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Aquella novillada de mayo de 1957 en Sevilla
La tarde en la que Curro se inventó como torero
Curro toreando al natural. 26 mayo 1957
En Sevilla "se habló de toros. Seguirá hablándose durante mucho tiempo, como si la Fiesta, soterrada en el letargo de la indiferencia, hubiera renacido con insospechados brío el derecho de primacía y la carta de naturaleza que siempre tuvo en la idiosincrasia del alma andaluza". Podríamos decir que era, en la pluma del cronista Gómez Bajuelo, el balance sustantivo de lo ocurrido aquel 26 de mayo de 1957, cuando Curro Romero se presentó en el ruedo de la Maestranza. Entró sustituyendo al lesionado "Mondeño"; salió con su nombre colgado definitivamente en los carteles: "lo que sucedió en la plaza fue algo tan insólito como brillante, que enardeció a las gentes y dejó de sí un memorable recuerdo".
Actualizado 10 agosto 2013  
Redacción   

Para el próximo otoño cumplirá los 80 años, pero ahí está, con su inconfundible estampa de torero, el hombre que siempre supo “convertir algo violento en algo bello”. Toda la historia comienza en la plaza de la Pañoleta, en Sevilla, y se culmina en otro pueblo de su tierra: la Algaba, en aquel festival en el que, a su conclusión, anunció de improviso que lo dejaba. Pero si una tarde tuvo una relevancia decisiva en su carrera taurina fue la del 26 de mayo de 1957, cuando sustituyendo al lesionado Juan García “Mondeño”, hizo su presentación en la Maestranza. Llegó por esa vía de urgencia; salió siendo para siempre el torero de Sevilla.

El día parecía poco propicio.  Ya desde antes del comienzo, la lluvia se hizo presente; pero pese a esta contrariedad, la plaza casi se llenó. Y así permaneció hasta final, sin que el agua asustara: lo que se vio en el ruedo, compensaba el chaparrón. De hecho, en las crónica se destacó que si no hubiera sido por la calidad del toreo que se vio, los tendidos habrían quedado desiertos.

Junto a Curro en el cartel figuraban Antonio Romero y el portugués José Trincheira. La novillada, de Benítez Cubero  y salió excelente.

Cuenta el cronista Gómez Bajuelo en las páginas de “ABC” que los aficionados ya tenían noticia de Curro, desde aquel primer día de la Pañoleta, donde “se le vieron grandes cosas. Desde entonces acá el muchacho ha aprendido mucho. Tanto que el domingo causó sensación. Y veteranos del tendido decían no se qué de Reverte”.

“El caso es que Curro Romero –nombre de romance lorquiano—dejó estupefacto al público con aquellos dos lances formidables en el toro que corrió a una mano Gabriel Moreno, como si hubiera corrido a un perillo en la plaza del Altozano El tercer lance no lo dio Curro, porque le adelantó prematuramente el capote. Pero luego, en el quite, conmovió los cimientos de la plaza con un lancear de portento”.

Y más adelante explicaba: “Las gentes no daban crédito a lo estaban viendo con sus propios ojos. Tiempo quedaba para cerciorarse. Fue en el sexto. Nuevo veroni    queo  espectacular y siete lances majestuosos en el quite. ¡Qué majestad, que calidad de oro puro, que lentitud y suavidad, qué mando, que empaque!”

Vestido Curro de blanco y oro, aquello resultó algo tremendo. “El pie adelante, el toro llevado en los vuelos del capote, sintonizado con el juego armónico de los brazos… Cosa insólita, la música --¡qué bien, qué oportuna estuvo la música¡-- subrayó con sus notas el quite y el público vibraba de entusiasmo. Torero, torero, torero”.

El cronista relata luego que “las dos faenas de muleta fueron de calidad. Las dos subrayadas por la música, coreadas con olés, tableteadas por las ovaciones y el bronco enronquecer de la asamblea”.

En el caso del novillo de su debut, describe el quehacer de Curro en estos términos: “con estilo personalísimo los pases altos, colosales los naturales y de  pecho, suave los redondo, con sello trianero los molinetes”. Pero luego necesitó hasta de cuatro entradas con la espada.

Quedaba el sexto, el del lío gordo con el capote. Y ahí fue. “La faena –escribe Gómez Bajuelo-- tuvo más emoción, más cruce, más aguante, hasta que el torero se impuso a la bravura (…) Un faena clásica y lo mató mucho mejor. Un pinchazo y una estocada. Cortó Curro las dos orejas, que paseo en gesto triunfal por el dorado albero. Las gentes se quedaron en la plaza. Y el torero, anunciado en un pasquin preventivo como sustituto del torero de Puerto real, ganó el alarde tipográfico de su nombre en los próximos carteles. ¡Curro Romero y olé…”.

 

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