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La realidad y la sensación del riesgo
Luís Bollaín: El tono trágico del trágico arte del toreo
El quite providencial. Imagen de Arjona que acompañaba al artículo
Este artículo lo escribe don Luis Boallín Rozalem a finales de 1959, para el diario ABC de Sevilla, dentro de una serie titulada genéricamente "La bravura del toro bravo". Cuatro años más tarde en el contexto de un artículo para El Ruedo, explicaba la razón del su tesis sobre el riesgo: "Andaba yo empeñado en demostrar la tesis de que, por ser el toreo un arte trágico, el toro de hoy --incapaz, a fuerza de su poca fuerza, su mucha suavidad y su menguada casta, de meter en el ánimo del aficionado la sensación de riesgo--, no es un toro apto para la lidia". Y deja sentado: "La cornada hecha realidad es una cosa; la sensación de riesgo, otra muy diferente. Y es esta sensación, y no aquella realidad, lo que da el tono trágico al trágico arte del toreo".
Actualizado 17 enero 2017  
Luis Bollaín   

La fiesta de toros --me sabe mal andar por caminos tan trillados-- es un espectáculo trágico y fuerte, al que no quita dureza el artístico ropaje con que se cubre. El toreo no puede definirse sino a base de meter en la definición la idea de muerte... en potencia.

Pensemos --y destaquemos el contraste-- en otras manifestaciones artísticas. Con hablar, por ejemplo, de expresar belleza  “combinando colores”, o “creando formas”, o “armonizando sonidos”, basta y sobra para tener una visión, tan vulgar como precisa, de lo que son la Pintura, la Escultura y la Música. Pero una definición de este estilo no sirve para el arte de torear; porque lo que allí es un lienzo, o un bronce, o un pentagrama, aquí́ es un toro. Por eso, en el concepto de toreo —y no en el de las otras bellas artes—, tiene que entrar el ingrediente de la tragedia en potencia.

Quiero dejar bien afinado este matiz. Lo que da tinte trágico a las corridas no es la posibilidad objetiva de que el drama llegue, sino la subjetiva sensación, que el espectador experimenta, de que el drama puede llegar. Por eso, cuando los aferrados a la idea de que hoy tiene más grados que nunca el clima trágico de la fiesta de toros, esgrimen como argumento supremo el cartelito de “No hay camas disponibles”, colocado durante casi toda la temporada en la puerta del Sanatorio de Toreros, yo, sin entrar ni salir en la posible ineptitud de las victimas como principal causa de los percances, me limito a decir por todo comentario:

--Lo más triste es que, la mayor parte de las veces, no entra en el animo del espectador, al producirse la cogida, la idea de que el toro que se está lidiando pueda herir.

Y todo porque al percance trágico no le precede una psicosis de tragedia. ¡Lamentable y deprimente!

Un amigo me contó este caso. Se televisaba una corrida y él estaba ante la pantalla de su receptor. Los toros iban saliendo muy... 1959 (y aquí pongan ustedes todo lo que quieran de instinto borreguil, aunque no de tamaño y hechuras, pues la presentación era irreprochable). Un peón cayó al suelo al dar un capotazo. El toro se quedó mirando al hombre en actitud beatifica, y asi permaneció varios segundos, como si pensara:

--La verdad es que yo, toro, tengo la “obligación” de arrancarme a este hombre y cornearle con furia. Pero ¿quién hace semejante atrocidad a un infeliz que no me ha causado el menor daño? Sin embargo, hay que dejar bien alto el prestigio de mi especie. Sacrifiquémonos y... ¡a comear se ha dicho!

Coincidió este instante —el de la “decisión” del toro a cumplir su “penoso deber”— con la aproximación de la imagen en la pantalla televisora. En primerisimo plano, mi amigo el televidente vio al toro meter la cabeza para coger al torero; pero vio también que, en el momento justo, un capote providencial se interponía y quedaba consumado el milagro del quite.

Por la noche, comentando la corrida con otros varios que habían estado en la Plaza, mi amigo quiso confirmación de lo que para él era indudable: la gran emoción de todo el público en el momento del oportunísimo quite al peón caído. Pues bien: ni uno solo de los asistentes a la corrida recordaba el episodio. Y cuando mi asombrado amigo les daba detalles para refrescar su memoria frágil, ellos, como de pasada, decían con fría indiferencia: “¡Ah, si; fue un quite muy bueno!”; y seguían hablando de otra cosa.

Moraleja: si aquel quite no revolotea milagroso, llega la cornada, y con ella una cama libre menos en el hospital, o una tumba más en el cementerio. Habría surgido entonces el percance trágico, pero sin previa psicosis de angustia en el ánimo de los espectadores. Habría habido cornada; pero sin la sensación antecedente de que el toro pudiera herir o matar. Tragedia --que es lo malo-- sin clima de tragedia --que es lo bueno--; sangre en la fiesta de toros, pero sin la atmósfera dramática que a los toros debe rodear.

Recordad el choque de Belmonte con la masa. Para ella, Juan no era el artista supremo, el revolucionario genial, el renovador de una estética; era... el trágico, porque angustiaba el corazón haciendo aquel toreo con aquellos toros pletóricos de casta.

¡Dónde habría ido esta aureola popular del trianero si en vez de toros sólo hubiese toreado esas otras reses que por su edad o por su “sexo”, no dan sensación de peligro: novilletes de becerrada o vaquillas de tienta! Bueno, pues... atención: un becerro de festival en Zumaya y una vaca en la finca salmantina de Argimiro Pérez Tabernero le causaron los dos únicos percances graves que ha tenido en su vida taurina. Las demás cornadas --bastantes-- apenas tuvieron importancia; y eso que las recibió en corridas serias de verdad; en aquellas corridas --de toros de casta-- en las que Juan Belmonte iba escribiendo, página a página, su historia de torero dramático.

No olvidemos la lección: la cornada hecha realidad es una cosa; la sensación de riesgo, otra muy diferente. Y es esta sensación, y no aquella realidad, lo que da el tono trágico al trágico arte del toreo.

© Luis Bollaín, ABC de Sevilla, 12 de noviembre de 1959

El autor
Luis BOLLAÍN ROZALEM (1908-1989) notario de profesión, está reconocido como uno de los grandes aficionados y escritores del siglo XX. Emparentado directamente con el mundo ganadero de Colmenar Viejo, según confesó años mas tarde uno de sus hijos se trasladó a Sevilla "por Belmonte, porque por encima de todo mi padre era amigo de Belmonte”. Residenciado en la capital andaluza, su amistad con el Pasmo de Triana le permitió conocer de cerca de uno de los más grandes de todas las épocas; fruto de esta amistad fueron algunos de sus libros como “Los dos solos”, “La tauromaquia de Juan Belmonte” o  “Los genios, de cerca. Belmonte, visto por un belmontista”. Conferenciante por toda la geografía taurina y colaborador en distintos medios informativos, donde llegó a ejercer como cronista taurino, escribió, entre otras obras, “El decálogo de la buena fiesta” y “El toreo”.

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