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Ahora se cumplen 150 años de su nacimiento
Las controvertidas opiniones de don Miguel Unamuno sobre los toros
En demasiadas ocasiones y con una cierta ligereza, se sitúa la figura de don Miguel de Unamuno como uno de los paradigmas de la anti tauromaquia. Ahora que este lunes, 29 de septiembre, se cumplen 150 años de su nacimiento, no resulta mal ejercicio indagar acerca de la realidad de su pensamiento. La conclusión más ajustada podría ser ésta: su rechazo a cuanto significa la fiesta de los toros –a la que le reconocía su carácter tradicional— no nacía de nada de lo que puedan apropiarse los animalistas; su rechazo era de orden social y cultural: entretenido el pueblo español de su época con lo definía como una "afición desmesurada" a los toros, abandonaba la cultura y la educación y con ello el progreso de la nación. Aquí se trazan unos breves apunte sobre este tema.
Actualizado 29 septiembre 2014  
Redacción. Servicio de Documentación   

Se cumplen en este 29 de septiembre 150 años del nacimiento en Bilbao de uno de los intelectuales españoles que mayor influencia han tenido en su generación y en las que le siguieron: don Miguel de Unamuno  y Jugo,  célebre Rector de la Universidad de Salamanca, filósofo, escritor polifacético e incluso diputado entre 1931 y 1933 en el Congreso.

Cuando se lee la letra grande de la historia del antitaurinismo, Unamuno siempre ocupa un lugar preferente, junto a otros compañeros de la Generación del 98 y como en confrontación con el pensamiento de don José Ortega y Gasset.  Pero cuando se lee la letra más pequeña, aun manteniendo su rechazo a la Tauromaquia, las ideas aparecen ya muy matizadas. No cambia el fondo de la cuestión, si todo lo ceñimos al “si” o “no” al arte del toreo; lo que se modifica y de manera sustancial son las razones en las que se fundamenta.

Por ejemplo, allá por 1915 Unamuno lamentaba que en España en que se hablara y escribiera tanto de toros; pero no por lo que constituía el motivo de ese hablar y escribir sino porque ambas cosas se hacían “mal, ramplonamente y sin ingenio alguno”. Este mismo matiz diferenciador aparece luego en otras muchas de sus intervenciones.

Algunas de sus opiniones pueden parecer hoy un tanto pintorescas, como cuando escribió aquello de: “Bien está que no se embole al bruto, ya que a ello se oponen las venerables tradiciones de nuestros mayores, y nadie más respetuoso que yo hacia la savia que mantiene nuestro espíritu. ¡No, no quiero que nos descastemos en un amasijo sin carácter ni individualidad, peculiar y propia, no! ¡Que no les embolen las astas, pero que se las desinfecten, por piedad!”.

Pero el núcleo de sus planteamiento frente a la Tauromaquia no radica, como ocurre con otros integrantes del 98, en una aversión visceral hacia la Fiesta misma, que en algún momento llega a reconocer como parte de la tradición española. Muy en línea con lo que Don Modesto había denunciado en las páginas de “El Liberal” en julio de 1898, lo que Unamuno rechaza de manera frontal es que lo que consideraba “afición desmesurada” a los toros dificultara o impidiera que la sociedad española se ocupara de los problemas de fondo que vivía España tras los acontecimientos que siguieron al desastre de finales del XIX.

“Nunca he resistido –decía-- una corrida pero resisto menos aún una conversación sobre toros. Me explico que haya quien goce con las emociones de una corrida de toros y busque en la plaza un drama vivo sin engañifas; pero lo que no me explico es que haya quien se pase días y días comentando una suerte de toreo o los méritos de tal matador comparados con los de tal otro”.

Y en esta misma se lamentaba: “No me cabe duda de que nada hay más sutilmente reaccionario que mantener la afición. Mientras la gente discute la última estocada del "Pavito" o su escapatoria con la cupletista Carmen o Conchita, no habla de otras cosas, y es muy conveniente hacer que el público tenga hipotecadas su atención y su inteligencia en variedades de esas”.

Como se observa, lo que subyace en su postura son razones de orden cultural y social, concediendo al toreo una cierta condición de distracción aprovechada (se supone que desde el Poder) para que la sociedad se despreocupara de la realidad nacional.

Pero en otras ocasiones, dentro de ese complejo mundo de contradicciones en la que vivía don Miguel, la razón de su rechazo iba por el campo de la ganadería. Y así, dejó escrito al hilo de la muerte de “Gallito”: “está muy bien que se combata a las corridas de toros como espectáculo de barbarie; pero la mayor barbarie está en que la cría de ganado bravo es efecto y a la vez causa de una lamentable economía agraria. Despuebla los campos, encarece la carne, mantiene en atraso la ganadería y favorece la gandulería”.  No deja de ser curioso que quien esto afirma luego pasara temporadas en la dehesa salmantina de don Antonio Pérez Tabernero.

Pero dentro de este mundo tan absolutamente singular de Unamuno, no deja de ser significativo el contenido de la carta que en cierta ocasión dirigió a Eugenio Noel. Se refería a la dura vida de los toreos de capea en su camino a llegar a alcanzar tardes de gloria. “A un pobre torerillo, de esos que por punible complicidad de las autoridades andan, durante los veranos, de pueblo en pueblo, a busca de capeas donde lucirse en el toreo y pedir luego limosna, le ocurrió el frecuente y terrible percance de que le cogiese no un novillo, sino el tren destrozándole las piernas”. Y más adelante añadía: ”Si, lo que hacen esos torerillos no es ni más ni menos que pedir limosnas”.

Para entender, en fin, su forma de pensar resulta oportuno acercarnos a un artículo de no hace tanto tiempo que escribió Enrique López en las páginas de “La Razón”, en un artículo titulado “La justicia y los toros”, unas líneas que defienen de forma sencilla pero  con claridad la postura del filósofo y escritor bilbaíno:  “Unamuno, siempre en pleno debate con Ortega, decía que no le gustaban los toros porque se perdía mucho tiempo hablando de la fiesta, y esto explicaba la formación cultural de sus espectadores; es obvio que Unamuno explicaba con los toros la mala suerte de un pueblo que desde hace muchos años no apuesta por la cultura y la educación de sus ciudadanos, reniega de su idioma, el español, y convierte en anecdótico su pasado imperial. Un pueblo que no valora su idioma y su glorioso pasado es un pueblo condenado a estar permanentemente en la segunda división”.

Pero el articulista añadía a continuación: “Parece obvio que de esto no tienen culpa los toros”. 

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Juanjo Palazuelos
25/05/2017
Ocurre lo mismo.
¿Qué diría hoy del fútbol y otros deportes profesionales?. Horas de Tv y horas, días meses...hablando de la temporada
Fernando
29/09/2014
Apellido Unamuno.
El segundo apellido es Jugo.
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