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Amplia gama de valoraciones
La opinión de la crítica sobre el indulto de "Pasmoso"
"Pasmoso", de nuevo camino de la dehesa (SCP)
Toda la crítica taurina de este lunes hace referencia, como no podía ser de otra manera, al indulto en Valencia del toro "Pasmoso", de Domingo Hernández. Salvo en la valoración del papel del Presidente del festejo, las opiniones nos muestran una amplia gama de matices. Traemos a nuestras páginas una selección de textos, en la que se reproducen las referencias al juego y las condiciones del toro indultado.
Actualizado 20 marzo 2017  
Redacción   
 López Simón y "Pasmoso", Premios de las Fallas
 Y para postre, sobredosis de triunfalismo, con el indulto de "Pasmoso", un buen toro
 Ginés Marín y Cayetano tapan el desfonde de otra corrida más de Domecq
 Roca Rey forma un lío; los cuvillos despeñaron el resto de la tarde

Andrés Amorós (ABC): Indulto benévolo pero aceptable
La alegría festera se desborda al final, con el indulto del último toro de la Feria: «Pasmoso», de Domingo Hernández, colorado ojo de perdiz, de 532 kilos. Correspondía a López Simón, al que se otorgan trofeos simbólicos y sale a hombros con El Juli, que corta tres orejas. El indulto es benévolo pero aceptable. Absolutamente disparatado, en cambio, es que el presidente, sin que nadie se lo pida, en una de las decisiones más absurdas que recuerdo, conceda la vuelta al ruedo al cuarto, «Malagueño», castaño bocidorado, de la misma ganadería y 530 kilos. (Hasta este público acoge con asombro y pitos ese premio).

Zabala  de la Serna (El Mundo): Si sirve para el bien de la Fiesta…
López Simón se encontró a última hora con el toro de la feria en una feria donde no han embestido los toros (primer quid de la cuestión). ´Pasmoso´ no paró de embestir desde que apareció por toriles con sus 532 kilos de encendida piel colorada. LS, que había estado amontonado y deslavazado en su turno anterior, sin conceder el espacio necesario a un toro que punteaba en exceso, mostró su mejor y más vertical versión con el gran Pasmoso. Un toro soberbio que Simón toreó en tandas en un palmo de terreno y especialmente templado y largo por su mano izquierda. El público soberano empezó a solicitar el indulto, tan entregado como el torero. Como el presidente del amplificador populista ya había tirado por la calle del medio con la ridícula vuelta al ruedo en el arrastre al toro de El Juli, decidió no enmendarse y seguir generoso con aquella máquina de embestir y repetir -¿con la excelencia de la humillación hasta sus últimas consecuencias o más bien no?- que había tomado dos puyazos corridos con una pelea discreta.
Si se trata, como dicen, del bien de la Fiesta, de que la vida eterna del toro sea el camino de la salvación de la Tauromaquia y de que el público se sienta soberano y feliz, sea. La cuestión es si cada vez que salte un gran toro -y éste lo fue por su acometividad, prontitud, fijeza y encastada transmisión- vamos a entrar en la trifulca de indulto sí o indulto no. Por el final de faena de ´Pasmoso´ con la cara mirando al tendido, quizá no. Pero el ganadero Justo Hernández ya ha anunciado que lo echará a padrear por todas las virtudes que le sorprendieron, que tal vez no buscaba y que probablemente enriquecerán Garcigrande. A tenor de cómo salió el resto de la corrida serán bienvenidas.

Vicente Sobrino (El País): Generoso y desafortunado indulto 
Al sexto toro, “Pasmoso” de nombre, número 111, de 532 kilos y del hierro de Domingo Hernández lo indultó el presidente. Un indulto generoso. Se entiende, o se sobreentiende, que para salvar a un toro de la muerte en el ruedo debe ser astado excepcional en todos los tercios. A un gran toro se le suele premiar con honores póstumos de la vuelta al ruedo en el arrastre. Un toro que se salga de lo extraordinario para convertirse en una excepción, por juego en los tres tercios, está bien indultarlo. No es el caso de este “Pasmoso”. Pero el presidente de esta corrida ya ha metido la pata bastantes veces más en esta feria y para culminar tan desafortunadas decisiones, salvó la vida a un gran toro, pero no a un toro excepcional. Claro, que si comparamos con la vuelta al ruedo en el arrastre con que premio al cuarto, igual se entiende. La vuelta al ruedo a ese cuarto pilló a todo el mundo por sorpresa, hasta tal punto de que el público se puso en contra de la presidencia y abroncó al palco por tan desatinada decisión. Incomprensible. Pero vayamos por partes.
La Feria la cerró “Pasmoso”, con el hierro de Domingo Hernández. Un bonito toro colorado, que derribó en el primer encuentro con el caballo más por flojeras del equino que por méritos propios. La segunda vez se arrancó alegre, pero en ambas entradas apenas se le castigó. No hacía falta más, pues sus fuerzas, como el resto de la corrida, estaban acotadas de antemano. En la muleta fue un gran toro, sí. Incansable, repetidor, con gran fijeza en la muleta. Y López Simón encontró la horma a su zapato. La faena, abierta con dos cambiados por la espalda y otros dos por alto, uso y abuso puesto en boga en estos tiempos, tuvo colorido. A la inercia de la embestida, acompañando cada viaje, López Simón lo toreó a placer. El toreo fundamental siempre estuvo en un segundo plano, mientras que lo superficial, lo accesorio, fue el principal argumento. Cambiados por la espalda sobre la marcha, cambios de mano, arabescos, filigranas, circulares, que el toro admitió sin poner ninguna condición ni pega. Y, de vez en cuando, López Simón soltó este o aquel muletazo largo y templado. Cuando la gente intuyó que la faena tocaba a su fin, el clamor se adueño de los tendidos en petición del indulto. Por dos veces López Simón teatralizó que se tiraba a matar; por dos veces nadie se creyó la intención del torero que volvió a montar la muleta y a seguir toreando, esta vez a base de bernardinas y muletazo de cara a la galería. El pañuelo naranja asomó y “Pasmoso” salvó la vida.

La Razón: Una gran fiesta fallera
“Pasmoso” vino a cambiarlo todo. Fue el toro de la tarde y de la feria. Repetidor incansable, inagotable, noble y con codicia. Tanto fue así que logró el indulto, a mi juicio exagerado. Fue un gran toro, pero también es cierto que salió desentendido de la suerte al final y quizá menos entregado en las embestidas. Eso sí la plaza fue un manicomio. Su matador, López Simón se acopló a todos y cada uno de sus viajes, y lo hizo en un palmo de terreno. A derechas, al natural, en los remates, circulares, faena ideal para tomar impulso a principio de temporada. Habíamos asistido a la gran fiesta fallera. La cremá se acercaba. Y se olía.

Barquerito (Colpisa):  Prontitud y nobleza notables
Un final de festejo que concluyó con el indulto del sexto de corrida. Un toro "Pasmoso", de nombre, de prontitud y nobleza notables, y muy buen son, repetidor, con gasolina y corazón, noble en bravo. Atornillado en la arena. López Simón le pegó no menos de cuarenta o cincuenta muletazos con variaciones de cambiados por la espalda intercalados a veces abusivamente. La chispa de la firmeza, la buena colocación –a veces en ventaja- y un querer y querer. Sin renuncios.

José Luís Belloch (Las Provincias): Indultado justamente
El suceso de la tarde y de la feria fue el indulto de Pasmoso, el toro colorado que cerraba la feria. Fue como una victoria en el descuento. Respiremos. Ahora mismo, no es novedad, los más sesudos analistas de la Tauromaquia andan devanando los sesos para decidir si fue indulto justo o injusto. Yo, como amante del toreo lo tengo claro. Entre la vida y la muerte me quedo con la vida. Entre la mojigatería estrecha y la ilusión me quedo con la ilusión. Entre la mayoría hambrienta de felicidad y la inquisición, felicidad. La misma que mostraba una marea de aficionados que abandonaban la plaza con la satisfacción de haber visto algo grande. ¿Les voy yo a quitar la ilusión a cambio de un dudoso diploma de buen aficionado?... Después de tantas tardes de tedio y frustración, tocaba, se merecían, nos merecíamos una tarde así. Ese es el argumento definitivo para que en la plaza y en la tranquilidad de la redacción piense que Pasmoso, de Domingo Hernández, insisto, no tengo empacho en reconocerlo, fue indultado justamente. Sucedió entre el clamor general. Y no vale que digan que los aficionados son tontos o necios, fueron los mismos que se cogieron la cabeza asombrados cuando el presidente ordenó una inaudita vuelta al ruedo para el cuarto. Y si tenían razón en ese, no cabe pensar que hubiesen perdido el juicio media hora más tarde.

Pasmoso fue un gran toro, pronto, alegre, con movilidad, de larga duración, con mucha toreabilidad que es lo que se pide hoy día. Que los hemos visto mejores, de bravura más honda, arrastrados sin honores, seguro. Que ahora mismo rebobinamos el video y le encontramos defectos, también. No recuerdo un indulto sin quejas ni peros. El toro perfecto no existe. A Pasmoso seguramente le faltó algo de humillación o haber hecho pelea más emotiva en varas, seguramente fue así, pero tuvo muchas virtudes, muchísimas, entre otras generar un ambiente pasional tremendo, ganarle el corazón a la gente, aparecer en el momento en que más se necesitan esas sensaciones de euforia y generosidad. Si nos ponemos rancios palmamos. La Fiesta necesita más que nunca de grandes acontecimientos, de sucesos, de ceremonias de grandeza y la de ayer lo fue. Los protagonistas fueron Pasmoso y López Simón, que le dio la cara y le facilitó la gloria.

Ignacio García Campos (Levante): El usía pierde el norte
Las decisiones presidenciales, si no son acertadas, inducen al error. Lo peor que le puede pasar a una plaza de toros que se precie como de cierta categoría y respeto es que un usía pierda el norte y condicione con un dictamen erróneo el devenir de toda una tarde y, de paso, convierta la plaza en un auténtico manicomio. ¿Era el toro cuarto merecedor de la vuelta al ruedo? Categóricamente no. ¿Era el sexto toro merecedor del indulto? Para un servidor, tampoco. Contéstenme los aficionados más veteranos si el tal «Pasmoso» ha sido uno de los tres mejores toros que han visto lidiar en València en su más que centenaria historia. Quizás, la rotundidad de mi respuesta se entienda en la contestación que ustedes hagan a esta última pregunta.
Vaya por delante que el citado sexto fue un buen toro, extraordinario en la muleta, con movilidad. prontitud, fijeza y recorrido. Cumplió sin más en varas, pese a derribar al piquero en la primera entrada; en la segunda, simple y llanamente se dejó pegar. Tampoco es que andara sobrado de fuerzas y nunca tomó con humillación la muleta de López Simón. El problema de todo lo acontecido en el toro que cerraba plaza y feria, una vez mencionada la incomprensible actitud presidencial en el cuarto, reside simple y llanamente en que hemos hecho creer al respetable que el indulto de un toro bravo es un trofeo, el máximo quizás que se pueda otorgar en un coso taurino, cuando la realidad es bien distinta. Al toro excepcional se le perdona la vida para salvaguardar la raza, no para que diez mil espectadores que han pagado su entrada se vayan a sus casas con la ilusión de creer que han visto lo máximo que pueden contemplar en un ruedo. Flaco servicio le estamos haciendo entonces a la tauromaquia.

Agencia EFE: Un derroche taurino
En una feria de escasos y discretos triunfos, un presidente con escaso criterio decidió tirar la casa por la ventana y asomar muchos pañuelos, y de muchos colores, por la balaustrada del palco, en un derroche sólo comparable al que horas después iba a llegar con la "cremá" de las Fallas.
El mismo "usía" que hace unos días le regaló una inmerecida salida a hombros a Miguel Ángel Perera bajó hoy tanto el listón, con orejas generosas y una inexplicable vuelta al ruedo en el arrastre a un toro gazapón e incierto, que la corrida acabó derivando de manera irremediable hacia un desmedido y frenético triunfalismo con el indulto, harto generoso, del último toro de la feria.
Como gran virtud y agarradero para el perdón, tuvo este fino ejemplar de Domingo Hernández, de bello pelo melocotón, una incansable movilidad que le hacía acudir con alegría, prontitud y transmisión a todos los cites de su lidiador, el madrileño López Simón.
Sólo que para eso contó sobremanera que apenas le hicieran sangre en varas, después de derribar con un arreón en el primer encuentro y de irse también de rositas en el segundo. 

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