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El contexto actual no permite veleidades ni probaturas
@corrida, la Tauromaquia en el siglo XXI
Óleo de Luis Badosa, cartel para la Feria del Toro de 1982
La Tauromaquia y la propia corrida ha seguido una senda evolutiva. Puede recordarse a titulo de ejemplo la incorporación de los petos de picar a partir de 1928, o los cambios en la cabaña brava durante el siglo XX. Pero se han conservado en todo este tiempo una serie de valores y principios que han sido su cimiento sostenedor. En un momento en el que se oyen insinuaciones tendentes a proponer modificaciones aún por concretar en algunas normativas taurinas, conviene reflexionar sobre estos principios y valores, con el propósito de vislumbrar cuales contribuirían al mejor futuro de la Fiesta o, por el contrario, la desvirtuarían. Es el tema que aborda en este artículo Antonio Jesús Ortega Mateos, Experto por la UNED en la dirección de espectáculos taurinos y miembro de ANPTE.
Actualizado 16 enero 2017  
Antonio Jesús Ortega Mateos   

La relación totémica o agonista entre el hombre y el toro está fehacientemente documentada desde hace al menos 2.000 años, aunque seguramente desde mucho antes ritos, juegos, sacrificios, competiciones o hazañas han tenido lugar con estos protagonistas. Sin embargo, solo la corrida de toros moderna que llamamos “a la española“ , ha superado las fronteras locales, convirtiéndose en un espectáculo universalmente conocido, que ha permitido emocionar e inspirar generación tras generación a tres siglos de humanos.

Denostados o prohibidos directamente los festejos taurinos por las más altas autoridades e instituciones, desde Las Siete Partidas en el siglo XIII, por el Papa Pio V en el siglo XVI o por la pragmática de Carlos IV en los albores del siglo XIX, nada ni nadie ha podido impedir que esta fascinación por el enfrentamiento con el toro tome cuerpo definitivo y trascendente en lo que se ha definido como la Tauromaquia y su mejor representación en la corrida, “el conjunto de conocimientos y actividades artísticas, creativas y productivas, incluyendo la crianza y la selección del toro de lidia, que confluyen en la corrida moderna y el arte de lidiar, expresión relevante de la cultura tradicional del pueblo español”.

Tauromaquia y corrida evolutiva y evolucionada sin duda, mírese solo la incorporación de los petos de picar a partir de 1928 o los cambios en la cabaña brava durante el siglo XX, pero que ha conservado en todo este tiempo una serie de valores y principios que han sido su cimiento sostenedor.

En un momento en el que se oyen insinuaciones tendentes a proponer modificaciones aún por concretar en algunas normativas taurinas, conviene reflexionar sobre estos principios y valores, con el propósito de vislumbrar cuales contribuirían al mejor futuro de la Fiesta o por el contrario la desvirtuarían, abocándola a su extinción.

Tauromaquia y corrida

En el mundo actual en que se ha cosificado la condición de muchos animales, sometiéndoles a condiciones de vida y muerte indignas y se han extinguido especies sin contemplaciones, la Tauromaquia ha constituido un círculo virtuoso alrededor del toro bravo, que partiendo de su crianza preservadora de su singularidad específica y única que es la bravura, representa el mayor respeto posible a su naturaleza intrínseca.

Así, la especificidad de la bravura seleccionada y perfeccionada por el hombre desde el siglo XVIII, confiere al toro bravo su esencial estatus de animal salvaje criado por el hombre para el desarrollo de su hostilidad y agresividad naturales para con el propio hombre. La Tauromaquia ensalza una coherencia distintiva y respetuosa para el toro, que debe vivir y ser lo que su naturaleza exige y la prevalencia de los derechos de los hombres sobre los de cualquier otra especie y en paralelo nuestros deberes para con las especies salvajes, abstenernos de perjudicar su equilibrio, preservar su diversidad y proteger a las especies amenazadas.

La corrida de toros tal y como la conocemos hoy  permite la expresión de esa naturaleza, con el ordenamiento en la representación de un rito arcaico, el del combate entre el toro bravo y el hombre provisto de elementos básicos para su desempeño. Cuenta indefinidamente un mismo relato cuyo final está previsto, pero cuya ejecución es siempre única, irrepetible y fugaz. Es al mismo tiempo un espectáculo visual circular, completo y explícito, sin bastidores, ni decorados, la exposición cruda de la transparencia de un combate donde se va a dirimir la posibilidad del dominio del hombre sobre la fiera, el triunfo de los valores humanos sobre la fuerza salvaje, pero donde es esencial el principio del toro combatiente fuertemente armado, dotado de todos sus atributos y por lo tanto activo en su ser.

De este modo,  la corrida y su punto final, la muerte del toro distan mucho de ser un ritual de sacrificio, porque en ella se desarrolla fundamentalmente un combate cuyo principal actor es la virtud activa de la bravura del toro. No hay pues víctima pasiva ni inmolador sacerdotal, hay lidia en la que el toro representa un valor simbólico de poder extraordinario, hay combate en el que los que intervienen, toros y hombres, representan altos valores heroicos.

La liturgia de ordenamiento del ritual de la lidia envuelve y atempera lo que podría ser el caos reinante ante la imprevisible acción del toro, un aparente orden total de posiciones , símbolos y gestos como contrapunto a la permanente amenaza que promueve un enfrentamiento cuya idea rondadora es la muerte.

Un desafío en cada instante donde el peligro para la vida de los lidiadores está presente, pero donde se anuncia inexorablemente la muerte del toro. Dos éticas necesarias que conviven armónicamente en la corrida y sus reglamentos, le ética del combate que impone aceptar la lucha frente a frente , sin trampas y con un adversario no disminuido ni manipulado y la ética moral que exige el triunfo de la vida del hombre sobre la muerte del toro.

La corrida pues dignifica y exalta a ambos intervinientes por igual, al hombre porque no le equipara al animal, sino que lo eleva sobre éste y al toro de lidia porque el hombre afronta la lucha respetando su condición combativa, en el enfrentamiento más leal posible.

Un combate sin duda asimétrico que solo puede encontrar su soporte ético si es llevado a cabo con la mayor lealtad posible, con respeto a las armas y aptitudes integrales del toro de lidia. Atentar físicamente contra el toro, trampear su lidia, disminuir sus defensas o aminorar su combatividad sería tratarle como una plaga a la que se puede exterminar o peor aún como una cosa que se puede manipular a nuestro antojo, en definitiva como una cosa innoble. Un combate reñido con orden y con respeto absoluto del adversario, esa es la esencia agonista de las corridas de toros.

Los Reglamentos

Podría pensarse que las distintas reglamentaciones existentes para regular las corridas de toros, son solo el resultado de la voluntad del hombre por ordenar el tracto del combate de los hombres con los toros, adaptándose a las condiciones de unos y otros en cada momento o exclusivamente el mecanismo para mantener el orden público en un espectáculo tumultuoso y vehemente, incluso algunos dirían que son el fruto del irrefrenable impulso legislador de los políticos.

Probablemente mucho de esto sea verdad, pero si profundizamos en el espíritu de todos ellos sin excepción, veremos cómo su principio inspirador reside en la preservación de los principios y valores de la Tauromaquia antes mencionados.

El ordenamiento del festejo desde su génesis hasta el análisis postmortem, está imbuido del respeto al estatuto ético del animal y tiene su máxima expresión en las reglas de la lidia

En los aspectos formales, los reglamentos aseguran la condición de combatiente pleno de cada uno de los toros a través de su trazabilidad documental y sus reconocimientos, se debe asegurar su seguridad y confort en la plaza antes de la lidia. No se puede lidiar cualquier animal, sino solo aquel que reúne todas las condiciones máximas para enfrentarse al hombre. Este combate habrá de realizarse con los útiles que se han determinados como adecuados y proporcionales, no con cualesquiera que el lidiador decida.

Los reglamentos determinan que no podrá modificarse artificialmente ni aminorarse la capacidad combativa de los toros, asegurando así su naturaleza vital y garantizando el principio ético del combate, un combate leal que impone la equidad y el respeto al adversario a través de sus articulados, asegurando al mismo tiempo la prevalencia moral del hombre sobre el toro. Un ordenamiento que castiga y persigue esta minoración de la condición natural del toro, previendo incluso el análisis de sus restos en el análisis postmortem.

Los reglamentos ordenan la lidia a través de la observancia del principio del respeto al estatuto ético del toro, no taparle, no cegarle, no quebrarle, no hacerle derrotar contra los burladeros, ejecutar las suertes con arreglo a normas que permitirán siempre la expresión íntegra de las capacidades del toro.

La presencia de los distintos lidiadores está sujeta a la misma naturaleza del toro, más al principio de la lidia, cuando el poder del toro es máximo, solo el matador en el tercio final y en el momento sublime de la muerte, donde se concentrará el dominio exhibido durante la lidia, con exposición total y máxima  del hombre para dignificar el fin mismo de la vida combatiente del toro.

Pero si el principio ético humano de la imposición del hombre sobre el animal está previsto en el anuncio del propio festejo y en el desarrollo reglamentario, los valores del hombre habrán de demostrase en cada momento de la lidia; la bravura, la entereza, la nobleza y el poder del hombre habrán de manifestarse indudables para que el lidiador alcance la gloria. Los reglamentos valoran cada una de las ejecuciones de los tercios de la lidia, la correcta ejecución y limpieza de las suertes, el dominio y la proximidad con que son ejecutadas, especialmente en el momento álgido de la suerte de matar. Cualquier acto innoble del lidiador, cualquier argucia esquivadora de su valor o cualquier falta de respeto al animal, serán automáticamente consideradas como descalificadoras y condenarán al actuante a la ignominia y el descrédito , además de proporcionarle en algunos de estos casos la sanción prevista por el propio reglamento.

Aquí debemos recoger de nuevo el círculo virtuoso de la corrida aplicado a los reglamentos, las reglas de la lidia desde Pedro Romero hasta nuestros días, se han ido construyendo para el toro de lidia, para la mejor expresión de su ser intrínseco y a su vez, el toro de lidia se ha ido cuidando en su bravura, condición sublime y única de su ser, para que se ponga de manifiesto a través de esa misma lidia regulada que garantiza la realización íntegra del mismo. El axioma se completa porque ambos enunciados permiten a través de los reglamentos, la elevación de la condición humana y sus valores a través de la lidia.

El Siglo XXI

Esta trazabilidad evolutiva ha mantenido la Fiesta como patrimonio cultural único en el mundo, pues no es comparable con ninguno de los existentes y sin embargo vemos como a lo largo del siglo XXI en muchos lugares las plazas de toros han ido progresivamente perdiendo espectadores, al mismo tiempo que centenares de jóvenes se esfuerzan en ser toreros. El siglo de las nuevas  tecnologías, de las realidades virtuales, del acceso global a la información y a toda clase de experiencias para una parte de los pobladores del mundo, es también el siglo del tedio y de la alextimia como incapacidad para expresarse y sentir.

Esta aparente contradicción mueve a pensar que el impulso de los valores de la corrida y lo que representa, sigue estando vigente y conmueve con su inigualable verdad a los aspirantes, pero decepciona en la práctica a los espectadores.

Siendo la corrida de toros un contrapunto alternativo de tan emocionales valores y autenticidad, éstos se desvanecen en muchas ocasiones ante los espectadores, dando paso a una exhibición plana y desmotivante.

Estamos en muchos festejos ante la corrida light, a la que se le ha privado de la emoción de esa verdad del combate leal y real entre el hombre y el toro, que debería estar envuelta en la liturgia que le hace honor, pero que se nos aparece desprovista de sus atributos elementales. Afortunadamente esto no ocurre siempre ni en todos los cosos. Cuando el festejo reúne las condiciones primigenias básicas, los espectadores y aficionados pueden no recordar cuantos trofeos obtuvieron los espadas, pero guardan en su interior el recuerdo de una emoción vital.

¿Dónde se separan las líneas paralelas de los dos elementos activos principales de la corrida, toros y toreros? La respuesta es fácil, cuando la preparación y capacidades técnicas de los toreros han ido aumentando sin cesar y la pujanza y acometividad de los animales ha ido disminuyéndose a la misma velocidad. Vemos como los mejores de entre aquellos, lidian mayoritariamente los más débiles de éstos. En estos escenarios no estamos asistiendo a un combate equitativo y asimétrico, sino a una especie de representación abusadora y desigual.

Esas líneas se repelen cuando aparece la corrupción del espectáculo en forma de manipulación de las defensas de los toros, el afeitado de los pitones que apenas se combate en España o América y que por el contrario es enseña de la Tauromaquia en Francia. Probablemente su principio cartesiano de que solo lo que es auténtico permanece en el tiempo sea el fondo de esta actitud francesa ante el afeitado de los toros.  

Indudablemente hay que seguir evolucionando la Fiesta de los toros y seguramente sus reglamentaciones, pero ya se ve que aquellas acciones de hecho, que no de derecho,  que han ido contra los principios y valores de la Tauromaquia y la corrida, han fracasado estrepitosamente y han expulsado a muchos aficionados y espectadores de las plazas, aunque hayan reportado pingües beneficios a algunos. Por el contrario, aquellos destellos de autenticidad e integridad de la Fiesta que se producen y se mantienen, afianzan y engrandecen aficiones y espectadores.

Las propuestas reglamentarias que la Asociación de Presidentes españoles (ANPTE) ha venido haciendo desde  su Congreso de 2011 iban ya en la buena dirección, estas son algunas:

--Extender la obligatoriedad de los dos puyazos a las plazas de segunda categoría.
--Instaurar un procedimiento reglado, aleatorio y con plenas garantías para el análisis obligatorio de las astas de los toros.
--Abrir un debate documentado sobre la influencia real de las fundas en los pitones de los toros.
--Promover acciones legislativas en la U.E. para impedir la excesiva manipulación de los animales derivada de los saneamientos.
--Instaurar un sistema de distintas puyas identificadas por colores a elección del matador para su libre uso en cada caso con visibilidad para los espectadores.
--Limitar a tres el número de entradas a matar posibles y golpes de descabellos en los matadores de toros.

Cuidemos de que la voracidad legislativa valore el coste de oportunidad y no pierda de vista estos extremos, porque el delicado momento que vive la Fiesta no permite veleidades ni probaturas que podrían resultar fatales. No permitamos tampoco un gatopardismo que perpetúe las malas prácticas o su vulgarización, cambiándolo aparentemente todo para que nada cambie en realidad. 

Antonio Jesús Ortega es Experto universitario por la UNED en la dirección de espectáculos taurinos, miembro de ANPTE y presidente de plazas de toros. 

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