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500 años de Tauromaquia en México
XLVI. Los comportamientos que se dieron durante la ausencia de corridas de toros en México DF
Plaza de toros del Paseo Nuevo
Inmediatamente después de puesta en vigor la "Ley de Dotación de Fondos Municipales", un grupo de aficionados intentó con una labor de convencimiento no prescindir de su diversión predilecta. Sus esfuerzos fueron inútiles, pues no consiguieron respuesta alguna, aunque si bien el decreto ya imperaba para el Distrito Federal -como fue su objetivo- lograron, por otro lado, se derogara lo que ya el Estado de México, en auténtica condescendencia aplicaba en sus dominios. La lucha continuó, incluso por varios años, pero no hubo más remedio que demoler la plaza de toros del Paseo Nuevo. Los aficionados capitalinos volverían a la plaza 6 años y en otra entidad que no es el Distrito Federal.
Actualizado 12 enero 2017  
José F. Coello Ugalde, historiador   
 XLV. La Tauromaquia y los efectos del federalismo de la Constitución de 1857
 XLIV. Del incidente de Bernardo Gaviño con el Gobierno de Juárez a la segunda independencia
 XLIII. La prensa, factor influyente del bloqueo a las aspiraciones del espectáculo taurino

Vuelvo al que es –por ahora-, mi único asidero. Me refiero de nuevo a la tesis que propuse ante la Universidad Nacional para obtener, como así ocurrió durante 1996, el grado de Maestro en Historia.[1] Por tanto, para dar continuidad a los hechos ocurridos inmediatamente después de aplicarse la prohibición, me remito a lo planteado en el Capitulo IV, sobre los diversos comportamientos que se dieron durante la ausencia de corridas de toros en la capital del país, en el periodo de 1867 a 1886.

La relación del mexicano con los demás hispanoamericanos no parece totalmente emancipada aún de la relación de los hispano americanos todos con el español: a pesar de las diferencias existentes en este punto entre hispanizantes e indigenistas, en conjunto los hispanoamericanos se consideran, y crecientemente, diferenciados del español; desde luego, mucho más, indudablemente que entre sí; y no simplemente por americanos, sino incluso como hispanoamericanos.
José Gaos. En torno a la filosofía mexicana, p. 75.

Escasa es la literatura del género que puede darnos idea sobre el acontecer taurino en México de 1868 a 1886. Pocos libros apenas si recogen cualquier información vertida en las publicaciones periódicas de la época y sólo uno de ellos, el del Dr. Carlos Cuesta Baquero, hoy de muy difícil acceso (véase bibliografía), nos narra con lujo de detalle la fiesta que entonces se desarrollaba. No es fácil ajustarme a una interpretación, pero sentir que se cuenta con un sustento, me permite hacerle frente a la empresa.

Inmediatamente después de puesta en vigor la “Ley de Dotación de Fondos Municipales” de la que se ha hecho referencia, un grupo de aficionados intentó con una labor de convencimiento  no prescindir de su diversión predilecta. Sus esfuerzos fueron inútiles, pues no consiguieron respuesta alguna, aunque si bien el decreto ya imperaba para el Distrito Federal -como fue su objetivo- lograron por otro lado, se derogara lo que ya el Estado de México, en auténtica condescendencia aplicaba en sus dominios. La lucha continuó, incluso por varios años, pero no hubo más remedio que  demoler la plaza de toros del Paseo Nuevo, labor iniciada el 14 de julio de 1873 y concluida el 15 de octubre del mismo año.

El ayuntamiento de Toluca por imitación y por complacencia para con el inmortal Juárez prohijó al 87 (artículo de la Ley de Dotación de Fondos Municipales), pero después cediendo á las instancias de los aficionados lo derogó y dio permiso para la construcción de la plaza de toros de Tlalnepantla y Cuautitlán, dando por razón de la condescendencia el que era necesario proteger á la Empresa ferroviaria que construía el ferrocarril del Distrito Federal á los citados pueblos de el Estado de México.[2]

Debido a todo lo anterior, el estreno de la plaza de toros en Tlalnepantla ocurrió el 26 de abril de 1874, a un año de la inauguración del ferrocarril (5 de mayo de 1873). Toluca por entonces tiene a su cargo los poderes del estado, de ahí que Tlalnepantla, Cuautitlán y otros catorce distritos estuviesen bajo su administración y jurisdicción.


AN OLD TIME BULLFIGHT AT Tlanapantla (sic), Mexico.-From a sketch by H. A. Ogden.
The sham bullfight in the new amphitheatre, New York city, on july 31 st. 1880.
Los datos para elaborar el pie de foto, fueron recogidos del portal
de internet http://www.bibliotoro.com/index.php


Quiere decir esto que los aficionados capitalinos volverían a la plaza 6 años después de aplicada la prohibición y en otra entidad que no es el Distrito Federal. En cuanto a la de Cuautitlán, por los mismos años debió levantarse hasta quedar desplazadas ambas, luego de que la de El Huisachal -más cerca de la capital del país-, abría sus puertas el 1 de mayo de 1881.

El 20 de diciembre de 1885, es destruida esta plaza, provocado el asunto por una crecida bronca. Fue entonces cuando se pensó en explotar Tlalnepantla y Cuautitlán de nueva cuenta. Por eso, a partir del 14 de febrero de 1886, y en Tlalnepantla las corridas de toros seguirán celebrándose con sobrada exaltación, misma que esa tarde ocasionó tumultos y hasta homicidios de dos personas cuyo intento desbocado por entrar a una plaza abarrotada movió a la gendarmería a cortar cartucho de modo inmoderado, “matando á los dos irreflexivos que con la vida pagaron su impetuosidad”.

“Juvenal” no dejó escapar la ocasión y apuntó en El Monitor Republicano aquella frase “que se entiende por toros”, (es un) estribillo con que daba á comprender Chávarri (Juvenal), que las corridas de toros eran la diversión por excelencia escandalosa, sanguinaria y apropiada para traer entre los pies el principio de autoridad.[3]

Es de hacerse notar un interesante debate que muestra tendencias apoyadas por fundamentos como el de la modernidad vs. tradición; o el de la civilización vs. barbarie luego de que se hacen más notorias las líneas de trazo asumidas tras el separatismo de las dos Españas; y que durante el porfiriato alcanzan estaturas diversas.

En ese sentido la iglesia continuaba perdiendo fuerza y terreno y ya lo dice José C. Valadés:
Postrada está (…), en el último tercio del siglo XIX, la cultura religiosa en México, no tanto a causa de las confiscaciones de los bienes de la iglesia, cuanto al afán de los dignatarios católicos de gastar los días y los años en acercarse no a su grey sino al gobierno civil.[4]

Con esto notamos que el ambiente para el espectáculo taurino como tradición durante el tiempo de la prohibición impuesta en el Distrito Federal se vea fortalecido en provincia primero, eliminando la disposición que ciertos gobernadores impusieron en sus estados; segundo, llegando al extremos de la provocación cuando en el estado de México se inauguraron varias plazas y sin empacho de ninguna especie para con la severa aplicación vigente en la capital del país.

Ello permitió que la modernidad y la tradición se enfrentaran dando a su vez resultado igualmente la confrontación civilización-barbarie luego de que entre otras cosas la iglesia afrontaba una época crítica provocada por la violenta ruptura de relaciones civiles y religiosas. Ello altera severamente el panorama de una iglesia que se ve restringida a participar pues el calendario de actividades rigurosamente católica se ve afectado por el complemento de las funciones profanas, como las corridas de toros.

En 1888 el papa León XIII preocupado por la ruptura de relaciones entre México y el Vaticano, pronuncia palabras dirigidas a un grupo de mexicanos que visitaron Roma en aquel año. Les dice:
“¡Pugliese al Cielo que México, a ejemplo de otras naciones, se acercáse a Nos y a esta Silla Apostólica con relaciones y vínculos aun más estrechos y cordiales! ¡Con cuánta mayor diligencia procuraríamos entonces su bienestar! ¡Con cuánto empeño nos ocuparíamos en hacer volver al pueblo Mexicano a su antiguo fervor y en despertar en él aquella fecunda actividad de vida religiosa que al mismo tiempo que acarrearía en sumo grado el bien de las familias, influiría igualmente en la verdadera prosperidad del Estado”.[5]

Un ambiente como ese, de inmediato produjo la baja sensible de participación que la iglesia tuvo y que fue perdiendo desde que se impuso la “ley de desamortización de los bienes eclesiásticos” y luego las “leyes de Reforma”. De esa manera los toros ganaron adeptos e incluso se convirtieron en casi la única tradición popular al ir a la baja las fiestas religiosas. Estaba implícita una necesidad por divertirse antes que convertir el ambiente en caldo de cultivo para movilizaciones sociales de gran repercusión.

Tras resolverse en la ciudad de México el problema de corridas suspendidas en 1887, tres años después vuelve a suceder un caso similar, solo que con matices de lo violento, tras estallar una bronca en la plaza Colón al intentarse lidiar unos pésimos toros de Cieneguillas que encresparon a la afición, esta optó por destruir la plaza. Ello ocurrió el 2 de noviembre y como entre los hechos fue agredido un gendarme, el gobernador del Distrito Federal, José Cevallos de inmediato prohibió las fiestas que tuvieron nuevo retorno el 20 de mayo de 1894.

Otros fueron los intentos de prohibición ocasionados por remedos de toros, como los de Nopalapan cuando el 1º de diciembre de 1889 en la plaza Paseo y en ocasión del beneficio de Manuel Hermosilla, el desorden irrumpió desquiciando al público asistente, indignado de tal espectáculo y poniendo las cosas al rojo vivo.

Recién llegado a México el torero sevillano José Machío competidor de Lagartijo y de Frascuelo se presenta en el Huisachal. Un año después hará lo mismo en Tlalnepantla. Los toros, que fueron de Atenco apenas cumplieron y el diestro estoqueó bien a su primero, solo estuvo mediano con los otros llegando a dejar vivo al cuarto porque se defendió humillando y alargando el cuello al entrar á la suerte”.

Dejó aquí una primera evidencia de la presencia española en México, en la ya plena decrepitud de Bernardo Gaviño.

Esto es apenas un vistazo a la actividad taurómaca en las cercanías de la capital del país, durante el receso obligado de casi 20 años. Pero, inquieta saber qué pasaba en el resto del país, cuáles maneras de torear se practicaban y por quién; así como la forma de entender la aceptación o rechazo que tuvo todo aquel contexto de la fiesta y como fue sublevándose cada vez más, hasta considerarse una auténtica muestra del nacionalismo taurino.

Entonces, diestros como Lino Zamora, Ignacio Gadea, Pedro Nolasco Acosta, José de la Luz Gavidia, José María Hernández El Toluqueño, Jesús Villegas El Catrín, y muchos más, desarrollan un toreo provinciano, que parece gozar de una evocación propia de las descripciones románticas.

Para contar con precisión en las apreciaciones de aquel toreo, el juicio del Dr. Cuesta Baquero es importante, pues es quien vive de cerca esa época. Nace en 1864, en 1885 -cuando publica sus primeras visiones taurómacas-, el espectáculo proyecta aquella intensidad solo afectada a raíz de los cambios de 1887 en adelante.

El mismo se encarga de advertirnos que
La anterior generación, nuestros padres, no iban á las corridas para examinar de estética y geometría, sino tan solo para admirar y entusiasmarse con lo que juzgaban valentía y destreza.

Tan generalizada, y con tal convicción, estaba la idea de que para saber de toros era necesario ser caballista que por no serlo los toreros españoles se les dirigieron cuchufletas, y por no saber charrear, como lo sabían la mayoría de los matadores aborígenes, se creyó que eran incapaces de torear y que a los primeros intentos serían víctimas de las reses.[6]

Y es que francamente el espectáculo refugiado en provincia era algo, que a  nuestros  ojos  resulta  de  lo más extraño, pero que en la época así se manifestaba, ya que dentro de su desarrollo se intercalaban en la corrida misma, después del segundo y tercer toro, por ejemplo, un jaripeo con yeguas salvajes. Entre aquellos que dominaban tal suerte se encontraba Manuel González Aragón, diestrísimo enlazador, así como los imprescindibles Nolasco Acosta, Ignacio Gadea y Ponciano Díaz.

Ahora bien, si en España el toreo se sucedía como espectáculo sin trabas de ninguna especie, en él todavía se manifestaban factores que pueden tener parecidos con el tipo de fiestas desarrolladas en México. Si las corridas mixtas se realizaban en España, en nuestro país había mojigangas y castillos de cohetes; así como otra cantidad de ingredientes diversos. Bajo ese entorno no se podía dar un síntoma de opinión que originara estudios o crítica hacia algo que sí encontrará distinta condición de 1887 en adelante.

En su gran mayoría quienes participaban eran lidiadores de campo, vaqueros de gran agilidad corporal y temeridad pero sin una escuela o un estudio que avalara sus quehaceres cotidianos. De lo que sí era un hecho, es la forma en que aquellos toreros asimilaron mucho de lo expresado por Gaviño, imitaron lo que le veían hacer
y los otros lidiadores mexicanos que después han estado en los ruedos (hasta 1884), fueron en gran mayoría, porque solo Jesús Villegas hizo la excepción; discípulo del torero de Puerto Real.[7]

La fuente que ahora me apoya, explica otros fundamentos como son los de la creación de una escuela mexicana del toreo -en cuanto si la hubo o no-. Para dicha “institución” no cabe a Gaviño el papel de fundador, sino que se atribuye a los toreros mexicanos de antes y después de Bernardo, o contemporáneos a él.
Porque Gaviño al ser maestro no podía enseñar sino lo que había aprendido, el toreo español; que no perdía la nacionalidad porque fuera practicado por mexicanos.[8]

Y en su momento se indicó que los públicos asistentes al espectáculo no gozaban de educación taurina, por lo que una apreciación vertida por ellos, o era falta de elogio, de censura o de rigor. Pero se resalta que de 1885 en adelante, básicamente en la plaza El Huisachal y entre los concurrentes al departamento de sombra había un grupo de aficionados que evolucionaban, que ya tenían nociones de lo que era el toreo moderno. Sin embargo la reacción singular a todo esto surgirá en 1887.

Debió manifestarse por entonces un propósito de desvinculación, que pondría fin al largo ciclo de la influencia de Gaviño, y

Para destronar a la sexagenaria escuela en que se había formado la afición, para destruir los ideales y preocupaciones que había creado, la nueva tenía necesidad absoluta de dos factores: el tiempo, porque la evolución no es repentina, y apóstoles teóricos y prácticos, para que los primeros por medio de la Prensa, en las reseñas predicaran y difundieran la doctrina y los segundos practicándola en los ruedos demostrarán que no era ensueño, que no era quimera.[9]

Todo lo anterior es el panorama de lo que era en sí la cuestión técnica de la fiesta y cómo la valoraban actores y públicos. Ahora bien, por el lado de la visión misma del espectáculo como tal, propondré en seguida un apunte mayor sobre lo que, a mi juicio son los “inventores de la autenticidad taurómaca mexicana

 [1] José Francisco Coello Ugalde: “CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. División de Estudios de Posgrado, Colegio de Historia, 1996. Tesis que, para obtener el grado de Maestro en Historia, presenta (…).  228 p. Ils., retrs.

 [2] Carlos Cuesta Baquero (Seud.) Roque Solares Tacubac. Historia de la tauromaquia en el Distrito Federal 1885-1905, T. I., p. 403.

 [3] Op. cit., p. 391.

[4] José C. Valadés. El porfirismo, T. I., p. 147.

[5] Op. cit., p. 157.

[6] Cuesta Baquero, ibidem., T. II., p. 13-15.

[7] Ibidem., p. 33.

[8] Ibidem., p. 55.

[9] Ibidem., p. 120.

Los escritos del historiador José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse a través de su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicanas”, en la dirección: http://ahtm.wordpress.com/   

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