrarle que está con él. No es permisible que Felipe realizara aquellos actos por lo que llamamos afición a los toros, por taurinismo, sino para ganarse su simpatía y su apoyo. Ello parece obvio”.[8]
Antes de entrar en materia puramente política, para establecer el panorama que vive España durante el XVIII, conoceremos una visión general del papel que Felipe V, Fernando VI y Carlos III juegan a favor o en contra del toreo. Luego con un planteamiento de Jovellanos  veremos como su fuerza influye en los valores populares.
Anota Fernando Claramount que a partir de mediados del siglo XVIII ocurre “el triunfo de la corriente popular que partiendo del vacío de la época de los últimos Austrias, crea el marchamo de la España costumbrista: los toros en primer lugar y, en torno, el flamenquismo, la gitanería y el majismo”.[9]
Abundando: “gitanería”, “majismo”, “taurinismo”, “flamenquismo” son desde el siglo que nos congrega terribles lacras de la sociedad española para ciertos críticos.
Para otras mentalidades son expresión genuina de vitalidad, de garbo y personalidad propia, con valores culturales específicos de muy honda raigambre.[10]

JLPyR. Entre nosotros, es fácil aún poner punto a ese bárbaro pasatiempo, porque el pueblo mexicano se adapta sin resistencia a cuantas disposiciones suele dictar a este propósito la autoridad pública. Así lo demuestra la circunstancia de que en varios Estados (Veracruz, Oaxaca, Jalisco y Yucatán según nuestros informes) de la Unión están prohibidas las corridas de toros, y de que aun en el mismo Distrito Federal lo hayan estado por varios años (diez y nueve años: de 1867 en que los abolió el Benemérito Juárez, hasta 1886), sin que nadie murmure, ni haya habido el más leve peligro de perturbación del orden y de la tranquilidad por ese motivo. Bastaría, por lo mismo, que nuestras clases directoras se propusiesen llevar a cabo tan saludable reforma, para que fuese admitida en el Distrito y en todas la entidades federadas, sin serias ni peligrosas resistencias; en tanto que sería doloroso que, dejándose pasar más largo tiempo, fuese el mal tomando creces, hasta llegar a convertirse en gigante.

 
Este es uno de los últimos gabinetes que encabezó el Gral. Porfirio Díaz, al comenzar el siglo XX.  

JFCU. Permítame aclararle mi posición al respecto de esta prohibición. Dediqué 10 años a un trabajo que comprende tal análisis y con la siguiente conclusión de dicho trabajo, expreso a usted mis puntos de vista:
De la revisión amplia y generalizada al motivo de la prohibición y bajo el planteamiento de doce exposiciones,[11] es de considerar -en primera instancia-, la participación directa de todos los elementos ofreciendo el análisis a doce propuestas que se sugieren para explicar causa o causas de la  prohibición en 1867.
Los doce planteamientos: 1.-Caos y anarquía en el espectáculo; 2.-El antitaurinismo de Juárez; 3.-Incidencias probables que arroja el “Manifiesto del gobierno constitucional a la nación” el 7 de julio de 1859; 4.-La prensa: factor influyente del bloqueo a las aspiraciones del espectáculo taurino en 1867; 5.-Influencia de los liberales y ellos acompañados de la tendencia positivista; 6.-Posible presencia de simpatizantes al imperio de Maximiliano, los cuales pudieron haber girado en torno a la órbita taurina; 7.-Un incidente de Bernardo Gaviño en el gobierno de Juárez en 1863; 8.-Con la reafirmación de la segunda independencia, ¿sucede la ruptura?; 9.-La masonería: ¿intervinieron sus ideales en la prohibición?; 10.-Federalismo; 11.-Temor de Juárez a un levantamiento popular recién tomado (o retomado) el destino del gobierno) y, 12.-De que no se expidió el decreto con el fin exclusivo de abolir las corridas, sino para señalar a los ayuntamientos municipales cuales gabelas eran de su pertenencia e incumbencia. Por eso el decreto fue titulado “Ley de dotación de fondos municipales y en él se alude al derecho que tienen los ayuntamientos para imponer contribuciones a los giros de pulques y carnes, para cobrar piso a los coches de los particulares y a los públicos y para cobrar por dar permiso para que hagan diversiones públicas (de las cuales, la de toros resultó ser la más afectada), como asociación de un momento histórico sometido a los rigores de la transición, a la renovación, tratando de superar la crisis nacional y procurando también la modificación de los valores ideológicos propios de una época cuyos contextos significaron arraigo mental significativo que se proyectó en la forma de ser y de pensar; tanto en sus costumbres como en su forma de vivir.
Si la fiesta de toros se consideró contraria a la civilización y el progreso, era de esperarse un combate directo para eliminarla, de ahí todos los argumentos manejados por los hombres de esa época, hombres con ideas liberales, deseosos de un cambio que tardaba en darse o de aparecer en escena, como deslumbramiento y azoro del esfuerzo mayor impuesto a tales ambiciones.
Por eso, la fiesta torera concentraba de una forma especial, los ingredientes del carácter contra el cual se atentaba y pugnaba por su desaparición en consecuencia. De esa forma caos y anarquía, o el antitaurinismo de Juárez (si es que lo hubo), aunque lo fue y lo sigue siendo para muchos, son dos aspectos que animaron el estudio, pero han perdido peso al no encontrar en ellos el soporte necesario para continuar. El sentido de la imposibilidad de realizarse la nación como tal no sin antes eliminar, para permitir tal realidad los aspectos de “hipocresía, inmoralidad y de desorden” que desde 1859 fueron señalados abiertamente en el “Manifiesto del gobierno Constitucional a la nación”, el cual cuestionó -hasta llegar a la propia médula- las costumbres, los hábitos, los privilegios “y -más profundamente- contra el modo de vivir y pensar de la mayoría de los mexicanos de aquella época” según nos lo muestra O’ Gorman.
Que la prensa jugó un papel determinante en este asunto, es indudable. No fue masivo el comportamiento, aunque sí incisivo por parte de quienes no dejaron de insistir en la necesidad de su erradicación, resolviendo la propuesta por una mejor educación que generara factores de cultura importantes. Por eso, “moralizar en vez de corromper” fue la bandera instituida.
Liberales y positivismo también son parte del nuevo panorama y no es que no existieran. Surge una filosofía donde el orden y progreso se postulan como razones existenciales para una nueva época por venir.
De lo que sucedió durante el Imperio de Maximiliano, apenas deja entrever intentos de  prohibición que se resolvieron en los mejores términos sin alterar en consecuencia, un espectáculo al que era afecto el emperador (aunque solo haya asistido -no tengo más datos-, a dos corridas en 1864).
Si lo que apunté sobre Gaviño y Juárez como incómodo encuentro allá por 1863 y luego manera de arreglo o desarreglo en la corrida del 3 de noviembre de 1867, en que vuelven a verse las caras, resulta un modo de afectación al bloqueo, es o sería insignificante pensarlo como tal, pues esto se supone entonces en un arreglo de cuentas personales y nada más que eso.
En alguna medida la reafirmación de la segunda independencia abrió caminos para el logro de objetivos muy claros. Disipó -por algún tiempo- rencillas de todo tipo y solo se puso como constante recuperadora de lo que una primera independencia no había podido lograr. Razón emergente seguía siendo la de separarse o divorciarse de las “costumbres y los hábitos heredados de la época colonial” horizonte todo este que marca el arraigo mental tan pronunciado entre aquellos que, emancipados de una manera solamente formal, no habían conseguido las formas de independencia legal, social y hasta económica. De ahí la vicisitud que afectó una razón de ser tan indefinida de mexicanos quienes se dedicaron a la provocación, al desorden y a la lucha por el poder; todo esto en conjunto, permitió en consecuencia el avance de “las costumbres y los hábitos heredados de la época colonial” alterado si se quiere de forma, pero no de fondo, puesto que se estaba ya en épocas distintas. Gran parte de esa lucha ideológica y por el poder la mantuvieron los masones, personajes de gran inteligencia y astucia quienes lucharon abiertamente contra la ignorancia, el fanatismo y el dogmatismo fenómenos los tres, que dominaban el ambiente mexicano en el cual sus valores culturales escaseaban por lo cual el riesgo de infección por falta de preparación era mayor.
Hemos visto que el federalismo favorece la fiesta por la conformación de estados libres y autónomos agrupados entre sí. Por tanto, esa autonomía si bien, consiguió que la afectación ocurriera en el Distrito Federal, no sucedió así en el resto del país, en el cual las corridas de toros continuaron desarrollándose normalmente, tanto en pueblos como en ciudades.
El temor de Juárez a un levantamiento popular producido por todos aquellos que fueron licenciados luego de la lucha por la causa liberal puede ser en buena medida, fuente o brote de sospechas a nuestro estudio. Se esperaba que aquellos no-bandidos regresaran a su  anterior forma de vida. Solo que ocurrió lo contrario. El bandidaje resultó ser la respuesta a aquella condición que incluso acarreó el malestar de 60 mil hombres alineados a la causa, de la cual no obtuvieron ningún reconocimiento; mucho menos un ofrecimiento de mejora en sus vidas. Esto, en su conjunto significaba un riesgo, pero la plaza de toros seguía siendo el centro de reunión colectiva donde la gente gozaba de todo cuanto en ella sucediera.
Sin embargo, llegamos a lo que sentimos como el alma de todo este asunto, esto es, lo relacionado al cobro de impuestos, pues era preciso que el (o los) ayuntamiento(s) supiera(n) cuales “gabelas” eran de su pertenencia o incumbencia y sabemos que GABELA tiene un significado de tributo, contribución o impuesto. Como se puede comprender, gabela es, ante todo, una exacción (o impuesto en resumidas cuentas) que los antiguos señores feudales imponían a sus vasallos, arbitrariamente y sólo con el objeto de emplearlos en comodidad propia. Esto lleva a pensar en una aplicación de sentido feudal por su género, de suyo arbitrario. Pero sobre todo es la forma en que la ley de Dotación de Fondos Municipales logró un control de los impuestos, control que requería una renovación o un ajuste ante los abusos cometidos. Ahora bien, la Constitución de Cádiz al referirse al papel de los municipios es clara y abierta, por lo que se adelanta en mucho a las condiciones de beneficio común que estos deben ofrecer, lejos ya de toda evidencia del pasado. Por lo que respecta a las medidas, estas se basan en disposiciones que se remontaban al año 1854; la ley de 1862, primer aviso de suspensión no cumplida, aunque aplicada la duplicación del impuesto fijado a las corridas de toros en abril de 1865 y luego, la puesta en vigor del art. 87 de la ley de dotación, el cual no otorga ipso facto la concesión de licencias para el desarrollo del espectáculo, esto como una medida que atentaba los intereses de la empresa, comandada por Manuel Gaviño, quien seguramente no llevaba bien el estado administrativo-económico de la plaza, lo cual tampoco satisfacía las peticiones del ayuntamiento por hacer la repartición equitativa y porcentual de los impuestos que debían ingresar al ayuntamiento, soporte de los fondos municipales, utilizados en las mejoras de la condición urbana, desagüe, alumbrado y otros servicios públicos.
De esa forma, podemos concluir que el motivo que llevó a no conceder las licencias para el desarrollo del espectáculo fue, única y exclusivamente administrativo, lo cual nos hace entender que si bien son implícitos los conceptos que promueven la prohibición -entendida como tal, aunque el art. 87 de la ley de Dotación de Fondos Municipales de 1867 en ningún momento indicaba se procediera con dicha aplicación-, es  más  directo  el factor  relacionado con los impuestos. Lo curioso es que en esos justos momentos se concentraban las ideas, formulaciones y demás aspectos que decidí analizar, por lo que resulta aún más atractivo el conglomerado de propuestas.
CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX, parecía al principio un tema ligero que, sometido al rigor y a la razón histórica pudo haber quedado reducido a su mínima expresión. Conforme pasaba el tiempo adquiría importancia hasta el grado de convertirse en tema formal para proponerlo como tesis. Se ha dicho ya, que historiar las diversiones públicas no es común y ahora amplío la exposición apuntando que es el toreo un campo cada vez más identificado y reconocido por historiadores e investigadores quienes se acercan a analizar los comportamientos sociales que ya no están inmersos solamente en esas actitudes masivas propias de la guerra, o la política; la religión y también las economías. El pueblo se relajaba en diversiones públicas y, la de toros en México se ha convertido en amplio espectro de posibilidades. Por eso propuse como trabajo “curioso” este que ahora remato y del cual referiré mis conclusiones.
No viene al caso hacer cita de lo relevante examinado aquí. En todo caso, dedicaré una visión general a todo aquello que se involucra con la que ahora resulta una sucesión de historias. Esto es, la manera de relacionar acontecimientos que, a primera vista no tienen una implicación o mejor dicho, afectación en otros venideros y así, sucesivamente. Es obvio verlo así, pero al cabo de lo recorrido me doy cuenta que las circunstancias propias del siglo XVIII, siglo que con sus hombres se ubicó en altas razones del pensamiento logró emanciparse de viejos o anacrónicos sistemas del raciocinio para poner en práctica aquello que casaba con ideas más elevadas, con orientación hacia el progreso y una forma de mentalidad más abiertas, son trascendentes para exigir observación precisa de su tránsito. España recibe tardíamente esto, aunque a buena hora sus ilustrados iniciaron campaña reñida con aspectos propios de una sociedad inmersa en el más puro estancamiento. La élite se afrancesaba dramáticamente y ello daba visos de transformación radical, pues el pueblo (dramática forma de distinguir los niveles genéricos de una sociedad en cuanto tal) se dejaba llevar por el relajamiento asumiendo gallardamente sus formas toscas de expresión, en cuanto razón de ser. Ya lo hemos visto con el aspecto en el que, dejando los nobles caballeros de ostentar el papel protagónico en las fiestas, es el pueblo llano quien asume esa nueva responsabilidad, aplicando, en un principio, normas bastante primitivas con las cuales trataba de darle vida a la expresión de lo que concebían como toreo. La presencia Borbónica en gran medida propició dicho comportamiento al tratarse de una casa reinante de origen francés (aunque los Austria tampoco lo fueron en un principio). Lógico, tuvo que transcurrir un tiempo considerable para percibir el nuevo ambiente, por lo que ya para el arranque del segundo tercio del XVIII, las fiestas caballerescas se encuentran amenazadas de desaparecer porque los burgueses ligados a la corona ya no aceptan cabalmente un espectáculo que pronto se verá en manos del pueblo, quien lo hizo suyo en medio de formas muy primitivas y arcaicas de expresarlo.
Todo ello fue adquiriendo visos de lo profesional y también de lo funcional por lo que las corridas de toros se sometieron a un esquema más preciso, alcanzado a fines de aquel siglo y logró constituirse como una diversión de la cual podían obtenerse fondos utilitarios para beneficencia de hospitales y obras públicas. Como un efecto de réplica, en medio de sus particularidades ampliamente referidas, lo anterior ocurre en América y muy en especial, en la Nueva España, lugar que también se sometió a severos cuestionamientos sobre su desarrollo y utilidad.
El tiempo continuaba y se presentó luego la etapa transitoria de independencia como germen definitivo que permitiría la formación de esa nación presentida, pero no constituida sino reiterada más de medio siglo después cuando en su contenido fueron a darse conmociones y encontradas respuestas que solo frenaron o bloquearon el buen curso de una normalidad casi inexistente. Entre todo esto, el toreo -herencia española ya- seguía seduciendo por lo que arraigó; aunque sometido a un deslinde entre lo español y lo producido por los mexicanos. Todo aquello propiciaba en gran medida revitalización del espectáculo dándole a este el concepto de algo ya muy nacional (y que conste: la de toros es en España la “fiesta nacional”) por lo que se engendró un sin fin de aderezos, sin faltar quehaceres campiranos. Sin embargo no quedó soslayado el toreo español, mismo que fue abanderado tras pocos años de contar sin tutela por Bernardo Gaviño, diestro gaditano que por cincuenta años representó la única vertiente del toreo español, asimilada de enseñanzas proyectadas por Pedro Romero, Juan León “Leoncillo” y recibida por Francisco Arjona “Cúchares”, Francisco Montes “Paquiro”, alumnos distinguidos de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Cerca, muy cerca de ambos, está Gaviño quien para 1835 se encuentra ya en nuestro país. Todo eso se empantanó en el dominio del gaditano quien, a su vez, prohibió que se colocaran paisanos suyos, diestros que hacían campaña en América.
Caería en el riesgo de citar aquí lo tanto ya analizado sobre todo en el capítulo III. Lo que sí es un hecho, es para mí esa forma de enlace entre esos vasos comunicantes, interrelacionados en forma tan intensa que promovieron en mayor o menor medida el efecto de la prohibición. Uno, sin duda asume el peso de responsabilidad y es el administrativo pues se ha visto que tras darse a conocer las disposiciones que para octubre de 1867 se expusieron como lógica posición a evitar el descontrol que sobre impuestos y su actualización, no tenía por entonces el ramo correspondiente; la respuesta, fue que se puso en vigor la Ley de Dotación de Fondos Municipales. Su artículo 87 significó el oprobio o el desacuerdo habido entre empresa y autoridades hacendarias, porque su orientación se da sin conceder licencias para llevar a cabo corridas de toros en el Distrito Federal. De ese modo, la fiesta pasó a formar parte de la vida provinciana durante el tiempo en que no se permitieron en la capital del país los espectáculos taurinos. Fueron casi 20 años. Lo que puede llamarse una continuidad pero no una evolución es todo acontecer de la fiesta de 1867 a 1886. Surgieron figuras popularísimas (Ponciano Díaz es el modelo principal), se gestaron feudos -cerrados unos-, dispuestos los otros a un intercambio y comunicación, y también fueron llegando los primeros matadores españoles, de no mucha importancia, como la que sí tendrían a quienes les prepararon el terreno. José Machío llegó en 1885 y tuvo que soportar desprecios, indiferencia, amen de ser visto como un espécimen raro, sobre todo en la plaza de El Huisachal.
Sucedió a fines de 1886 en que la derogación fue lograda, no sin someterse a dificultades. Largos debates, muy cerrados y peleados también condujeron al alumbramiento en México de la nueva época del toreo moderno de a pie, a la usanza española. Ello ocurrió a partir del 20 de febrero de 1887 con la presencia trascendente de toreros como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos, como cuatro columnas vertebrales sólidas, vitales para el nuevo amanecer taurómaco que se enfrentaba al potente género de lo mexicano, abanderado por Ponciano Díaz, Pedro Nolasco Acosta, Ignacio Gadea, Gerardo Santa Cruz Polanco y algunos otros quienes poco a poco se fueron diluyendo, porque el toreo español ganaba adictos, adeptos y sobre todo terreno.
La prensa hizo su parte, se sublevó, encabezada por la “falange de románticos” y logró abiertamente el cúmulo de enseñanzas entendidas tras largas horas de lectura y deliberación en tratados de tauromaquia (lo teórico) y lo evolucionado que se mostraba el toreo en la plaza (lo práctico).
Y Ponciano Díaz que no aceptó pero que tampoco rechazó aquello no propio de su género, va a convertirse en el último reducto de esa expresión netamente mexicana, pues el “mitad charro y mitad torero” se gana gran popularidad e idolatría -como pocos la han tenido-, pero al suceder su viaje a España donde obtiene la alternativa en 1889, en esa ausencia, la prensa aprovechó y corrigió a fanáticos poncianistas, quienes reaccionaron pronto a aquel correctivo. A su regreso, a fines de ese mismo año, si bien se le recibe como a un héroe, pronto esa “reacción” en los públicos será muy clara y le darán las espaldas. En la prohibición de 1890-1894 Ponciano no tiene más remedio que refugiarse en la provincia en búsqueda del tiempo perdido, de la exaltación y el tributo que todavía alcanzará a conseguir.
Para 1895 vuelve sin fuerza a México. En 1897 y 1898 actuará en festejos deslucidos y cada vez más atacados por la prensa. Muere hecho casi un “don nadie” en 1899.
Reinaba ya ese toreo moderno y un ambiente españolizado en México. El siglo XX recibe y da grandes experiencias así como muestras potenciales inmensas de toreros españoles quienes van forjando la expresión que cada vez es más del gusto de aficionados entendidos como tal. Y ante ellos, surgen figuras nuestras que ya podían enfrentarse y ponerse a alturas tan elevadas como las de Fuentes, “Machaquito” o Vicente Pastor, por ejemplo. Me refiero a Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, Vicente Segura, pero sobre todo Rodolfo Gaona, figura que va a alcanzar calificativos de torero de órdenes universales, porque les regresa la conquista a los españoles en sus propias tierras (o mejor dicho en sus propios ruedos) para lograr junto con José Gómez Ortega “Joselito” y Juan Belmonte la puesta en escena -grandiosa por cierto- de la “época de oro del toreo”.
Sin otro propósito que conseguir una historia -que a ratos intenté hacerla como la quiere O ‘Gorman-. Erudita a veces, rigurosa y desalmada por momentos también, me dispongo a la suerte suprema, de lo cual solo nace mi incertidumbre de si saldré en hombros y por la puerta grande, o bajo una lluvia de cojines y denuestos.
La lección con que terminamos estos apuntes, proviene del recordado Dr. Edmundo O´Gorman: Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de  atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable.

JLPyR. Su largo discurso, sí que me causa una reflexión que no esperaba de usted. Pero los espectáculos taurinos resultan, además de lo dicho por mí, ruinosos para la clase proletaria, porque, como cosa exquisita y etérea, son de precio muy alto. El de la entrada ínfima a las plazas, es con mucho superior al de las óperas más selectas, pues mientras el boleto de galería alta en los teatros no suele valer más de cincuenta centavos, no baja de dos duros el más barato de los que permiten el goce de las corridas.
JFCU. Su argumento puede que tenga un peso en esta discusión. Incluso, hubo algunas crónicas (como la de La Familia”),[12] donde aparece un delicioso texto de Federico de la Vega, quien recrea en EL EMBOLADO una situación al borde del fanatismo por parte de un aficionado, Juan de nombre, carpintero de oficio, el que tenía por los toros singular inclinación. Tanta era, que lo poco ganado con el sudor de su frente lo discutía con Chucha, su esposa a la hora de repartirlo en el gasto, por cierto miserable, mismo que daba “a cuenta gotas” para la manutención de los niños, quienes debían andar más tiempo en la calle, nada más que para distraer el hambre.

Reconozco, hasta en nuestros días, los precios de las entradas son verdaderamente elevados, y aún con ese inconveniente la afición va a las plazas. Claro, el tipo de espectáculos que presentan las empresas en nada compensa lo que cobran. Parece que a tan elevado costo se incluyera otro tipo de atractivos que por sí solos pagarían el precio de los boletos.

JLPyR. Así, al periodo de exaltación, revuelta y delirio de nuestra sociedad, ha seguido el de reflexión, serenidad y sensatez, que es el que vamos alcanzando; y hecha tabla rasa con los antiguos sistemas, ponemos ya la mano a construcciones altas, simétricas y bien cimentadas. La revolución con sus estragos, echó por tierra las paredes vetustas del régimen antiguo, y llenó con sus escombros el negro abismo de nuestros viejos problemas; y sobre su suelo reciente, duro y firme, van levantando las nuevas generaciones el monumento de la patria moderna.

JFCU. Tenemos que empezar a reconocer que su época y la mía son distintas. Sus apreciaciones con respecto a ésta también manifiestan diferente perspectiva, pero sobre todo que usted efectúa todo este análisis, como fruto de su “antitaurinismo”. Y si lo declaró en el texto que tuvo a bien presentarle a don Porfirio, creo que al “héroe de Tuxtepec”, con tantas asistencias a las plazas de toros, tantos toros que se le brindaron, lo único que podría causarle su lectura es muhina. En todo caso a quienes pudo haber hecho entrar en razonamientos más extremosos es al grupo de “científicos” que le rodearon. Pero como ve, don José, lo único que probablemente pudo haber entrecortado el curso del espectáculo es la Revolución y ese decreto que impuso el Gral. Venustiano Carranza entre 1916 y 1920. No más.

JLPyR. Resto vergonzoso de la antigua barbarie, es un anacronismo en el siglo XX; y no se explica cómo ese monstruo sangriento y feo, puede alentar en época como la nuestra, tan poco a propósito para su supervivencia. No solamente el deber moral y el instinto del progreso aconsejan borrar esa mancha de los pueblos de habla española; sino también y de consuno lo reclaman la conveniencia y la dignidad de esos mismos pueblos, a quienes el porvenir parece reservar brillantes destinos.
JFCU. Desde luego estoy de acuerdo en que es “un resto vergonzoso”, anacrónico y sin cabida exacta en el siglo XX que ya termina. No es posible explicarnos como, en medio de la modernidad, del confort en que nos acomodamos, siga siendo del gusto popular y general también esa fiesta sangrienta. Que lo fue más en su época, donde entre otros, fueron víctimas multitudinarias decenas y decenas de caballos que morían de cornadas arteras, y que los aficionados de su tiempo soportaban, como resultado del desarrollo que alcanzó el desagradable “espectáculo” que entonces se daba. Dentro de su atraso, pudo evolucionar, puesto que todos, quienes han participado en la evolución del mismo, han pretendido mejorarla, modernizarla, en una palabra. Así, desde que el pueblo llano se apoderó del control del mismo, no tuvo otro remedio que irlo depurando, matizándolo de distintas tauromaquias, como procesos correctivos que no han tenido otro propósito que el de conducir el destino del “arte de torear” hasta esa frontera, como punto inalcanzable, como meta y destino adecuados al tiempo y espacio que van encontrando. Y si esos encuentros se dan precisamente al sucederse las generaciones que imprimen un sello acorde a la época que se vive, entonces encontramos en todo esto única y exclusivamente evolución, sin más.

JLPyR. Sacudamos este último resto de la tutela colonial, y seamos ahora, como lo hemos sido siempre, un pueblo digno de su independencia y de su suerte.

JFCU. Y la alcanzamos, don José, alcanzamos la independencia que usted cuestiona. Evidentemente no ha sido fácil desprenderse de una herencia que entrañó en el modo de ser y de pensar de nosotros, los mexicanos, que no podemos ocultar esa presencia profunda y oscura que nos persigue, sobre todo en asuntos que tienen que ver, por ejemplo con la burocracia, esa marca de fuego que quedó señalada desde los tiempos de Felipe II, cuando este mal social alcanzó uno de sus niveles de obstrucción más elevados. Y no se diga con el aspecto católico. La independencia no pudo erradicarlo. ¿Por qué Hidalgo tuvo que empuñar un pendón que llevaba la imagen de la virgen de Guadalupe? No es mera casualidad. La presencia religiosa, influyente en el carácter de los mexicanos se ha cultivado con tal fuerza, que inmediatamente después de la conquista, la creación o no del mito guadalupano arraigó tremendamente en los novohispanos primero; en los mexicanos después. Incluso, llega hasta nuestros días fortalecida y reactivada cada 12 de diciembre, que para convencerse tiene usted que darse una vuelta por la Villa de Guadalupe y todos aquellos sitios donde la veneración por la “morena” es una verdadera fiesta, y no un mero acto donde se cumple con venerar por venerar. No. Y eso es nada más un ejemplo.
Ahora, si tengo que mencionar las secuelas españolas con las que no pudo la independencia y toda esa idea de rechazo que muchos tuvieron hacia lo que se nos impuso por la fuerza, el toreo es otro de esos géneros que perviven, eso sí, en medio de sus naturales inconsistencias, pero allí lo tenemos. Acabándose de celebrar apenas el último domingo que ha pasado. Y no necesariamente un domingo. También los días de fiesta, de feria, de motivo y pretexto, son la ocasión perfecta para acudir a las plazas y congregarse, y divertirse.
Que vive altibajos marcados, eso parece ser el nuevo síntoma, sobre todo en mi época, con sus mismos vicios y sus mismas virtudes que la exaltan o la aquejan, según sea el tipo de personajes que la engrandecen o la convierten momentáneamente en miseria y basura.
Estoy convencido de que burocracia, religión y toros, son tres fenómenos sociales y de culto profundo que a donde quiera que vaya, se los va a seguir encontrando. Con la burocracia, ¡cuidado!. Con la religión hallará verdaderas muestras de culto, en las ciudades cosmopolitas y en los rincones provincianos.
En tanto, la fiesta de los toros también mantiene sus valores como costumbre inveterada, hecha al gusto de cada época.

JLPyR. Es cuestión de patriotismo y de bien parecer extirpar de nuestro suelo esa planta venenosa y parásita: una medida de esa especie, alcanzará incalculable resonancia entre los pueblos cultos y hará más en favor de México, que un número crecido de libros, opúsculos y periódicos laudatorios, nacionales o extranjeros.
JFCU. En nuestros días, he de reconocerle, hemos llegado a pensar que la fiesta no tanto debe ser extirpada. Comprendemos que ha alcanzado los límites de la evolución a la que estuvo condicionada en sus principios como un espectáculo que necesitaba llegar a unos límites de perfección y de calidad que ahora van a la baja, sobre todo si en el medio se encuentran infiltrados unos personajes perversos, que hacen y deshacen a su antojo. Mire, vea usted estos ejemplares de los periódicos y revistas de mi tiempo en donde las hechuras de un “toro” no van con el TORO que deseamos aparezca más frecuentemente en los ruedos. Pero si a los toreros que mandan, o los que condicionan esos “toros” les vienen bien, y si la prensa condicionada aprueba, y si los públicos benevolentes aceptan, pues ya está.

JLPyR. Abrigamos la firme convicción de que al hombre eminente que rige los destinos de México (refiriéndose evidentemente al Gral. Porfirio Díaz), le está reservado el introducir en nuestro país, por su influjo y prestigio, tan necesaria reforma, enriqueciendo con este nuevo laurel, la corona de su grandeza; y de que, cuando la posteridad enumere sus altos hechos, hará especial mención de éste, con grande aplauso y encarecimiento. Pues, bien que el Sr. Gral. Díaz haya puesto por obra tantas cosas admirables así en la paz como en la guerra, la medida de que se trata, por su carácter particular de humanidad y cultura, no pasará inadvertida para sus biógrafos: como no ha olvidado la historia referir que don Alfonso el Sabio, Isabel la Católica y Carlos III fueron enemigos de los toros, a pesar de que el primero hizo las Partidas, la segunda contribuyó al descubrimiento del Nuevo Mundo y el último fue un grande y glorioso reformador de la nación española; y como no olvidar tampoco que el Benemérito de la Patria don Benito Juárez, apenas reinstalado en México después de la caída de Maximiliano, abolió esa sangrienta diversión, que había alcanzado tanto favor en tiempo de los gobiernos militares e imperialistas.
JFCU. El Gral. Díaz tuvo que huir materialmente del país al poco tiempo de que comenzó la Revolución, empezando así otro momento y otra época que marcaron rutas distintas para el devenir de nuestro país. Pero no se convirtió en el enemigo público como lo fueron en su momento algunos monarcas. Y también, como ya vimos hace un rato, Juárez fue per se un declarado antitaurino. Firmó el decreto de la ley de Dotación de Fondos Municipales, y si asistía o no con la frecuencia que marcaron sus antecesores a las plazas de toros, no significa que atentara contra la diversión pública. Aprobó, entre otros, el art. 87 de dicha ley porque se consideró que la empresa que llevaba los destinos en el Paseo Nuevo no estaba cumpliendo cabalmente con el pago de impuestos, lo que significaba una irresponsabilidad que había que controlar.
Y más tarde, como ya se vio, también el Gral. Venustiano Carranza arremetió contra las corridas, pero eso fue apenas un periodo de cuatro años que en nada alteraron a la afición, misma que fue a refugiarse a algunas plazas de provincia, sobre todo, a aquellas muy cercanas a la capital del país.
En el inmediato tránsito de siglos y milenios que está por darse en pocos meses, la fiesta de los toros tiene una dinámica intensa en nuestro país, probablemente mal administrada, porque no han visto el lado empresarial tal y como lo entendería un hombre emprendedor en estos negocios, dispuesto más a ganar que a perder. Pero algunos de los que pretenden hacer “fiesta”, pierden dinero, credibilidad y reputación. José Carlos Arévalo, un periodista muy importante en el medio, ha dicho que el toreo en España no es un negocio. Es una industria perfectamente instalada para dar servicio a cuantos la requieran, porque cuenta con elementos de alta calidad. Mientras tanto, en nuestro país, la sufrida fiesta vive una de sus peores crisis de valores, embestida por esos anti-empresarios que la dañan, y esa prensa tolerante, ese público que dejó de tener afición en tanto se tuvo un crecimiento masivo de las ciudades y estas se modernizaron. En una palabra, llegó el progreso, y qué bueno. Pero ciertas costumbres y tradiciones fueron modificándose al grado que la de toros es una de las más alteradas.
Yo no se si el destino final para el espectáculo de los toros en México haya llegado. Pero es un hecho que si las cosas siguen así, pronto, muy pronto, iremos a su entierro.
Ya no quiero darle más elementos, como para que su obra ¡ABAJO LOS TOROS! se nutra de esos valores con que usted defiende su respetable postura. En estos momentos un grito de ¡ABAJO LOS TOROS! es como convocar a los grupos antitaurinos y ecologistas que hacen ruido, probablemente soterrado, pero que lo hacen. Y si entre otras de sus razones puede encontrarse el derribar –para ellos- ese “muro de Berlín”, es porque están dadas las condiciones para hacerlo. No me extremo en mis comentarios. A veces he sido demasiado optimista, pero encuentro muy dañada la imagen del espectáculo taurino en México. Muchos aficionados hacemos verdaderos esfuerzos por quitar de en medio el cáncer que lo agrede y lo limita a sobrevivir.
Don José López Portillo y Rojas: le confieso que ya no puedo seguir, y no por inconsistente, ni por falta de elementos, sino por un desánimo que me atormenta. La fiesta que he visto durante 30 años vive en estos momentos la más difícil prueba que puede apuntar a dos sitios: el exterminio o su continuidad asegurada. Apuesto por lo segundo. Respeto su opinión, pero ya quedó en el pasado y si se planteó la sola posibilidad de que el Gral. Porfirio Díaz atendiera sus observaciones y críticas, su intento hubiese quedado en el fracaso. Pero hoy, don José, hoy, probablemente su postura tendría eco frente a todo lo que están cometiendo con la fiesta. Ya no tanto por sangrienta, que de suyo es un valor intrínseco. Sino por toda la agresión –que ya hemos visto-, comenten contra ella.
Me despido de usted, esperando volvernos a encontrar en otra ocasión. Por ahora, cada quien aprendió una lección distinta sobre un mismo fenómeno que entraña nuestras personales preocupaciones.

José López Portillo y Rojas: ¡Abajo los toros! México, Imprenta de D. Mariano Viamonte Zuleta, 1906. 48 p.

___________________

[1] José Sánchez de Neira, español de origen, fue un tratadista fundamental que perteneció a una generación que comenzaba a entender la tauromaquia como concepto que había alcanzado niveles de madurez, es decir durante el último tercio del siglo XIX. Sus aportaciones determinan puntos de vista que permiten apreciar al toreo en su condición e interpretación no sólo técnica. También estética. De ahí que las Tauromaquias como tratados específicos lograran su punto más alto de reflexión que luego se reflejó en obras analíticas como las del propio Sánchez de Neira, cuya influencia alcanzó al México taurino, de 1880 en adelante.

 [2] Pedro Romero de Solís, Antonio García-Baquero González, Ignacio Vázquez Parladé: Sevilla y la fiesta de toros. Sevilla, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1980 (Biblioteca de temas sevillanos, 5). 158 p. ils., p. 62.

Una idea de corte totalmente opuesto pero que es interesante considerarla, la ofrece Enrique Gil Calvo en Función de toros. Una interpretación funcionalista de las corridas. Madrid, Espasa-Calpe S.A., 1989. 262 p. Ils. (La Tauromaquia, 18)., p. 144.

1.-La institucionalización de las corridas es consecuencia de un hecho crucial, acaecido durante el siglo XVII, en la articulación de la estructura española de clases.

2.-Ese hecho, trascendental para todo el posterior desarrollo de la España moderna y contemporánea, supone la auténtica diferencia específica de la estructura de clases española, que así la separa y distingue del resto de estructuras de clase europeas. Y consiste en la inversión de la función de liderazgo: las clases antes dirigentes -durante el imperio de los Habsburgo- dimiten de su liderazgo social, cuya función queda así vacía y vacante. Consiguientemente, y en ausencia de élites dirigentes, el casticismo más plebeyista se impone, el liderazgo se invierte y son ahora las élites quienes imitan modos y maneras del vulgo y la plebe.

3.-En consecuencia, a resultas del casticismo de las élites, y vacante la función de liderazgo social por ausencia dimisionaria de quienes debieran desempeñarla, se produce en ensimismamiento y tibetanización de la nación española, que queda así clausurada -colapsada y bloqueada- por su desarticulación social invertebrada.

Estos planteamientos que el autor destaca a contrapelo de la obra Goya y lo popular de José Ortega y Gasset, también se anteponen a la tradicional concepción de la permuta del toreo a caballo por el de a pie, debido a movilizaciones ideológicas de la cúpula monacal. [3] José Alameda (seud. Carlos Fernández Valdemoro): EL HILO DEL TOREO. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 p. Ils., fots. (La Tauromaquia, 23)., p. 41.

 [4] Nestor Luján: Historia del Toreo. 2a. edición. Barcelona, Ediciones Destino, S.L. 1967. 440 p. ils., retrs., grabs., p. 13.

 [5] Alameda, op. cit.

 [6] Ibidem.

 [7] Flores Hernández, ibidem., p. 31.

 [8] Alameda, ibidem., p. 43.

 [9] Fernando Claramount: Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. 2 v. (La Tauromaquia, 16-17). T. I., p.156. Apud. Vicens Vives. Aproximación a la Historia de España.

 [10] Op. cit., p. 161.

 [11] José Francisco Coello Ugalde: “CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, 1996 (tesis de maestría, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 238 p: CAPÍTULO III: MOTIVOS DE RECHAZO O CONTRARIEDAD HACIA EL ESPECTACULO.

 [12] La Familia” Año V, México, viernes 24 de febrero de 1888, N° 8 pp. 329-330.

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